Levaba sola más de veinte
minutos, esperando fuera de la caseta de vestuarios. Era la segunda vez en dos
días que se moría de frío aguardando a que apareciera Ulrich. Todos los
espectadores se habían marchado hacía ya varios minutos. Incluso el legendario
Julen había abandonado las instalaciones. Dánae lo vio mientras salía de los
vestuarios, andando con un paso cansino, fumando cabizbajo una pipa, con sus
rubios cabellos mojados por el agua de la ducha. Parecía un gran felino
enjaulado. Algo le carcomía por dentro. Mientras lo observaba, oscuros
recuerdos aparecieron en su cabeza. La casa que tenían en Ushu en llamas, los
cuerpos inertes de sus padres en el dormitorio, una sombra alejándose de allí…
No supo por qué le abordaron todas aquellas memorias al observarlo. Se obligó a
apartar aquellos pensamientos y continuó divagando sobre Julen. La causa de su
frustración no podía ser el partido, pues aquel chico había sido fundamental en
la victoria, sin duda. Ella no entendía casi nada de rugby pero había visto la
furia en sus ojos, la tensión, la concentración, la ambición máxima. No había,
pues, logrado descifrar qué le ocurría. Su querido Ulrich quizás lo supiera. Él
también había jugado un gran encuentro pero aquel resbalón final podría
haberlos condenado. Pero no debía comentarle aquel lance del juego, sino
felicitarlo por la clasificación. Sí, sería lo mejor. Jamás había salido con un
chico deportista, pero algo le decía que obviar aquella jugada era lo más
adecuado. Sus presentimientos rara vez fallaban.
Diez minutos más tarde, apareció
Ulrich, acompañado por una figura encorvada. Era el hombre que se encargaba del
mantenimiento del estadio. Ambos reían. Ulrich se despidió del hombre y se
dirigió hacia donde ella se encontraba, con sus pasos firmes y decididos. Dánae
iba a saludarle, pero Ulrich, sin mediar palabra le dio un largo beso. Así era
él: directo, sin rodeos. Olía a desodorante deportivo. Despegaron sus labios:
— Felicidades, cariño. Lo habéis logrado.
— Sí,
ahora formas parte de la historia de El Valle, Dánae. Has visto algo que jamás
había ocurrido. — Hablaba con una voz clara y emotiva, como si estuviera
pronunciando un discurso.
— Oh,
me siento muy honrada. Ahora apareceré en los libros de texto como “Dánae, la
novia de Ulrich, capitán del equipo que cambió el mundo”— lo dijo con sorna. Le
sorprendía mucho toda la locura que existía en el pueblo por el rugby. Ulrich
frunció el ceño, entre divertido y molesto.
— No
cambiarás eh, siempre metiéndote con mi amado deporte. Quizás por ese me gustes
tanto.
— Quizás
a mi me gustes por tu dedicación— era cierto, aquel compromiso que tenía le
otorgaba a ella estabilidad que tanto anhelaba.
— Por
cierto, tenga una noticia.
— ¿Sí?
Cuenta.
— Verás,
tras el partido, el alcalde ha entrado en el vestuario y nos ha invitado a una
cena de gala esta noche en el antiguo Palacio Real. Había pensado que quizás
quisieras acompañarme…— Dánae no se lo podía creer. Una cena de gala. Tan solo
llevaban dos meses saliendo y ya debería presentarse en sociedad. No sabía si
estaba preparada. Tenía miedo. Llevaba casi dos años encerrada en su pequeña
casa y, además, hacía demasiado tiempo que no asistía a un evento tan elegante.
Pero no podía dejar tirado a Ulrich. Debía superara aquella barrera psicológica
si deseaba que la relación avanzara.
— Me
haría mucha ilusión, Ulrich…— se sonrojó un poco. Si la invitaba era porque
realmente era importante para él. Era feliz.
— Pues
está hecho. ¿Te acompaño a casa?
— No
deberías ni preguntarlo.
Diez minutos. Quedaban tan solo
diez minutos para que Ulrich pasara a buscarla y ella seguía buscando aquel
papel. Estaba arreglada desde hacía algunas horas. Como no tenía ninguna
práctica en acicalarse para actos de gala, había tenido que pedir ayuda a su
vecina, Christine. Esta le prestó un vestido largo, con mangas, de color verde
esmeralda y unos pendientes a juego. También unos bonitos zapatos negros de
tacón y una chaqueta blanca. Asimismo, había conseguido recogerle su revoltoso
cabello en un elegante moño y la había maquillado de forma que sus oscuras
lentillas negras resaltasen aún más.
Christine era la única confidente
de Dánae. Tan solo ella conocía su verdadera profesión. Así lo había decidido
Dánae cuando llegó al pueblo y la conoció. Cuando se estaba instalando en su
nueva casa junto al río Rasen, en el extremo oriental del pueblo, Christine le
dio la bienvenida invitándola a un café. Dánae había llegado emocionalmente
deshecha y aceptó la oferta sin pensárselo. Se vació en todos los sentidos.
Lloró (cosa que odiaba) como jamás lo había hecho. Habló durante horas. Durmió
eternamente. Así pues, Christine conocía desde un buen principio la verdadera
identidad de su vecina. Sabía que no era una diseñadora de ropa cara para los
poderosos del sur. Sabía que sus padres habían sido investigadores de los Años
Antiguos. Sabía que no estaban viviendo en el extranjero, sino que habían sido
extrañamente asesinados. Sabía que Dánae era perseguida. Sabía que se había
escondido en aquella aldea perdida para continuar el trabajo de sus padres.
Sabía que en realidad estudiaba manuscritos en slëdish. Y, también sabía que la referencia bibliográfica que había
estando buscando durante hora y media y que acaba de encontrar debajo del sofá
correspondía a un libro que en principio debía de estar en la Biblioteca
Municipal. Iría a buscarlos al inicio de la próxima semana. Sin falta.
Una vez hubo encontrado el
dichoso papelito, se dirigió al lavabo y se miró en el espejo. Notó que el
vestido estaba un poco arrugado, así que se lo alisó. Algunos mechones le caían
por la frente e intentó recolocárselos, aunque era harto complicado. Estaba
acostumbrada a llevar el pelo más corto e incluso una zona del cráneo rapada.
Pero aquella apariencia era demasiado reconocible, así que desde que había
llegado a El Valle, se lo había dejado crecer, por si aparecía algún fisgón del
Estado. Aunque tras dos años viviendo allí, pensaba que ya era hora de
cortárselo. Decididamente, iba a hacerlo. Se lo comentaría a Christine, que
tenía muy buen ojo para todos aquellos asuntos. ¿Cómo reaccionaría Ulrich
cuando la viera con aquel peinado? ¿Y todas aquellas autoridades que iba a
conocer y, días después, sin duda, la reconocerían por la calle? El Valle era
un pueblo muy tradicional, pese a no castigar el estudio de los Años Antiguos,
hecho que según los conservadores, era culpa del alcalde Liepsteiemer. En
primavera había elecciones. Dánae tenía miedo.
De pronto, alguien golpeó la
puerta. Bajó rápidamente las escaleras, nerviosa, asustada ante la noche que
debía pasar. Una noche actuando. Con las prisas, casi cayó por las escaleras.
Aquello le hizo recordar cómo conoció a Ulrich. Llovía mucho. Dánae iba hacia la
pequeña tienda de comestibles cuando Ulrich, mirando el suelo y con capucha
para protegerse del agua, apareció doblando la esquina. Chocaron. Ella cayó y
su paraguas de segunda mano se rompió por el impacto. Quedó empapada. Ulrich,
abochornado, la ayudó a levantarse y le ofreció llevarla en coche hasta la
tienda. Dánae, que en aquel momento solo pensaba en no mojarse aceptó,
divertida. Al día siguiente de aquel fortuito encuentro, Ulrich fue a su casa
cada tarde a las cinco, para compensar su torpeza, para charlar un rato, para
conquistarla. Y lo consiguió. ¿Volvería a surgir aquella magia inicial? ¿Caería
Ulrich cuando viera la faceta refinada de su amada? Se moría de ganas de saberlo.
Con aquellos pensamientos, Dánae abrió la puerta pero al hacerlo se quedó pasmada;
en lugar de su amado, en el umbral había un hombre de mediana edad, vestido con
un impoluto traje azul y que presentaba una falsa sonrisa en su boca.
— ¿Señorita
Dánae?— preguntó. “¿Señorita?” ¿Qué significaba todo aquello? Respondió
balbuceando:
— Sí,
soy yo.
— Entonces,
acompáñeme, por favor, la familia Hoffman la está esperando en el vehículo—
tras estas palabras la tomó de la mano y la condujo hacia una enorme limusina
negra. Se dejó llevar. Todo aquello la superaba; el chófer, la limusina, el
protocolo… Pero lo que más le preocupaba era aquello de “familia Hoffman”.
¿Acaso Ulrich iba a presentarla ya delante de sus familiares? Seguía pensando
que era demasiado pronto. Aún no estaba lista, no podía controlar la situación
como ella quería. El chófer le abrió una de las puertas del colosal automóvil y
Dánae se adentró en lo desconocido. Lo primero que vio fue una especie de
habitación con multitud de asientos de piel y una mesa redonda en medio. Luego
en un mueble bar y en lo que parecía una lámpara carísima. Por último, como si
no quisiera, se fijó en las tres figuras que habían en el interior. Una de
ellas, obviamente, era Ulrich, quien la saludó con un escueto beso que no pudo
responder a causa de la conmoción. Las otras dos debían ser…
— Estos
son mis padres, cariño— dijo muy alegre y señalando a las dos figuras, que no
acababa de distinguir demasiado bien, pues sus ojos aún se estaban adaptando a
la luz del coche. Dánae no sabía cómo actuar. ¿Debía saludar ella primero?
Concluyó que sí.
— Mu-mucho
gusto. Es un pla-placer. Soy Dánae, la novia de su hijo—había empezado
tartamudeando, lo sabía, pero había intentado recobrarse al final.
— Lo
sabemos hija, lo sabemos— repuso una voz muy aguda. Una de las figuras se movió
un poco y se le acercó. Era una mujer rubia, de mediana edad, aunque aún
conservaba su belleza pasada. Levaba un vestido rojo demasiado escotado para el
poco pecho que tenía y un anillo voluminoso en cada uno de los diez dedos de
sus manos, así como tres collares de perlas. Parecía una mina de piedras preciosas.
— Soy Catlin, la madre de Ulrich, pero puedes llamarme Cat — le tendió una
mano, que Dánae se limitó a estrechar. Al parecer, aquella mujer estaba a otro
nivel y no podía besarle la mejilla. — Y, Dánae, este es mi marido, Svein— Un
hombre entrecano, con un abundante bigote negro y unos ojos verdes idénticos a
los de su hijo le tendió una gran mano. Tenía fuerza, vigor. Se le notaba en su
mirada, aunque no hablara.
— Por
favor, Dánae, siéntate. — Era Ulrich. Estaba muy guapo. Se había recogido la
rizada melena en una coleta y, sin duda, había pasado por el barbero, quien le
había recortado la barba. Además, aquel smoking negro, con su pajarita era muy
elegante. Ella le hizo caso y se sentó.
— Se
nota que eres diseñadora, hija, vas guapísima— empezó Catlin. Dánae apenas pudo
reprimir una sonrisa.
— Usted
también va muy bien vestida, el rojo combina a la perfección con su melena
rubia.
— ¿De
verdad? Me lo ha recomendado mi hermana Eva, aunque creo que para la temporada
que viene deberé renovar mi armario. Me han comentado que el terciopelo se
llevará mucho. ¿Es cierto?
— Sí,
estoy casi convencida que así será. Pero no se preocupe yo puedo mantenerla
informada de todo— se estaba divirtiendo. Siempre se le había dado bien crear
historias. Ciertamente, al principio tenía miedo porque no era uno de aquellos
juegos de niños, sino una situación en la que estaba en peligro su futuro. No
podía vacilar. Pero en aquel instante se sentía pletórica. Tenía la sartén por
el mango. ¡Sí!
— Ay,
Svein, ¿no es fantástica?
— Por
supuesto, cariño.
— Tan
soso como siempre, no le hagas caso, hija. Solo piensa en los negocios.
Y así, entre halagos y diálogos
superficiales transcurrieron casi veinte minutos. Durante el trayecto, Dánae
descubrió que la señora Catlin no trabajaba, pues para ella era algo “muy duro”
y, además, el padre de Ulrich ganaba suficiente dinero en la explotación de la
minería como para convertir a su familia en una de las más ricas de la zona.
Ulrich casi no hablaba, estaba entusiasmado por tenerla a su lado, por poder
presentarla en sociedad, por poder decir que era suya.
Finalmente, el vehículo se
detuvo. Los cristales estaban tintados y Dánae no sabía dónde se encontraban.
El chófer les abrió la puerta. Hacía frío. Se abrochó la chaqueta. Entonces, se
ubicó. Estaban en una de las numerosas colinas del oeste de la aldea, pero era
incapaz de identificar cuál de ellas. Giró un poco la cabeza y entonces lo vio.
Una enorme y monumental construcción. El Palacio Real. Una joya del pasado.
Mármol blanco, columnas, esculturas, ventanales, cúpulas…
— ¿Te
gusta? — Ulrich la rodeó por la cintura y la besó. De repente, Dánae se
emocionó. Pese al miedo que sentía, Ulrich había conseguido calmarla con un
simple gesto de afecto. ¿Cómo?
— Me
encanta.
— Por
cierto, estás guapísima. — Dánae lo volvió abrazar y, juntos, acompañaron a los
señores Hoffman al interior del edificio.
La sorpresa de Dánae continuaba.
El Palacio era enorme. Había objetos de valor por todos lados. Pinturas.
Fuentes. Lámparas. Todo de lujo. Unos mayordomos los condujeron a un gran
salón, con centenares de mesas redondas ya preparadas. Había también un
escenario al fondo de la sala, donde unos músicos estaban acabando de colocar
todos sus instrumentos. Muchas personas ya estaban sentadas. Dánae no conocía a
la mayoría pero estaba segura que la gran mayoría eran familiares de los
jugadores, poderosos empresarios o políticos chupasangres. Estuvieron de pie,
esperando a que llegaran todos los invitados. Dánae no quiso separarse de
Ulrich, pues tenía pánico a aquel ambiente. Unas enguantadas camareras les
dieron unas copas de un extraño cóctel de hierbas, que solamente bebió por
cortesía. Prefería mil veces más una buena jarra de hidromiel. A medida que
pasaban los minutos, Ulrich le presentó a varias personalidades del pueblo, así
como a la mayoría del equipo. Ella se limitaba a decir “encantada”, “el placer
es mío”, “cómo está” o “gracias, usted también está muy guapa”. Pero había un
tema que le inquietaba.
—
Ulrich, ¿dónde está Julen?
—
Oh, Julen… no ha querido venir.
—
¿Por qué? Creí que le encantaban las fiestas.
— Sí,
pero no este tipo de eventos. Además, al parecer, era muy amigo de la chica que
murió hace unos días. ¿Te acuerdas, no? — Por supuesto que se acordaba. Como no
olvidarlo. Había algo raro en todo aquello, lo sabía, lo olía. Los periódicos
lo habían anunciado como una noticia menor, pero no era algo muy frecuente que
una joven se suicidara en El Valle, según tenía entendido.
— Sí,
pobre chico. Debe ser horrible perder a alguien. — De nuevo, el recuerdo de la
muerte de sus padres le vino a la memoria. Hizo un gran esfuerzo por contener
las lágrimas.
— Sí,
supongo. Es normal que no esté de humor. Si no hubiera ocurrido esta tragedia
quizás le hubiera obligado a ve… ¡Oh! Por ahí llega nuestro querido alcalde,
ahora por fin podrá empezar el banquete. — En efecto, por la puerta del gran
salón entraba un alto pero decrépito hombre, acompañado de su también decrépita
esposa. Dánae no los había visto jamás, pero si Ulrich decía que era el alcalde
Liepsteiemer es que lo era. Ahora entendía por qué todos decían que tenía las
horas contadas; aquel personaje no transmitía nada. Para su sorpresa, fue a
saludarlos a ellos primero e incluso le dedicó un tímido guiño. A continuación,
su señora y él se sentaron en la misma mesa que la familia Hoffman, el
entrenador Hooch (que no podía ser otra cosa que soltero) y ellos mismos. De
inmediato varios camareros empezaron a traer los platos: ensaladas variadas,
entremeses de todo tipo, carnes, pescados… Con todo aquello se podían alimentar
muchas familias del sur, pensaba Dánae. Sin embargo, conocía bien el odio que
existía entre ambas regiones.
Todo era muy cortés y
tradicional. Los hombres hablaban de rugby (aunque el señor Svein solamente
decía “por supuesto”), del hecho histórico que habían logrado, de las
posibilidades que tenían de llegar a las semifinales estatales… Las mujeres,
por el contrario, hablaban de vestidos y joyas. Eran demasiado ricas para
quejarse de las tareas domésticas, pues todas tenían sirvientas. Dánae mentía
como una cosaca. Pero se lo estaba pasando en grande. Aquellas mujeres eran
demasiado bobas para descubrir su realidad. Demasiado falsas. Demasiado
superficiales. La cena fue interrumpida tres veces. En la primera ocasión,
Dánae estaba masticando un trozo de lechuga cuando el entrenador Hooch se
levantó, fue hacia el escenario y pronunció un emotivo discurso sobre la
dedicación de sus “luchadores”, que se habían dejado la piel en el campo por un
pueblo. Papanatas patrióticas. La segunda vez fue su querido Ulrich quien habló.
Dánae se estaba llevando a la boca una porción de solomillo con un claro exceso
de pimienta. La decepcionó. Con su habitual tono épico contó cómo, por fin, su
sueño de niño se había cumplido. Todo su equipo lo vitoreó al acabar y ella no
tuvo más remedio que sacar la mejor de sus sonrisas y darle un beso, como
diciéndole que había superado la prueba. Para ella, fue un discurso demasiado
personal, quizás intentaba recuperar la notoriedad que durante el partido le
había quitado Julen. No lo sabía. La mente de los deportistas era sumamente
compleja, casi tanto como las de las mujeres. La tercera interrupción la
protagonizó el alcalde. Dánae saboreaba un pastelillo de frambuesa. El viejo
Liepsteiemer subió con esfuerzo al escenario. Una vez allí, cogió el micrófono
y soltó su programa político. Dijo que el éxito del equipo de rugby era fruto de
la gran gestión y apoyo de las entidades locales. Y varias sandeces más. El
público le aplaudió poco, pero él, como buen político, no salió cabizbajo (si
lo hubiera hecho, ya habría perdido las elecciones). Aún así, Dánae pensó que fue
quien lo hizo mejor según los cánones tradicionales que parecían existir allí.
No era el papel de un entrenador hablar de patriotismo ni el de un jugador de
equipo personalizar el triunfo. Pero sí era el papel de un político hablar de
política e intentar engatusar a la gente. Primera lección de Liepsteiemer.
Una vez se acabaron los discursos
y todos acabaron de comer, los esclavos (porque Dánae se dio cuenta de que eran
eso) retiraron las mesas y sillas para dejar libre la pista de baile. Los
músicos empezaron a tocar. Eran sones alegres, populares. Para bailar. Sin
darse cuenta, Dánae se había visto en medio de un corrillo formado por las
acompañantes de algunos de los jugadores del equipo. Todas bebían cócteles sin
parar y no dejaban de hablar de trivialidades. Estaba harta. Se había tomado ya
cuatro cócteles para poder soportar la situación, pese a que su sabor no le
agradara en absoluto. Deseaba bailar. Abandonó a las chicas y se dirigió hacia
el lugar en el que estaba su novio. Hablaba con aquel corpulento chico, Andrey.
Como tampoco quería interrumpir la conversación, se fue acercando poco a poco y
se quedó un poco apartada. Entonces fue cuando captó el tema de la charla:
—
Entonces, Ulrich, ¿tu padre se va a presentar como
candidato?
—
Así es. De aquí unas semanas lo hará público. Este
pueblo necesita un cambio.
—
Eso sin duda, capi.
¿Pero en qué sentido lo dices?
— En
el más importante. En el estudio de los Años Antiguos y el slëdish. Liepsteiemer ha sido demasiado permisivo. Ha ido contra
las leyes del Estado. Pero ahora ya no. Su tiempo ha llegado. Su propia
política idealista de reducir la explotación minera le ha hecho perder los
apoyos que lo mantenían en el poder. Hay que perseguir a los disidentes, hay
que cerrar su nido, La Guarida…
Ya le bastaba. Tenía suficiente.
Dánae se alejó rápidamente de allí. Estaba consternada. Para nada se esperaba
aquello. Cogió el bolso de piel artificial que le había prestado Christine y
entró en los lavabos. Se miró al espejo. Allí estaba ella. Ingenua, de nuevo.
Creía que él era el hombre. Jamás habían hablado de aquel tema, era cierto,
pero no se imaginaba que pudiera pensar de aquella forma. ¿Qué pasaría cuando
el soso y entrecano padre de Ulrich fuera alcalde? ¿La quemarían en la hoguera
como se hacía antaño con las brujas? El fanatismo era un arma muy peligrosa.
Pero no iba a pensar demasiado. Ya sabía quien era Ulrich. No necesitaba darle
más vueltas. La música seguía sonando. No era una mala bailarina. Abrió el
bolso. No llevaba nada de perfumes ni maquillajes. Simplemente una botella de
hidromiel y unas tijeras. Usó las tijeras para abrir la botella. Se la bebió en
dos tragos. Llevaba ya mucho alcohol en las venas, notaba como fluía por todo
su cuerpo. A continuación, empezó a cortarse el vestido. Había sido una gran
idea llevar aquellas tijeras. Siempre le servían. No le fallaban; no eran hombres.
Continuó cortando. A Christine no le haría demasiada gracia que destrozara su
vestido, pero seguro que lo entendería. Era una buena chica. Acabó. La prenda acababa
ahora cuatro dedos por encima de sus rodillas. Cuando saliera del lavabo y la
vieran se escandalizarían. Pero no le importaba. Iban a conocer a la verdadera
Dánae. Cerró el bolso y se dirigió hacia la salida. Una última mirada en el
espejo hizo que se detuviera. Fallaba algo. Por supuesto, el moño. Sonrió. Se
lo fue deshaciendo. Mientras lo hacía reía. A carcajadas. No sabía por qué.
Volvió a mirarse en el espejo. Sus castaños cabellos habían vuelto a su
revolución natural. Aquello escandalizaría aún más a las eminentes autoridades.
Perfecto.