Ganaban. Casi no se lo podía
creer. Su sueño de la infancia estaba a punto de cumplirse por fin. Los ochenta
minutos de juego ya habían transcurrido pero hasta que no hubiera una
interrupción, el partido no concluiría. La afición lo sabía y, por eso,
abucheaba al equipo de La Hondonada, que ya llevaba quince fases en su ataque.
Estaba claro que no querían perder el oval por la precipitación. Avanzaban
lentamente con sus delanteros. No se jugaban nada; ya estaban clasificados para
la fase nacional pero enfrente se encontraba su rival de siempre y querían
ganar a toda costa. Deseaban dejarlos fuera de la competición nacional. Pero no
lo estaban consiguiendo. Perdían por cuatro puntos, sí, y con un ensayo ya
ganarían. Pero Ulrich sabía que aquel día sus compañeros estaban muy motivados.
Lo notaba en todas las acciones, tanto en defensa como en ataque. Además, él
mismo había cuajado un extraordinario encuentro. No porque lo pensara él, sino
porque lo sabía. Siempre sabía cuando daba lo mejor de sí y cuando no. Había conseguido
un ensayo, convertido dos y transformado dos golpes de castigo, en total quince
de los veinte puntos que llevaba su equipo.
Pero no era su gran partido lo
que más le sorprendía, ni siquiera por lo que estaba tan emocionado. Era la
actuación de otro compañero. La actuación de Julen. Nadie negaba que fuera un
extraordinario jugador, pero jamás daba todo su potencial. Pues bien, en ese
partido lo estaba dando. Desde su posición de número 8 dirigía a toda la
delantera, placaba, pasaba y corría. Sin descanso. Sin sus protestas
habituales. Sin entrar en las provocaciones de los rivales. ¿Por qué aquel
repentino cambio? Ulrich no alcanzaba a comprender la razón. Lo único que sabía
de todo aquello era que dos horas antes del inicio del partido, cuando aún
nevaba un poco, Julen ya estaba allí. Sentado en las gradas, con los ojos rojos
y la mirada perdida. ¿Había estado llorando? No era fácil de adivinar. Siempre
había considerado a Julen un lunático sin sentimientos, pero al parecer los
tenía. Ulrich le gritó que pasara al vestuario, que allí se iba a congelar. Su
compañero simplemente asintió, cogió su bolsa de deporte y lo acompañó. Ambos
se tomaron unas tazas de chocolate caliente y Ulrich estuvo a punto de
preguntarle qué le ocurría, pero pensó que era mejor dejarlo tranquilo.
Paulatinamente fue llegando el resto del equipo, que se sorprendió por la
prontitud de Julen (pues siempre llegaba tarde) y por su silencio. Si Julen
destacaba por algo en los minutos previos al partido era por su alegría contagiosa.
Tras la charla del entrenador, continuó sin decir palabra e incluso durante el
calentamiento. Al empezar el partido, pero, tomó el mando del equipo en todas
las acciones en las que Ulrich no participaba por su posición de zaguero.
Animaba a sus compañeros y alentaba a todos los presentes. Todo esto hizo que
el público coreara su nombre en varias ocasiones. El estadio aquel día estaba
hasta la bandera. No era demasiado grande, pues apenas cabían 2.000 personas,
cifra que, sin embrago, superaba la población de la localidad. Por tanto, un
buen número de espectadores procedían de aldeas vecinas. Entre todos ellos
estaban los alcaldes de El Valle y La Hondonada, sus padres y Dánae, quien veía
por primera vez un partido de rugby. Todos estaban presenciando algo histórico,
estaba seguro.
Los “leñadores plateados” de La
Hondonada llevaban ya veinte fases. De pronto, la precipitación asaltó a su ala
derecho. Era uno de los jugadores más rápidos que Julen había visto, pero
demasiado impulsivo. Lanzó una patada baja al balón, con el objetivo de
desmarcarse de la defensa, atraparlo y conseguir un ensayo. Pero allí estaba
él, el último hombre, dispuesto a cerrarle el paso. Atraparía el balón sin
demasiados problemas, pues tan solo debía correr cinco o seis metros y, a
continuación lo lanzaría fuera de una patada para finalizase el partido. El
público era consciente de que la victoria era inminente y quiso demostrarlo.
Centenares de personas empezaron a gritar y a agitar sus banderas moradas con
el dibujo de un fénix dorado. No iba a defraudarles, así que empezó a correr.
Pero algo sucedió. Cuando se disponía a dar una nueva zancada, perdió el apoyo
en su pie izquierdo y resbaló. “El hielo”, pensó. Había nevado durante toda la
noche y pese a que los operarios habían retirado toda la nieve del campo,
varias zonas de hierba aún estaban heladas. Quiso levantarse rápidamente, pero
volvió a resbalar. ¿Por qué tenía que ocurrirle en aquel instante? Maldijo todo
aquello que se le pasó por la cabeza y levantó la vista. Entonces lo vio. El ala derecho rival ya
había cogido el oval y se disponía a ensayar. Corría mucho, jamás lo atraparía.
En ese momento deseó estar muy lejos de allí, en un lugar en el que el frío no
hubiera provocado que decepcionara a todo un pueblo. Súbitamente un murmullo
empezó a elevarse desde las gradas, antes mudas por su error. Ulrich giró la
cabeza, justo a tiempo para observar como un destello morado se lanzaba sobre
el jugador rival con una potencia extrema, consiguiendo que este y el oval
salieran por la línea de banda. El árbitro hizo sonar su silbato. El partido
había acabado. Estaban clasificados. El público rugió. Sus compañeros empezaron
a saltar, correr y abrazarse. Pero Ulrich no estaba para celebraciones. Casi
habían perdido por su culpa. Se concentró en la figura que acababa de
levantarse del suelo. El hombre que le había salvado de la humillación no era
otro que Julen. Deportivamente, levantó a su rival del suelo y, posteriormente,
se quitó la camiseta, dejando al desnudo su torso, para alegría de sus
admiradoras. Varias cicatrices le recorrían los brazos, espalda y pecho,
huellas de su participación en peleas callejeras. El extraño tatuaje que tenía
en el pectoral izquierdo parecía cobrar vida. Respiraba dificultosamente, pues
la carrera que había realizado no era poca cosa. Tras los piropos profesados
por el público, Julen consideró que su show ya había concluido y se dirigió
hacia Ulrich, lo más probable que con la intención de reprocharle algo. Pero
no, fue peor, se burló:
—
Oye capi,
eres nativo de la zona, sabes bien que, tras una nevada, la hierba está helada
y se debe jugar con tacos largos.— Dicho esto, pasó de largo y se encaminó
hacia los vestuarios, con una infantil sonrisa en su boca. Julen era un idiota,
pero tenía razón. Las botas que llevaba estaban muy desgastadas y no eran
demasiado estables. Pero siempre le habían traído suerte. Con estos pensamientos,
siguió a Julen hacia las escaleras que llevaban a los vestuarios. Iba un poco
cabizbajo, avergonzado por la última acción. Saludó forzosamente a algunos
espectadores que conocía; Wortz el panadero, Heinrich el mecánico e incluso
Jeanna, la esquiva sacerdotisa del pueblo. Mientras agitaba la mano para
corresponder el beso lanzado por esta última, tropezó con Andrey, el pilier
derecho de su equipo, que cojeaba ostensiblemente debido a un fuerte golpe
recibido en un placaje. Sin mediar palabra, Ulrich puso uno de los brazos de su
compañero sobre su hombro izquierdo y lo ayudó a caminar. Una vez dentro del
túnel de vestuarios, Andrey le habló:
—
Ulrich, hemos conseguido algo histórico. Alegra esa
cara. Has cometido un único error en el partido, no debes dramatizar tanto.
—
Supongo que tienes razón, como casi siempre. — Ambos
sonrieron. Andrey le caí muy bien. Robusto, cabeza rapada y perilla negra. Esa era
su inconfundible máscara. Pero tras ella, se escondía un joven sensato,
inteligente y audaz, poco amante de los problemas y bastante culto. Si él no
fuera capitán, Andrey ocuparía su lugar, estaba seguro.
El vestuario era una fiesta. Las
botellas de hidromiel corrían por toda la estancia y su contenido fluía por los
cuerpos de más de veinte jugadores que entonaban diversos cánticos de victoria.
Ulrich se había unido también a la fiesta, ya llevaba dos botellas de
hidromiel, todo lo contrario que Julen, quien sentado en un rincón, no había
probado trago. No era normal. Si algo le gustaba al 8 era la fiesta. En un momento dado, la puerta del vestuario se
abrió y entraron dos figuras, una bajita y regordeta y otra alta y delgada. La
pareja perfecta vaya. La primera era el entrenador Hooch. La segunda, el
alcalde Liepsteiemer. El entrenador Hooch tomó la palabra, con su
característica voz grave:
—
Chicos, calmaos un poco. El alcalde está aquí para
deciros algo— hubo vítores en toda la sala. No sabían lo que hacían. El sabor
de la euforia les había embotado el cerebro. El alcalde Liepsteiemer se
adelantó. Años antes había sido un apuesto político, con ideas muy renovadoras.
Ahora no era más que un viejo de sesenta años con muchas arrugas en la cara
debido al estrés. Tenía, además, un tic en el ojo izquierdo. Su mandato estaba
en declive. Era demasiado permisivo con el slëdish
y el estudio de los Años Antiguos. En
primavera habían elecciones. Caería, para alivio suyo y de muchos habitantes
del pueblo. El decrépito alcalde se alisó las arrugas de su traje negro y se
aclaró la garganta antes de dirigirse a ellos con voz ronca y cansina.
—
Antes de nada, quería felicitaros a todos por el gran
partido que habéis realizado. —vítores— Habéis luchado durante varios meses
para poder ver realizado vuestro sueño y finalmente lo habéis logrado. Todo el
pueblo está muy orgulloso de vosotros. —
más vítores— Por ese motivo, hemos pensado que os merecéis una buena
recompensa. El Ayuntamiento ha organizado una cena de gala esta noche en el
antiguo Palacio Real, a la que podéis traer a vuestras familias. No habrá
hidromiel barato, sino licores finos, para que lo sepáis— un clamor
ensordecedor hizo retumbar las paredes. El alcalde sonrió y se marchó. ¿Intentaba
ganarse sus votos con aquel banquete? Seguramente. El entrenador Hooch lo
siguió, no sin antes levantar los puños en señal de victoria. Su alegría por la
gesta conseguida se había convertido en euforia ante el conocimiento de tal
fiesta. Ulrich esaba divertido. Aquello era casi perfecto.
Siempre era el último en entrar a la ducha. Aquel día,
además, todos sus compañeros ya se habían ido. O eso creía. Al entrar vio a
Julen, debajo de un chorro de agua. Había entrado el primero, ¿qué hacía tanto
rato? Quiso contenerse, pero no pudo:
— Julen,
ya sé que no somos muy amigos, pero te veo mal…
—
Te seré franco por una vez capi. No estoy bien. — A Ulrich le sorprendió aquella revelación. Normalmente
Julen escondía el sentido de sus palabras cuando se trataba de hablar sobre él.
“Nadie es de piedra, ni siquiera él”, pensó.
— Me
gustaría saber el motivo, de verdad, estoy preocupado por ti.
—
No necesito a nadie, Ulrich. —suspiró— Pero no tengo la
intención de ir hoy a esa estúpida cena política y protocolaria, pues es un día
amargo para mí. He perdido a alguien a quien jamás recuperaré— ¿Una muerte?
Julen era huérfano según sabía y no tenía familia en El Valle. Además, durante
aquellos días solamente había muerto una persona, pero no, Julen no podía
conocerla…
— Oh,
Julen, cuanto lo siento, no tenía ni idea. ¿Era...?
—
Sí, era Helena, la chica guapa e inteligente de la
parada de hortalizas. Eres listo, capi
y veo que lees la prensa diaria, eso hará que tus notas suban. Ahora, si me
disculpas, tengo hierba que fumar. — dicho esto salía de las duchas, se ató la
toalla a la cintura y se sentó en el banco que ocupaba en una esquina del
vestuario. Ya no podía hacer nada más. Por un momento, Ulrich creyó que Julen
se desahogaría con él, pero estaba muy equivocado. Si no era de piedra, poco le
faltaba. Pese al aparente fracaso, había conseguido valiosa información de
Julen. El hecho que fuera amigo de Helena allanaría mucho el terreno hacia un
futuro mejor. No sabía de que modo lo haría, pero ttodo sería mucho más fácil
desde aquel momento.