domingo, 16 de septiembre de 2012

Capítulo 5


Ganaban. Casi no se lo podía creer. Su sueño de la infancia estaba a punto de cumplirse por fin. Los ochenta minutos de juego ya habían transcurrido pero hasta que no hubiera una interrupción, el partido no concluiría. La afición lo sabía y, por eso, abucheaba al equipo de La Hondonada, que ya llevaba quince fases en su ataque. Estaba claro que no querían perder el oval por la precipitación. Avanzaban lentamente con sus delanteros. No se jugaban nada; ya estaban clasificados para la fase nacional pero enfrente se encontraba su rival de siempre y querían ganar a toda costa. Deseaban dejarlos fuera de la competición nacional. Pero no lo estaban consiguiendo. Perdían por cuatro puntos, sí, y con un ensayo ya ganarían. Pero Ulrich sabía que aquel día sus compañeros estaban muy motivados. Lo notaba en todas las acciones, tanto en defensa como en ataque. Además, él mismo había cuajado un extraordinario encuentro. No porque lo pensara él, sino porque lo sabía. Siempre sabía cuando daba lo mejor de sí y cuando no. Había conseguido un ensayo, convertido dos y transformado dos golpes de castigo, en total quince de los veinte puntos que llevaba su equipo.

Pero no era su gran partido lo que más le sorprendía, ni siquiera por lo que estaba tan emocionado. Era la actuación de otro compañero. La actuación de Julen. Nadie negaba que fuera un extraordinario jugador, pero jamás daba todo su potencial. Pues bien, en ese partido lo estaba dando. Desde su posición de número 8 dirigía a toda la delantera, placaba, pasaba y corría. Sin descanso. Sin sus protestas habituales. Sin entrar en las provocaciones de los rivales. ¿Por qué aquel repentino cambio? Ulrich no alcanzaba a comprender la razón. Lo único que sabía de todo aquello era que dos horas antes del inicio del partido, cuando aún nevaba un poco, Julen ya estaba allí. Sentado en las gradas, con los ojos rojos y la mirada perdida. ¿Había estado llorando? No era fácil de adivinar. Siempre había considerado a Julen un lunático sin sentimientos, pero al parecer los tenía. Ulrich le gritó que pasara al vestuario, que allí se iba a congelar. Su compañero simplemente asintió, cogió su bolsa de deporte y lo acompañó. Ambos se tomaron unas tazas de chocolate caliente y Ulrich estuvo a punto de preguntarle qué le ocurría, pero pensó que era mejor dejarlo tranquilo. Paulatinamente fue llegando el resto del equipo, que se sorprendió por la prontitud de Julen (pues siempre llegaba tarde) y por su silencio. Si Julen destacaba por algo en los minutos previos al partido era por su alegría contagiosa. Tras la charla del entrenador, continuó sin decir palabra e incluso durante el calentamiento. Al empezar el partido, pero, tomó el mando del equipo en todas las acciones en las que Ulrich no participaba por su posición de zaguero. Animaba a sus compañeros y alentaba a todos los presentes. Todo esto hizo que el público coreara su nombre en varias ocasiones. El estadio aquel día estaba hasta la bandera. No era demasiado grande, pues apenas cabían 2.000 personas, cifra que, sin embrago, superaba la población de la localidad. Por tanto, un buen número de espectadores procedían de aldeas vecinas. Entre todos ellos estaban los alcaldes de El Valle y La Hondonada, sus padres y Dánae, quien veía por primera vez un partido de rugby. Todos estaban presenciando algo histórico, estaba seguro.   

Los “leñadores plateados” de La Hondonada llevaban ya veinte fases. De pronto, la precipitación asaltó a su ala derecho. Era uno de los jugadores más rápidos que Julen había visto, pero demasiado impulsivo. Lanzó una patada baja al balón, con el objetivo de desmarcarse de la defensa, atraparlo y conseguir un ensayo. Pero allí estaba él, el último hombre, dispuesto a cerrarle el paso. Atraparía el balón sin demasiados problemas, pues tan solo debía correr cinco o seis metros y, a continuación lo lanzaría fuera de una patada para finalizase el partido. El público era consciente de que la victoria era inminente y quiso demostrarlo. Centenares de personas empezaron a gritar y a agitar sus banderas moradas con el dibujo de un fénix dorado. No iba a defraudarles, así que empezó a correr. Pero algo sucedió. Cuando se disponía a dar una nueva zancada, perdió el apoyo en su pie izquierdo y resbaló. “El hielo”, pensó. Había nevado durante toda la noche y pese a que los operarios habían retirado toda la nieve del campo, varias zonas de hierba aún estaban heladas. Quiso levantarse rápidamente, pero volvió a resbalar. ¿Por qué tenía que ocurrirle en aquel instante? Maldijo todo aquello que se le pasó por la cabeza y levantó la vista.  Entonces lo vio. El ala derecho rival ya había cogido el oval y se disponía a ensayar. Corría mucho, jamás lo atraparía. En ese momento deseó estar muy lejos de allí, en un lugar en el que el frío no hubiera provocado que decepcionara a todo un pueblo. Súbitamente un murmullo empezó a elevarse desde las gradas, antes mudas por su error. Ulrich giró la cabeza, justo a tiempo para observar como un destello morado se lanzaba sobre el jugador rival con una potencia extrema, consiguiendo que este y el oval salieran por la línea de banda. El árbitro hizo sonar su silbato. El partido había acabado. Estaban clasificados. El público rugió. Sus compañeros empezaron a saltar, correr y abrazarse. Pero Ulrich no estaba para celebraciones. Casi habían perdido por su culpa. Se concentró en la figura que acababa de levantarse del suelo. El hombre que le había salvado de la humillación no era otro que Julen. Deportivamente, levantó a su rival del suelo y, posteriormente, se quitó la camiseta, dejando al desnudo su torso, para alegría de sus admiradoras. Varias cicatrices le recorrían los brazos, espalda y pecho, huellas de su participación en peleas callejeras. El extraño tatuaje que tenía en el pectoral izquierdo parecía cobrar vida. Respiraba dificultosamente, pues la carrera que había realizado no era poca cosa. Tras los piropos profesados por el público, Julen consideró que su show ya había concluido y se dirigió hacia Ulrich, lo más probable que con la intención de reprocharle algo. Pero no, fue peor, se burló:

      Oye capi, eres nativo de la zona, sabes bien que, tras una nevada, la hierba está helada y se debe jugar con tacos largos.— Dicho esto, pasó de largo y se encaminó hacia los vestuarios, con una infantil sonrisa en su boca. Julen era un idiota, pero tenía razón. Las botas que llevaba estaban muy desgastadas y no eran demasiado estables. Pero siempre le habían traído suerte. Con estos pensamientos, siguió a Julen hacia las escaleras que llevaban a los vestuarios. Iba un poco cabizbajo, avergonzado por la última acción. Saludó forzosamente a algunos espectadores que conocía; Wortz el panadero, Heinrich el mecánico e incluso Jeanna, la esquiva sacerdotisa del pueblo. Mientras agitaba la mano para corresponder el beso lanzado por esta última, tropezó con Andrey, el pilier derecho de su equipo, que cojeaba ostensiblemente debido a un fuerte golpe recibido en un placaje. Sin mediar palabra, Ulrich puso uno de los brazos de su compañero sobre su hombro izquierdo y lo ayudó a caminar. Una vez dentro del túnel de vestuarios, Andrey le habló:
      Ulrich, hemos conseguido algo histórico. Alegra esa cara. Has cometido un único error en el partido, no debes dramatizar tanto.
      Supongo que tienes razón, como casi siempre. — Ambos sonrieron. Andrey le caí muy bien. Robusto, cabeza rapada y perilla negra. Esa era su inconfundible máscara. Pero tras ella, se escondía un joven sensato, inteligente y audaz, poco amante de los problemas y bastante culto. Si él no fuera capitán, Andrey ocuparía su lugar, estaba seguro.

El vestuario era una fiesta. Las botellas de hidromiel corrían por toda la estancia y su contenido fluía por los cuerpos de más de veinte jugadores que entonaban diversos cánticos de victoria. Ulrich se había unido también a la fiesta, ya llevaba dos botellas de hidromiel, todo lo contrario que Julen, quien sentado en un rincón, no había probado trago. No era normal. Si algo le gustaba al 8 era la fiesta. En un momento dado, la puerta del vestuario se abrió y entraron dos figuras, una bajita y regordeta y otra alta y delgada. La pareja perfecta vaya. La primera era el entrenador Hooch. La segunda, el alcalde Liepsteiemer. El entrenador Hooch tomó la palabra, con su característica voz grave:

      Chicos, calmaos un poco. El alcalde está aquí para deciros algo— hubo vítores en toda la sala. No sabían lo que hacían. El sabor de la euforia les había embotado el cerebro. El alcalde Liepsteiemer se adelantó. Años antes había sido un apuesto político, con ideas muy renovadoras. Ahora no era más que un viejo de sesenta años con muchas arrugas en la cara debido al estrés. Tenía, además, un tic en el ojo izquierdo. Su mandato estaba en declive. Era demasiado permisivo con el slëdish y el estudio de los  Años Antiguos. En primavera habían elecciones. Caería, para alivio suyo y de muchos habitantes del pueblo. El decrépito alcalde se alisó las arrugas de su traje negro y se aclaró la garganta antes de dirigirse a ellos con voz ronca y cansina.
      Antes de nada, quería felicitaros a todos por el gran partido que habéis realizado. —vítores— Habéis luchado durante varios meses para poder ver realizado vuestro sueño y finalmente lo habéis logrado. Todo el pueblo está muy orgulloso de vosotros.  — más vítores— Por ese motivo, hemos pensado que os merecéis una buena recompensa. El Ayuntamiento ha organizado una cena de gala esta noche en el antiguo Palacio Real, a la que podéis traer a vuestras familias. No habrá hidromiel barato, sino licores finos, para que lo sepáis— un clamor ensordecedor hizo retumbar las paredes. El alcalde sonrió y se marchó. ¿Intentaba ganarse sus votos con aquel banquete? Seguramente. El entrenador Hooch lo siguió, no sin antes levantar los puños en señal de victoria. Su alegría por la gesta conseguida se había convertido en euforia ante el conocimiento de tal fiesta. Ulrich esaba divertido. Aquello era casi perfecto.

Siempre era el último en entrar a la ducha. Aquel día, además, todos sus compañeros ya se habían ido. O eso creía. Al entrar vio a Julen, debajo de un chorro de agua. Había entrado el primero, ¿qué hacía tanto rato? Quiso contenerse, pero no pudo:
    Julen, ya sé que no somos muy amigos, pero te veo mal…
    Te seré franco por una vez capi. No estoy bien. — A Ulrich le sorprendió aquella revelación. Normalmente Julen escondía el sentido de sus palabras cuando se trataba de hablar sobre él. “Nadie es de piedra, ni siquiera él”, pensó.
    Me gustaría saber el motivo, de verdad, estoy preocupado por ti.
      No necesito a nadie, Ulrich. —suspiró— Pero no tengo la intención de ir hoy a esa estúpida cena política y protocolaria, pues es un día amargo para mí. He perdido a alguien a quien jamás recuperaré— ¿Una muerte? Julen era huérfano según sabía y no tenía familia en El Valle. Además, durante aquellos días solamente había muerto una persona, pero no, Julen no podía conocerla…
    Oh, Julen, cuanto lo siento, no tenía ni idea. ¿Era...?
      Sí, era Helena, la chica guapa e inteligente de la parada de hortalizas. Eres listo, capi y veo que lees la prensa diaria, eso hará que tus notas suban. Ahora, si me disculpas, tengo hierba que fumar. — dicho esto salía de las duchas, se ató la toalla a la cintura y se sentó en el banco que ocupaba en una esquina del vestuario. Ya no podía hacer nada más. Por un momento, Ulrich creyó que Julen se desahogaría con él, pero estaba muy equivocado. Si no era de piedra, poco le faltaba. Pese al aparente fracaso, había conseguido valiosa información de Julen. El hecho que fuera amigo de Helena allanaría mucho el terreno hacia un futuro mejor. No sabía de que modo lo haría, pero ttodo sería mucho más fácil desde aquel momento.