domingo, 30 de diciembre de 2012

Capítulo 12


Había regresado. Un dolor insoportable le martilleaba la cabeza. ¿Qué le había ocurrido? Intentó hacer memoria. Imposible. Abrió los ojos, pero un potente rayo de luz la cegó durante unos instantes, así que deicidio volver a cerrarlos. ¿Estaría sola?

    ¿Dónde estoy, y qué hora es?
    En la casa de Elrond, y son las diez de la mañana— dijo una voz—. Es la mañana del veinticuatro de octubre, si quieres saberlo.—  ¿Qué? Debía delirar. Aquella respuesta no podía ser válida. Se obligó a volver a abrir los ojos y girar la cabeza en dirección hacia el lugar del que provenía la voz. Entonces vio a un chico alto, rubio, sentado en una silla y fumando de una pipa, que le sonreía. Entonces lo recordó. Era el chico de la biblioteca, Julen. ¿Pero cómo conocía aquel pasaje? ¿Y por qué estaba a su lado?
    ¿Conoces a Tolkien? — preguntó con un hilo de voz. Estaba más ronca de lo habitual.
    Dánae, no eres la única que sabe slëdish—se percató entonces que Julen tenía un libro en el antiguo idioma encima del escritorio. Casi había olvidado cómo se habían conocido y el trato que ambos habían establecido.
    Hoy no es veinticuatro de octubre, ¿no? —Julen rió.
    Por supuesto que no. Es la mañana del domingo 23 de diciembre. — ¿Domingo?
    ¿Y qué hago exactamente aquí, tumbada en una cama, contigo al lado fumando?
    Verás, la historia es larga. El viernes fue la Fiesta del Solsticio de Invierno — Dánae asintió con la cabeza. Tenía vagos recuerdos de aquello— Al parecer, bebiste en exceso. Estabas con Christine y ella te trajo aquí, alegando que deseaba disfrutar de la fiesta y que creía que tú y yo podíamos establecer una buena relación.— A Dánae le dolía demasiado la cabeza para juzgar si aquella situación que le había descrito Julen había sido posible o no. Si era cierto, el comportamiento de su amiga había sido extraño. Por otra parte, dudaba que Julen la hubiera forzado a ir a su casa. No lo sabía. Se fue incorporando poco a poco hasta quedar sentada en el borde de la cama. Se miró: estaba vestida, buena señal. Clavo sus ojos en los de Julen. No parecía mentir. ¿Funcionaría realmente una relación con aquel chico? Apenas lo conocía y el dolor por Ulrich aún era reciente así que se obligó a borrar esos pensamientos de su mente.
    Me duele demasiado la cabeza  como para ponerme a pensar. Desearía tomar una ducha. — Julen sonrió.
    Pues hazlo — Se levantó de la silla y con la pipa en la boca abrió un armario del que sacó una toalla roja— Puedo dejarte algo de ropa también— Dánae asintió. No le iría mal cambiarse si lleva un día entero durmiendo. Julen rebuscó en aquel armario y le ofreció un largo pantalón de deporte y un jersey azul— Son de un amigo, espero que más o menos te vaya bien, pues mi ropa te iría enorme.— Estaba en lo cierto, Julen era alto y ancho de espaldas.
    No te preocupes. Muchas gracias. ¿Dónde está el lavabo?
    Al fondo de este pasillo, todo recto.
Dánae se fue hacia allí con toda la ropa que le había dado Julen. Al andar por el pasillo se dio cuenta de que la casa era bastante vieja. ¿Cómo la habría obtenido Julen? Ya se lo preguntaría. Entró en el lavabo. Era pequeño y sencillo. Se dirigió a la ducha mientras se desvestía poco a poco, dejando las prendas en el suelo. Se metió en la ducha y abrió la toma de agua caliente. Millones de gotas caían sobre ella. Aquello le despejaría la mente.

Una vez se hubo duchado y vestido, salió del lavabo. Ya se encontraba mucho más despierta mentalmente. Entró en la habitación de Julen, pero él ya no estaba allí. Decidió dejar la ropa que se había quitado encima de la cama, así como la toalla.

—¿Julen?— lo llamó tímidamente.
  Estoy en la cocina, Dánae. Sigue la música— ¿Música? Ella no escuchaba nada. Bajó las escaleras y entonces sí, escuchó una canción. Comprendía la letra pero no era el idioma que utilizaban habitualmente. De hecho, hacía mucho tiempo que no había sentido pronunciar nada a nadie en aquel idioma. Era slëdish. ¿Habría encontrado Julen algún archivo sonoro de los Días Antiguos. Entró en la cocina. Era amplia, con una gran mesa central en la que Julen estaba sentado, devorando un enorme bocadillo de jamón.
  Julen, ¿esa canción…?
  ¿Te gusta? — la interrumpió aún con la boca llena.
  Bueno, no acabo de captar todo lo que dice. ¿Pero…?
  No te preocupes, Dánae — le extendió una hoja de papel— Ahí puedes leer la letra. — Dánae observó el folio con extrañeza. Efectivamente, ahí estaba la letra de la canción, titulada “Jeremy”:
At home
Drawing pictures
Of mountain tops
With him on top
Lemon yellow sun
Arms raised in a V
Dead lay in pools of maroon below

Daddy didn't give attention
To the fact that mommy didn't care
King Jeremy the wicked
Ruled his world

Jeremy spoke in class today
Jeremy spoke in class today

Clearly I remember
Pickin' on the boy
Seemed a harmless little fuck
But we unleashed a lion
Gnashed his teeth
And bit the recess lady's breast

How could I forget
He hit me with a surprise left
My jaw left hurting
Dropped wide open
Just like the day
Like the day I heard

Daddy didn't give affection
And the boy was something that mommy wouldn't wear
King Jeremy the wicked
Ruled his world

Jeremy spoke in class today
Jeremy spoke in class today
Try to forget this...
Try to erase this...
From the blackboard.

Al leerla, se quedó perpleja.
    Es un poco dura la letra, ¿no?— Julen sonrió mientras comía.
    ¿Es que la vida no es dura? Tú debes saberlo— Tenía razón.
    ¿De dónde has sacado el disco?
    Oh, la canción la canto yo— Dánae estaba aún más sorprendida que antes.
      Sí, con ayuda de algunos amigos. Me traje varias letras de canciones que fui recopilando en Trachtil.
      Es impresionante, Julen. No tenía ni idea de que alguien en el pueblo estuviera grabando canciones en inglés — Julen rió. Era una risa infantil.
      Hay muchas cosas que aún no sabes de El Valle. Estas canciones las interpretamos a veces en La Guarida.
      ¿Qué? — era imposible.
      Sí, ya sabes la permisividad que hay de momento. — se levantó de la silla. Era imponente. La luz que llegaba a través de la ventana de la cocina acentuaba aún más sus rubios cabellos. Para que engañarse, era atractivo. Recogió el plato en el que había comido— Qué maleducado soy, ¿quieres tomar algo?
      Oh, no. No deseo meter nada a mi estómago.
      Lo comprendo. Por cierto, he solucionado el problemilla de la puerta. Mañana por la tarde puedes pasarte por la biblioteca y así continuarás con tu investigación. — Dánae se emocionó. Sonrió a Julen; tenía ganas de abrazarlo, pero apenas se conocían, así que mantuvo las formas.
      Muchas gracias, de verdad. Creo que debo irme. — Ya era casi mediodía. No podía quedarse más tiempo allí, si no, podría acabar sucumbiendo.
      ¿Ya? Bueno, como desees. Déjame que te regale algo, como mínimo— Dánae iba a negarse pero Julen le plantó en las manos aquel libro que estaba leyendo: Guerras Religiosas en el Siglo XVI, de Steven Jacobs. Al ver su cara de asombro, dijo: — Yo ya lo he terminado, tranquila. — Dánae no sabía qué decir. La había engatusado. Como no le salían las palabras, lo mejor que se le ocurrió fue besarle la fría frente, darse la vuelta y marcharse. No miró hacia atrás, deseaba quedarse con la sensación de haber ganado aquella batalla. Cruzó el umbral de la puerta, no hacía demasiado frío en el exterior. Abrió el libro. En la primera página, había algo anotado a mano en inglés. Era una caligrafía difícil de leer. Dánae se fijó bien. Las letras decían: “¿No te has dado cuenta que el destino está tomando parte entre nosotros, Dánae?”. Sonrió y miró la casa de la que acababa de salir. Se había dejado la chaqueta. Maldito Julen.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Capítulo 10


Había recibido multitud de golpes. Estaba en las últimas. Su oponente, por el contrario, estaba prácticamente en perfectas condiciones. Era mucho más ágil y rápido que él, además de un experto luchador. No podría aguantar mucho más. Se la jugaría. Dejó que su rival tomara la iniciativa; él se defendía a duras penas e iba retrocediendo con cada patada y puñetazo, hasta que notó que estaba a punto de caer por el acantilado. Entonces, sacó se sacó su enorme martillo de combate de la espalda y golpeó la cabeza del otro luchador, que, debido al impacto, cayó al agua. Había ganado. Por enésima vez.

    ¡Estoy harto! ¡Ni siquiera sabes jugar! — Bernard arrojó con una inusitada furia su mando contra el suelo, causando un gran estrépito. Estaba rojo y las gotas de sudor le caían por su afilada cara. Alexander, tumbado en la cama, apenas podía parar de reír. — Y tú, pelirrojo con gafas, vas a acabar tragándote mi puño. — Definitivamente, Bernard estaba colérico. Sin embargo, Alexander continuaba soltando sus risotadas.
    Vamos, cálmate Bernard, es solo un juego.
    ¿Qué me calme? Julen, llevas toda la noche burlándote de mí. Eres realmente malo jugando, pero me vences al arrojarme fuera del ring y eliminarme. ¡Eso es juego sucio!
    Bernard, es solamente otra forma de ganar. Es la táctica de los débiles — Alexander rió aún más fuerte, Bernard estaba a punto de atizarle. Era el momento de intervenir.
    Chicos, chicos, un poco de calma. Son las dos de la mañana. Deberíamos ir ya hacia la fiesta. ¿Qué os parece si traigo unas botellas de hidromiel?
    Ya estás tardando— respondió Bernard, que se sentó en la silla, no sin antes darle una colleja a Alexander. Eran más infantiles que él mismo, pensó Julen. Dejó a sus dos amigos en la habitación y bajó las viejas escaleras de madera en dirección a la cocina. Vivía en una antigua casa detrás de aquella cafetería de ricachones llamada La Emperatriz. La había comprado a su vecina, la señora Salers, que ya no la quería, pues sus hijos se habían marchado del pueblo y ella vivía en una pequeña casa contigua. Cuando Julen llegó a El Valle sin vivienda, aquella amable anciana le había casi regalado la casa. Para conseguirla, Julen solamente tuvo que vaciarse sus pobres bolsillos y hacerle algún recado a su vecina. Aquel fue el acuerdo. Jamás lo olvidaría.

Aquella noche era la gran fiesta del Solsticio de Invierno. Julen miró por la ventana. Había cesado la nieve. Perfecto. Le encantaba esa fiesta, pues no había aglomeraciones en lugares cerrados, había mucho alcohol, se podía fumar tranquilamente, charlar y la música era aceptable. Pero siempre le gustaba llegar tarde. Las chicas siempre se fijaban en los que llegaban tarde. Lo tenía comprobado.

    ¡Julen! ¿Qué cojones pasa con esas botellas! — de nuevo, el pesado de Bernard, que tenía prisa.
    Ya van, tranquilo.
    Más te vale, pues como no subas ya, voy a apalizar a un pelirrojo. Julen rió. Bernard. Era una de las pocas personas que valían la pena de su Colegio. Se dedicaba a estudiar, reparar, diseñar y crear todo tipo de aparatos electrónicos. También era un maestro de los videojuegos y odiaba que le ganaran en su terreno. Pese a ser delgado y atractivo de cara, Bernard era muy poco sociable. Julen le había presentado su grupo de amigos, con los que su compañero de clase se llevaba bien, pero raramente Julen lo veía con alguien más que no fuera el profesor de matemáticas o robótica. Aquel día, pero, era una ocasión especial. Julen le había prometido a Bernard que le pagaría todo lo que consumiese durante la noche, pues le había hecho un enorme favor.
En el momento en el que la atractiva y alocada Dánae le había pedido en la biblioteca que encontrara la forma de acceder al sótano restringido, Julen había pensado inmediatamente en recurrir a su amigo Bernard si su estrategia con Argus fallaba. Y así fue. Le preguntó a su jefe de dónde había sacado el libro en slëdish que se había encontrado debajo del mostrador y este, nervioso, le había contestado que no era suyo ni sabía lo que hacía allí. Qué mentira más pobre. Aún así, aquel mismo día, Julen no tuvo demasiadas dificultades en quitarle a llave del sótano del manojo que siempre llevaba colgado en el cinturón, mientras ambos colocaban unos libros en las estanterías a última hora de la tarde. Al día siguiente, Julen abordó en clase a Bernard, rogándole que le ayudara con la huella dactilar y el código de veinte dígitos. Bernard aceptó y aquella misma tarde se plantó en la biblioteca dispuesto a abrir la puerta. Argus se había vuelto a pedir el día libre. Pese a eso, Bernard no pudo acceder al sistema, ya que según dijo, le faltaban herramientas. Así pues, el jueves volvió a intentarlo. Julen se había asegurado de que Argus tuviera que ir a La Hondonada a buscar unos libros. Bernard, pudo trabajar con calma y, finalmente, pudo abrir la puerta. Además, le aseguró a Julen que con los cinco dígitos que le daría, bastaría para abrir la puerta en cualquier ocasión, sin necesidad de llave o de huella dactilar. Julen lo había abrazado. Aquel hombre era impresionante. Aunque estaba muy emocionado, había decidido no entrar aún en el sótano ya que creía que debía hacerlo con Dánae. ¿Creía en el destino? Quizás.

Julen sacó tres botellas de las neveras y subió las escaleras. Nada más entrar en la habitación, Alexander y Bernard lo aplaudieron. Julen rió. Bufones, eso eran, bufones. Repartió las botellas. Se aclaró la garganta:

    Propongo un brindis. ¡Por la mejor noche del año!
    ¡Hurra!
      ¡Por supuesto!— Todos bebieron. Mientras Julen apuraba de un trago su botella, unos tímidos golpes resonaron en la casa. La puerta. Alguien tocaba. ¿Quién sería?
    Julen, si son chicas, diles que suban. — Alexander tan desesperado como siempre— Julen le sonrió, dejó la botella en el suelo y bajó corriendo las escaleras. Bajarlas lentamente era de cobardes. Se dirigi´´o hacia la entrada y abrió la descolorida puerta. Era la sonriente Christine, con el destino en las manos. Julen se quedó boquiabierto.
    Hola, Julen.
    Christine, ¿es esa… — Julen no se lo creía.
    Sí, es Dánae — seguía sonriendo. Llevaba a una inconsciente o dormida (aún no lo sabía) Dánae en brazos. ¿Qué significaba todo aquello?
    ¿Y se puede saber qué hacéis aquí? — Lo dijo con el mejor tono de seriedad que supo poner.
    Pues verás… —había empezado a ponerse colorada, siempre le pasaba cuando hablaba con él— Estábamos en la fiesta y Dánae ha bebido mucho, ya sabes, quería disfrutar ahora que ha decidido no guardar más las formas. Entonces ha caído inconsciente al suelo. Pero solamente está dormida. He pensado que como tu vives cerca y quizás no vinieras a la fiesta te podrías encargar de ella — mentía. ¿Por qué todos se empeñaban en mentir si no sabían hacerlo?
    Christine, tú eres como su hermana. No tiene sentido lo que me cuentas. Dime la verdad, no es tan difícil. — Se puso más colorada aún. Cuando estaba así, era realmente atractiva en su opinión.
    Eres demasiado inteligente, Julen. Verás, esta noche me gustaría disfrutar un poco.
    ¿Cuántos han caído ya?— sabía que los hombres se mataban por ella.
     Dos— contestó tímidamente — Creo que también tenéis bastante en común y sé que cuando quieres eres la persona más responsable del pueblo. Me gustaría que os conocierais más. Ella lo está pasando mal.
    ¿Te parece sensato intentar juntar a dos almas en pena? — bufó. Una rabieta con el novio. A él se le había muerto su alma gemela. — No lo entiendo, quieres que surja algo entre Dánae y yo, pero a la vez seguro que temes mi carácter, ¿cómo lo llamáis las mujeres? ¿Mujeriego? — Christine rió.
    Algo así. Creo que puedes conseguir que ella se olvide de Ulrich y Dánae, por su parte, puede entretenerte.
    Así que detrás de esa bella sonrisa se esconde un cínico cerebro— Christine volvió a reír tímidamente— De momento acogeré a Dánae esta noche, pero no promete nada más. — Sería lo más sensato. La situación no tenía sentido, pero ya estaba acostumbrado al surrealismo. Recogió suavemente a Dánae de los brazos de Christine. No pesaba en exceso. No se había fijado en ella. Estaba profundamente dormida e iba muy abrigada. Entonces, sin saber muy bien el motivo, dio un largo beso a Christine. Creía que era otro de los factores que habían conducido a la chica hasta su casa. Habían tenido un buen romance meses atrás y seguían teniendo una relación muy cordial. Christine se lo agradeció con una sonrisa.
    ¡Alexander! ¡Bernard! — gritó Julen. Ambos bajaron rápidamente. Figones. Habían estado escuchándolo todo, seguro — Yo debo quedarme aquí, vosotros salid si queréis— ambos se quedaron mirando fijamente a Dánae, pero no dijeron nada, ya le preguntarían a Christine. Julen se sacó dos billetes del bolsillo y se los dio a Bernard — Tómate lo que quieras en mi honor. — Bernard se quedó atónito mirando los billetes.
    Pero Julen, esto es mucho dinero.
    Bernard, me has hecho un gran favor, te lo mereces — no había ni acabado de pronunciar la frase cuando su amigo ya lo estaba abrazando y dando las gracias. Alexander y él cogieron las chaquetas del perchero y se fueron con Christine, quien se despidió lanzándole un beso con la mano. No era guapa, pero tenía una gran personalidad. Eso contaba mucho. Julen se dio medio vuelta y con Dánae en brazos subió las escaleras. No era la primera vez que llevaba de aquella forma a una mujer. Entró en su habitación y la posó suavemente en la cama. Le quitó con delicadeza el gorro, los guantes y la bufanda, así como la chaqueta, tarea que le llevó más tiempo. Tenía una piel suave, como muchas otras. Abrió el armario de al lado de la cama y sacó un par de mantas que echó por encima de su cuerpo. La contempló. Respiraba de forma normal, no había de que preocuparse. Cogió del escritorio el libro sobre las Guerras Religiosas que había robado a su jefe, se encendió la pipa y se sentó en una silla, cerca de la cama y a la altura de la cara de Dánae. Cuando ella despertara, lo encontraría en la misma postura en la que lo había conocido. Cosas del destino.



   

lunes, 24 de diciembre de 2012

Capítulo 9


Ambas estaban recostadas en el sofá, frente a un crepitante y vivo fuego. Bebían, ahora en silencio, té caliente. Cada una tenía sus propios pensamientos y preocupaciones, pero no tardarían en compartirlos. Habían establecido una especie de norma no escrita que prohibía interrumpir aquel silencio casi místico. Normalmente, Christine siempre se demoraba más en apurar su taza y Dánae debía esperar. Aún no se había acostumbrado a saborear aquel líquido: se lo bebía demasiado rápido para entrar en calor. Aquella tarde no sería una excepción, pues cuando el viejo reloj de la pared marcaba las cuatro y media, Dánae terminó su taza y esperó. Fuera nevaba copiosamente, pero en la pequeña sala de estar de Christine la temperatura era muy agradable. Pese a ello, no se fiaba y llevaba un jersey azul que había sido de su padre y que le servía de vestido, unas gordos leggins negros, dos pares de gruesos calcetines de colores, una bufanda y unas altas botas. Cuando Christine le abrió la puerta, se puso a reír. Tardó en parar. Ella iba en tirantes y de cintura para abajo solamente llevaba unos pantalones de deporte cortos y chanclas. Dánae jamás entendería cómo muchos de los habitantes de El Valle soportaban el frío de aquella forma. Debía de ser una cuestión genética. Observó a Christine: no, no parecía tener frío. Era alta y tenía la piel blanca. Lucía una larga cabellera negra, sus ojos eran color miel y pese a no tener un rostro demasiado agraciado (nariz ganchuda, excesivo número de pecas, orejas en pico y colmillos demasiado largos) ni un cuerpo con demasiadas curvas, causaba furor entre los chicos. Era radiante y tierna. Se dejaba querer y raramente se enfadaba. Dánae la quería como una hermana. De hecho, era la única persona a la que podía considerar como parte de su familia. Christine vivía sola desde que tenía dieciocho años, pues había decidido independizarse de sus padres, a los que visitaba una vez a la semana, pues vivían al otro lado del río. Por la mañana estudiaba en el mismo colegio que Ulrich y, durante las tardes ayudaba a Wortz, el panadero del pueblo. De esta forma, ganaba lo suficiente como para poder pagar el alquiler de aquella pequeña casa.

Christine ya se había acabado su té, pero Dánae seguía mirándola. Su mente había divagado en exceso.

  ¿Te gusto o algo parecido? — soltó con aquella bella sonrisa que tenía. Dánae salió del trance y rió.
  No, aún no. De momento solamente me van los chicos. Estaba pensando que esta noche triunfarás. Y yo lo veré. — No lo decía por hacer un cumplido a su amiga, sino que seguramente sucedería así. Cuando Christine salía, al día siguiente siempre le contaba multitud de historias a Dánae. La mayoría, de chicos.
  Sí, ya era hora que salieras de tu madriguera. No te arregles mucho.
  ¿Por qué?
  Porque va a ser al aire libre. Con unos tejanos, una chaqueta y algo debajo ya irás bien.
  Y unas botas, una bufanda, unos guantes, un gorro y unos esquís. Nieva mucho.— estaba preocupado.
  Tranquila, la fiesta se celebrará sí o sí. Es el Solsticio de Invierno, jamás se suspende. Es algo espiritual casi — De pronto, un fuerte mareo asoló la cabeza de Dánae. ¿Qué ocurría? Cayó del sofá.
  ¡Dánae! — Su amiga se interesó por ella. Se sentía mal, mareada. Christine la levantó y le ofreció un vaso de agua que Dánae bebió rápidamente. Encontró la fuerza suficiente para poder pronunciar unas palabras:
  ¿Qué le has metido al té?— Estaba segura que aquello era obra de Christine. Quería que se animase para la fiesta.
  ¿Yo? Nada. — mentía. Siempre sabía cuando mentía.
  Christine…
  Vale, va, sí. Le he echado un poco de hierba, para que te animes para esta noche.
  Pues menos mal que estoy acostumbrada, aunque ciertamente has pillado a mi cuerpo desprevenido. Hace demasiado que no tomo. Pero no necesito nada para animarme, ya lo estoy.
  Sabes que no es cierto. Aún te pesa en la cabeza todo el tema de Julen. Te estás martirizando. Creías que lo tenías bien atado y desde el lunes, no ha vuelto a preguntar por ti. — Christine tenía razón. Ulrich la contemplaba. Era el chico que había estado buscando apara curar su dolor. El desengaño había sido fuerte y más incluso el sentimiento de soledad que lo acompañó. No quería volver con él, pero le hubiera gustado que Ulrich la hubiera buscado. Solamente lo hizo el lunes. Estaban a viernes y no había vuelto a saber nada de él. Con su investigación estancada y Christine fuera prácticamente todo el día, Dánae había vivido una de sus peores semanas de su estancia en El Valle. Sin la mente ocupada, se dedicaba a pensar demasiado en el pasado y fantasear con cosas imposibles. Había vuelto a fumar y se había matado a cafés. Por suerte ya era viernes y a ella y a su amiga les esperaba una gran noche.
  Sí, pero hoy me voy a olvidar de todo. Ya lo verás. ¿Habrá alcohol?
  Litros de hidromiel.
  ¡Bien! Jamás volveré a tomar uno de esos asquerosos cóctqueles. — Ambas rieron.
  Pero ándate con cuidado, no todos los hombres del pueblo son tan corteses como Ulrich.
  Lo sé. Soy lo bastante astuta como para quitármelos de encima.
  Desde que te conozco no he dudado de tu inteligencia. Sin embargo me preocupa la inteligencia de otros — que sutil era cuando quería. Christine tenía miedo de sacar el tema porque le afectaba a ella también.
  ¿Hablas de Julen?
  Sí. Parecías entusiasmada cuando le conociste.
  ¿Tú no lo estabas, Christine? — dijo aquello con malicia. Le divertía el asunto.
  Sí, bueno… yo… — se había puesto roja, algo frecuente. Dánae sonrió. Disfrutaba con ello. Al parecer, su amiga y Julen habían tenido una aventura y los pocos ratos que se habían visto tras que Dánae conociera al famoso chico, Christine la prevenía de su personalidad mujeriega. Decidió que debía calmar a su amiga.
  Tranquila, tendré cuidado. De hecho, no le conozco y quizás ni aparezca por la fiesta.
  Oh, por supuesto que aparecerá. Es al aire libre y habrá hidromiel. Eso le encanta — se había rehecho.
  Entonces, yo iré a molestarlo. Necesito su ayuda para la investigación, Christine. De momento no siento nada por él, aparte de una pequeña atracción hacia lo desconocido. No me preocupa. — Christine rió y la abrazó.
  Jamás cambiarás. Hace unos días montaste un escándalo ante la alta sociedad del pueblo del que dices no estar arrepentida y ahora aseguras que no te importa caer en las redes de Julen. — Sí, así era ella. Su ímpetu se había calmado mientras había salido con Ulrich, pero ahora había regresado, con más fuerza aún.
  Voy a rachas, ya lo sabes — ambas sonrieron.
  Oye, ¿quieres que avive el fuego un poco?
  No estaría mal, la verdad — Christine se levantó y atizó los leños, que crepitaron. Dánae aprovechó para  recostarse en el sofá. Se le cerraban los ojos a causa de la hierba y la acumulación de sueño. Se dejó llevar; una siesta no estaría mal antes de una intensa noche. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

Capítulo 8


  Joder, Ulrich! Haz el favor de dejar de tirarme por encima las jarras de hidromiel. Esta es tu tercera de la noche — Era cierto. Aquella había sido la tercera vez que debido a un puñetazo en la mesa volcaba la jarra de Orr, el ala derecho del equipo.
  Lo siento, de veras. Te pagaré otra.
  El dinero es lo de menos, capi. Lo que me preocupa es llegar al piso y que mi novia piense que me he ido de fiesta sin ella por apestar a alcohol — algunos de los presentes en la mesa rieron — Además, debes prestar atención a la final y dejar de comerte la cabeza por esa chica. No vale la pena. — Ulrich estuvo a punto de darle un puñetazo en la cara, pero se detuvo a medio gesto. Estaba rabioso. Levaba en ese estado varias horas. Desde el espectáculo de Dánae en la cena de dos días atrás. Creía tenerlo todo controlado. Pensaba que el hecho de presentarla en sociedad sería un paso más en su relación. Tenía la certeza que se complementaban a la perfección. Pero, no estaba muy equivocado. Todo había salido mal; a Dánae le había dado un ataque, se había desmelenado y cortado el vestido y se había puesto a bailar como una loca encima de las mesas, rompiendo copas, platos y jarrones a su paso. Recordaba perfectamente las miradas de los invitados, los murmullos, los gestos negativos de decenas de cabezas. Pero el peor momento tuvo lugar cuando él intentó bajarla de la mesa y como respuesta obtuvo una patada en la nariz, que aún le dolía. Tras aquella acción Dáne escapó riendo de la sala y cayó desplomada en un pasillo. ¿Dormía? ¿Fingía? Qué más daba. Ulrich decidió que lo mejor sería llevársela de allí, para que no causara más problemas. Así pues, ordenó al chófer que la llevara en limusina a la casa de la vecina de Dánae, Christine. Ella la cuidaría, pues Ulrich no podía acogerla; sus padres no lo tolerarían. Horas después, tuvo que aguantar un sermón de su madre sobre la importancia de escoger bien a las mujeres, así como a su padre quejándose del descenso de popularidad que le provocaría aquel incidente en vistas a las elecciones. No es que a Ulrich no le importaran las apariencias o el futuro político del pueblo, sino que pensaba que la gravedad del asunto residía en el alejamiento de él y Dánae. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Qué error había cometido él? No lo sabía. Además, la tarde siguiente fue a verla a su casa y, como nadie contestaba, preguntó a Christine. Esta le dijo que Dánae estaba fuera. Mentira. Ella rara vez salía. Pero Ulrich decidió no decir nada más y dejó pasar las horas. Quizás Dánae volvería a hablar con él cuando se encontrara mejor. Sin embargo, era lunes por la noche y no tenía noticias de ella. Estaba desesperado. Notaba como la sangre le subía a la cabeza. No podía más, iba a explotar. Quería gritar, golpear, romper.  En aquel instante, alguien le apretó el brazo muy fuertemente. Ulrich ya estaba preparado para golpear, pero al girarse vio el sereno rostro de Andrey. Siempre Andrey. Este le indicaba con la cabeza que mirara hacia delante. ¿Qué había delante? Ah, sí. Lo había olvidado. Una pantalla gigante en la que podían ver la final del Torneo de Otoño Estatal de Rugby. Aquel año, además, por primera vez en treinta años se jugaban el título un equipo de la Provincia del Norte contra otro de la Provincia del Sur; los Vencejos de Jdòv se enfrentaban a los Trapecistas de Trachtil. Obviamente, Ulrich apoyaba a los Vencejos, como todo el pueblo. Poco a poco, fue recordando que habían quedado en La Tasca varios de los jugadores del equipo como Orr, el pequeño medio melé Yarvik, el imponente segunda línea Braäs o el fornido medio apertura Kaghen. Miró la pantalla. ¿Ganaban? El marcador señalaba un 9-6 a falta de diez minutos para que acabase el encuentro. ¿Llevaba 70 minutos sin mirar el partido? Imposible.
  Este comentarista no se entera. Dice que la defensa de los Vencejos está siendo blandita. ¿Cómo va a ser blanda si tenemos un expulsado? — el cometario había sido de Braäs. Así que tenían un expulsado. Mal asunto.
  No te mosquees, Braäs. Este tío no entiende de rugby. Es de la capital, así que va con los payasos esos de circo. ¿Por qué no retransmite el partido nuestra querida televisión provincial? Es algo que llevo toda la noche preguntándome — Orr, tan puntilloso como siempre. Como consecuencia de aquel carácter había entablado una buena relación con Julen. Se parecían. Un poco. Orr estaba muy nervioso, pues era un gran fan de los Vencejos: llevaba puesta la camiseta azul del equipo, así como la cara pintada y una bandera con los colores del club. No era el único. La Tasca estaba llena de entusiastas del equipo equipados con todo tipo de artículos: bufandas, gorras, tambores… De momento, estaban bastante animados, pues ganaban.
  Orr, la televisión de la provincia no tiene los recursos suficientes como para comprar el partido — intervino Andrey, con su calma habitual.
  ¡Malditos, sureños! ¡Deberíamos separarnos de ellos! — exclamó Orr. Se hizo el silencio en el pub. Orr coqueteaba en ocasiones con el slëdish e incluso alguna vez lo habían visto en La Guarida. Tenía ideas propias de Ulrich, pero La Tasca no era el mejor lugar para expresarlas: era un local iluminado, amplio y limpio, muy diferente de La Guarida y allí la gente era una firme defensora de la unidad del Estado. Orr agachó la cabeza, avergonzado. Si hubiese sido Julen, se habría encarado con el resto del pub, pero Orr era más sensato. Ulrich jamás había entendido aquel deseo de estudiar los Años Antiguos. Estaba comprobado que la casi extinción de la especie humana había sido provocado por guerras entre estados. Punto y final. La decisión de los supervivientes había sido unir las naciones y las lenguas y prohibir el estudio del pasado para evitar que aquel fanatismo ideológico volviera a hacer peligrar la humanidad. Por ese motivo era un firme defensor la unidad del Estado, como muchos de los habitantes de El Valle, pese a que en el norte el severo brazo de Trachtil no llegara apenas. La voluntad del pueblo se vería en las urnas, en la próxima primavera. Ulrich estaba seguro. Obviamente que había rivalidad en el rugby: pero tan solo era un juego y los clientes de La Tasca lo sabían y, como consecuencia, habían callado ante el comentario de Orr. Ulrich aprobaba aquella conducta. Era la adecuada.

Veinte minutos más tarde, el bar estaba prácticamente vacío. Los Vencejos habían perdido en el último suspiro, como consecuencia de un ensayo anotado por su capitán, el tercera línea Travis. Todos los seguidores que instantes antes celebraban la momentánea e histórica derrota, se habían marchado cabizbajos. En La Tasca tan solo quedaban Ulrich y Andrey. Apuraban sus últimas jarras de hidromiel mientras Rees, el tabernero, fregaba platos y vasos. La derrota no había afectado para nada a Ulrich, ya tenía bastante con sus problemas. Seguía enrabietado.
    Cálmate, Ulrich. No puedes seguir así.
  Andrey, ella era la chica y la he perdido — se tapó la cara con las manos. Tenía ganas de llorar, pero no iba a hacerlo.
    Ulrich, deja de decir estupideces. La conociste dos meses atrás.
    ¿Y qué tiene eso qué ver? Ella no es como las otras chicas: es dura, inteligente, simpática y…
  … no sabes nada de ella. ¿Realmente trabaja en el mundo de la moda? ¿Conoces su pasado? No. ¿Por qué tuvo aquella reacción? Ni idea, tú no lo hicistes nada, eres un buen tipo. Está loca Ulrich y te has obsesionado con ella. Siempre te pasa lo mismo. — Ulrich no aguantó más: se levantó de la silla rápidamente y golpeó con el puño a Andrey. Odiaba que todos le comentasen que era muy buena persona pero que jamás conseguía establecer ninguna relación con las chicas. Andrey se merecía el golpe. Debía apoyarlo, no machacarlo más. Sin embrago, su amigo recibió el impacto como si se tratara de un placaje, pues ni se inmutó. Se tocó la nariz, comprobó que no estaba rota y le devolvió el puñetazo, en el ojo izquierdo. Lo tumbó de la silla, provocando un gran estrépito. Andrey era mucho más fuerte que él. Intentó levantarse  pero no pudo. Le pitaban los oídos. A duras penas oyó las risas  del tabernero y los pasos de este y Andrey que se acercaban hacia él. Entre los dos lo levantaron. Se le estaba hinchando el ojo. Andrey se disculpó, pero Ulrich sabía que lo había hecho por su bien. Debía reaccionar. Se estaba atormentando por pequeñeces. Andrey lo cargó por los hombros.
  Será mejor que me lo lleve para casa, Rees. Gracias por todo.
  Sí, a ver si se espabila, que de aquí poco empezamos la fase nacional. Buenas noches. — Ulrich intentó despedirse pero no encontraba las palabras. Desistió y se dejó llevar por Andrey. Fuera volvía a nevar y un gélido viento le azotó la cara. Así, quizás se despejaría la cabeza, aunque parecía tener un motor demasiado revolucionado dentro. Pensamientos y dolor se confundían. Al día siguiente tenía examen. Mierda.  

martes, 18 de diciembre de 2012

Capítulo 7


Julen disfrutaba. Mucho. Fumaba de su vieja pipa y leía un libro prohibido. Aquello sí que era vida. No entendía por qué la gente se quejaba del trabajo, si él no se había movido de la silla en las tres horas que llevaba allí. Había decidido ocupar una vacante en el personal administrativo de la Biblioteca Municipal. Había escogido el turno de tardes. Era lunes y estaba solo. Su jefe debería estar allí, pero aquel día era el partido final del Torneo de Otoño Estatal de Rugby y la mayoría de los habitantes del pueblo estaban en sus casas o en los bares, enganchados al televisor y gritando como energúmenos. A él le gustaba practicarlo pero odiaba mirarlo. Odiaba el profesionalismo. Odiaba la personalidad de los alas, que se creían dioses por correr mucho y hacer cabriolas cuando conseguían un ensayo. Odiaba todo el dinero que se movía. En aquellos niveles, el antiguo y tradicional juego perdía su esencia. Julen no se atrevía a verlo. Jugar a rugby era de las pocas cosas que lo mantenían vivo y le hacían olvidar su pesar, así que no iba a permitir que le robaran la impresión que él tenía.
Hacía ya tres días que se había enterado de la muerte de Helena. No estaba bien, lo sabía. Se había pasado todo el fin de semana encerrado en su cuarto, tumbado en la cama, mirando el techo, sin hacer nada. Tampoco había ido a clase aquella mañana, aunque ese hecho era algo frecuente. Debía seguir adelante, no hacía falta que nadie se lo comentase, pero no era tarea fácil. Helena había significado mucho para él. Por suerte, el nuevo trabajo le ocupaba ciertas horas, aunque solamente se dedicara a leer, y le mantenía la mente ocupada. En aquel momento leía un libro que hablaba de las Guerras Religiosas en los Años Antiguos. Estaba en slëdish. Estaba prohibido. Julen lo había encontrado en un cajón del mostrador. Era extraño. El mandamás de la Biblioteca, el señor Argus, no parecía la clase de hombre dispuesto a jugarse su trabajo por cosas como aquella, aunque ciertamente el gobierno de Liepsteiemer era muy permisivo con el tema. Pues bien, Julen estaba leyendo algo sobre un revolucionario llamado Lutero, cuando algo le asustó. Era un carraspeo. Creía estar solo, pero no. Levantó la vista del texto, arqueando las cejas y, entonces, se acordó. Haría una hora, una joven que debía tener su edad había entrado en la Biblioteca. Julen la había observado lo suficiente como para darse cuenta de que era bastante atractiva. Creía recordar que la chica le había sonreído al pasar, pero no lo recodaba muy bien. Maldita hierba. Julen había pensado que quizás buscaría algún libro romántico, lo facturaría en aquella máquina llamada “auto préstamo” y se iría. Pero no, parecía que deseaba algo más. Muy a su pesar, marcó la página que estaba leyendo, dejó el libro a un lado, bajó los pies del mostrador y se colocó bien la ficha identificativa que llevaba en el pecho.
    Buenas tardes, señorita. ¿Pueda ayudarla en algo?
    ¿También voy a encontrarme con formalismos en una biblioteca solitaria en la que estoy siendo atendida por un chico rubio desmelenado que fuma hierba en pipa, lee libros en slëdish y lleva una ficha identificativa falsa que pone: “Sr. Conan Doyle”? Decididamente este pueblo es un asco. — Soltó todo aquello con una sonrisa y una voz medio ronca. Julen acabó de despertarse. Le había sorprendido mucho. ¿Cómo sabía que su ficha era falsa? Pocas personas conocían a Conan Doyle. El hecho que hubiera identificado rápidamente el libro que Julen leía quizás fuera la respuesta. Así pues, decidió que valía la pena observarla bien. Fijó sus ojos grises en ella. Era de estatura media y tenía un cuerpo atlético, estaba en forma. Lo primero que le sorprendió fue su cabello, castaño, largo y ondulado, pero sorprendentemente rapado  en una zona de la mitad izquierda del cráneo. No era frecuente llevar aquella apariencia por El Valle. Continuó con el análisis. Su piel era más morena que la de los nativos de la zona y sus ojos azules eran demasiado artificiales. Lentillas probablemente. Levaba tres pendientes plateados en cada oreja, que colgaban muy poco. Una nariz chata y unos rosados labios completamente un bello rostro, sin impurezas, excepto una sensual  peca debajo del ojo derecho. Se fijó entonces en unos pechos perfectos, ni muy grandes ni muy pequeños, aunque, eso sí, apenas visibles debido a un grueso jersey de lana granate. Buenas caderas y largas piernas tapadas por una corta falda negra y una especie de mallas (así creía Julen que se llamaban) grises. Sí, era un 8. ¿Cómo no había visto jamás a aquella chica? Creía tenerlas a todas controladas…
    Bueno, ¿ya me has analizado a fondo? — no parecía enfadada ni molesta, simplemente divertida. Volvió a sonreír y se le marcaron los hoyuelos. ¡Hoyuelos! ¡Hoyuelos! ¡Hoyuelos! A Julen le encantaban. Eran muy sensuales. Casi gritó de emoción, pero se contuvo y consiguió encontrar las palabras adecuadas.
    Perdona, es que la hierba me está pasando factura.
    Lo noto, lo noto. Te pediría que me dieras un poco pero debo mantener las formas en este pueblo tan tradicional — Rió. No era demasiado bonita su risa, pero estaba bien.
    ¿Lo dices por las lentillas azules, las gafas de sol que llevas en la mano y por el bolso aparentemente caro que cuelga de tu hombro? Aunque ciertamente, tu corte de pelo es contradictorio.
    Vaya, parece que a parte de quedarte embobado mirando mis encantos femeninos, has hecho algo más. Llevo con estas lentillas más de dos años y nadie me ha hecho ningún comentario al respecto. Quizás seas la reencarnación de Doyle. — Julen soltó una sonora carcajada.
    Ya me gustaría. ¿De qué color son realmente tus ojos?
    Negros, profundamente negros. — Soltó un suspiro.
    Así que no eres de aquí.
    Tú tampoco.
    ¿Qué escondes?
    ¿Y tú, Julen? — No podía ser cierto. ¿Se conocían?
    ¿Cómo sabes mi nombre?
    Eres famoso en el pueblo, por si no te habías dado cuenta — su sonrisa, de nuevo, lo cautivó— “Julen es un gran jugador, pero se lo toma todo a guasa” — utilizó un cómico tono serio y enojado. — Te vi jugar el otro día. No tengo ni idea de rugby, pero creo que fuiste determinante en la victoria— Una chica foránea, que estudiara slëdish y que fuera tan guapa no se encontraba en el cerebro de Ulrich. Pero sí una joven del sur, que mantenía las apariencias e imitaba a su novio a la perfección. Julen sonrió.
    Dánae. Ulrich no para de hablar de ti.
    Sí, maldito hipócrita. Al fin nos conocemos — Le tendió una mano fina con largos dedos y marcas de tinta.
    Me sorprendes.
    ¿Por qué? — Arqueó una de sus poco perfiladas cejas.
    ¿Has estado saliendo con Ulrich con ese corte de pelo y estudiando slëdish?
    Oh, no— agachó un poco la cabeza. Parecía decepcionada. O triste. — Verás, así llevaba el pelo en Ushu, pero esta mañana he decidido que me lo volvería a rapar. Por eso llevo las gafas de sol, no quiero que sepan quién soy y…
    … por qué vas a la Biblioteca Municipal a buscar libros en slëdish, algo prohibido.
    Exacto. Además…
    … te enteraste el otro día que tu novio es un radical que quiere acabar con el estudio de los Años Antiguos en el pueblo y que probablemente sea así debido a que esta primavera su padre tiene todos los números de ganar las elecciones. ¿Ese fue el motivo de que liaras todo aquel percal en la fiesta del sábado, no? Es lo único que no tenía claro. El resto de tu show me lo han contado. — Era cierto. Al parecer, cortó su vestido y se puso a bailar como una loca. Ulrich se la tuvo que llevar de allí ante las quejas de toda la alta sociedad del pueblo. Cuando aquella mañana se encontró con Andrey y este le explicó lo ocurrido, apenas pudo parar de reír. La reacción de la chica al oír aquellas palabras evidenciaba que no había errado en su deducción. Dánae se había quedado de piedra. Julen lo notaba en su interior. Se auto felicitó interiormente. Primer punto para él.
    Vaya… Eres un auténtico Sherlock y cómo él, te gusta fumar y eso aumenta tus capacidades deductivas. Aún así, nadie excepto tú sabe por qué hice aquello. Mi secreto aún sigue siendo secreto.
    Eso entonces hará que puedas sobrevivir un tiempo. Pero Ulrich querrá explicaciones.
    Me da igual.
    Es tozudo, ya te habrás dado cuenta. ¿Cuánto tiempo crees que podrás seguir evitándolo?
    El que aguante Christine diciéndole que no estoy en casa.
    Oh, Christine. ¿Es tu confidente?
  Confidente y vecina — por primera vez usó un tono severo y estricto — ¿La conoces?
      Por supuesto. Dale recuerdos de mi parte. — Julen sonrió y le guiñó un ojo. Le encantaba hacer aquel gesto. Era tan dramático. Christine le traía buenos recuerdos. Dánae rió. Lo entendió a la primera.
      No sé cómo estoy hablando de todo esto contigo. Te acabo de conocer, eres un mujeriego, sabes leer slëdish y fumas hierba.
      Precisamente por eso lo haces — Se miraron. Volvieron a reír.
      Bueno, yo venía a coger un artículo en slëdish. Llevo una hora buscándolo, pero no lo encuentro y eso que tengo la referencia — Julen rió, Dánae parecía no entender nada. ¿Buscaba algo en slëdish en la Biblioteca? De chiste.
      ¿Qué es lo que ocurre, Sherlock?
      Que no vas a encontrar nada aquí.
      ¿Cómo? Estoy en medio de una investigación. Necesito ese artículo. — Enojada, estaba enojada. Julen también lo estuvo cuando se enteró de la situación.
      Verás, pese a que este pueblo es muy permisivo, como el norte en general, sigue existiendo un gran radicalismo entre ciertos sectores pudientes de la población. Liepsteiemer no ha tenido más remedio que quitar todos aquellos documentos relacionados con los Años Antiguos de las estanterías visibles de la biblioteca para poder sobrevivir.
      ¿Visibles? — volvió a arquear una ceja.
      Sí, tengo la sospecha que lo buscas está en el sótano.
      ¿Pero?
      Para acceder debes introducir una llave, marcar 20 dígitos y que el sistema identifique tu huella dactilar. La llave no es problema, mañana podría conseguirla si quisiera. Los dígitos y la huella son más complicados.
      Pues vaya decepción. Un bibliotecario que no puede entrar en los archivos secretos del propio lugar en el que trabaja— intentaba picarlo.
      Es mi primer día aquí y no van a dejar que un joven tenga acceso a tales documentos.
      Pero Julen, ¿no tienes tú también curiosidad? Creí que eras un agitador político, un rebelde y que te interesaba realmente todo esto. Mírate: ¡estabas leyendo en slëdish! — Definitivamente quería picarlo y lo estaba consiguiendo. Julen rió. Si se había metido a trabajar allí era precisamente para tener acceso a materiales relacionados con los Años Antiguos y usarlos para la publicación que iba a iniciar con sus colegas. Pero había empezado dormido. Ya debería haber investigado a fondo las posibilidades de colarse en el sótano. Por fortuna, Dánae le había hecho reaccionar.
      El libro me lo he encontrado en el mostrador. Es algo raro. Quizás mi jefe no ponga reparos en darme acceso, no lo conozco tanto aún. Mañana le preguntaré y si no me da permiso… Tengo un amigo que podría ayudarme.
      Este es el legendario Julen. Pero 1-1, tenlo en cuenta — sonrisa burlona. Así pues, ella también había atribuido la victoria del diálogo anterior a Julen, pero se había apuntado el tanto del “despertar de la bestia”.
      Sí. Empate. En una semana pienso que podré tener acceso al sótano.
      Bueno, esperaba algo más de rapidez, pero ya está bien. Gracias.
      Lo hago por los dos, no es un favor que te concedo porque seas una bella mujer y para fastidiar a Ulrich, que conste —  Dánae volvió a reír. Buena señal.
      Lo tendré en cuenta, tranquilo. Por cierto, quizás nos veamos este fin de semana en la fiesta del Solsticio de Invierno, ¿no?
      ¿Tienes pensado ir después de todo? — Estaba mal de la cabeza aquella chica.
      Pienso que sí. No tengo nada que perder.
      Yo iría con cuidado.
      ¿Cuidado? ¿Acaso tú lo tienes? — enojo y mosqueo. Pero no era visible, sino palpable. No le había subido la sangre a la cabeza pero su tono y sus gestos faciales la delataban.
      Dánae, yo no lo tengo, porque aquí la gente me conoce. Me ven estudiar, en el bar, en los partidos de rugby, ahora en la biblioteca. No me he pasado dos años encerrado, como adivino que tú has hecho. — Sus palabras habían calmado a Dánae o, al menos, la habían hecho reflexionar.
      Lo sé, Julen, lo sé. Pero ya no aguanto más. En fin, ¿te veré?
      Quizás, quizás. La fiesta es al aire libre, sin aglomeraciones, así que puede que vaya.
      Bien, me alegra oír eso. Debo irme ya. Encantada de conocerte — le tendió de nuevo la mano, que Julen estrechó suavemente. Se quedaron unos instantes parados, mirándose. ¿Conexión? Era pronto para afirmar nada.
      Lo mismo digo, Dáne.
      Hasta otra. Por cierto, siento lo de tu amiga. — Así que ella también lo sabía. Ulrich. Bocazas.
       No te preocupes, estaré bien. Hasta pronto — Sonrió por última vez, se puso las gafas de sol y se dirigió hacia la salida. Julen acabó entonces su análisis. Tenía un hipnótico trasero y llevaba una especie de deportivas planas. Su caminar le resultaba familiar. Ya lo había visto antes, aunque no sabía dónde. Encendió de nuevo la pipa y continuó la lectura. Se recostó en la silla y volvió al estado de trance. Aquella chica estaba loca. Muy loca.


lunes, 5 de noviembre de 2012

Capítulo 6


Levaba sola más de veinte minutos, esperando fuera de la caseta de vestuarios. Era la segunda vez en dos días que se moría de frío aguardando a que apareciera Ulrich. Todos los espectadores se habían marchado hacía ya varios minutos. Incluso el legendario Julen había abandonado las instalaciones. Dánae lo vio mientras salía de los vestuarios, andando con un paso cansino, fumando cabizbajo una pipa, con sus rubios cabellos mojados por el agua de la ducha. Parecía un gran felino enjaulado. Algo le carcomía por dentro. Mientras lo observaba, oscuros recuerdos aparecieron en su cabeza. La casa que tenían en Ushu en llamas, los cuerpos inertes de sus padres en el dormitorio, una sombra alejándose de allí… No supo por qué le abordaron todas aquellas memorias al observarlo. Se obligó a apartar aquellos pensamientos y continuó divagando sobre Julen. La causa de su frustración no podía ser el partido, pues aquel chico había sido fundamental en la victoria, sin duda. Ella no entendía casi nada de rugby pero había visto la furia en sus ojos, la tensión, la concentración, la ambición máxima. No había, pues, logrado descifrar qué le ocurría. Su querido Ulrich quizás lo supiera. Él también había jugado un gran encuentro pero aquel resbalón final podría haberlos condenado. Pero no debía comentarle aquel lance del juego, sino felicitarlo por la clasificación. Sí, sería lo mejor. Jamás había salido con un chico deportista, pero algo le decía que obviar aquella jugada era lo más adecuado. Sus presentimientos rara vez fallaban.

Diez minutos más tarde, apareció Ulrich, acompañado por una figura encorvada. Era el hombre que se encargaba del mantenimiento del estadio. Ambos reían. Ulrich se despidió del hombre y se dirigió hacia donde ella se encontraba, con sus pasos firmes y decididos. Dánae iba a saludarle, pero Ulrich, sin mediar palabra le dio un largo beso. Así era él: directo, sin rodeos. Olía a desodorante deportivo. Despegaron sus labios:

   Felicidades, cariño. Lo habéis logrado.
  Sí, ahora formas parte de la historia de El Valle, Dánae. Has visto algo que jamás había ocurrido. — Hablaba con una voz clara y emotiva, como si estuviera pronunciando un discurso.
  Oh, me siento muy honrada. Ahora apareceré en los libros de texto como “Dánae, la novia de Ulrich, capitán del equipo que cambió el mundo”— lo dijo con sorna. Le sorprendía mucho toda la locura que existía en el pueblo por el rugby. Ulrich frunció el ceño, entre divertido y molesto. 
  No cambiarás eh, siempre metiéndote con mi amado deporte. Quizás por ese me gustes tanto.
  Quizás a mi me gustes por tu dedicación— era cierto, aquel compromiso que tenía le otorgaba a ella estabilidad que tanto anhelaba.
  Por cierto, tenga una noticia.
  ¿Sí? Cuenta.
  Verás, tras el partido, el alcalde ha entrado en el vestuario y nos ha invitado a una cena de gala esta noche en el antiguo Palacio Real. Había pensado que quizás quisieras acompañarme…— Dánae no se lo podía creer. Una cena de gala. Tan solo llevaban dos meses saliendo y ya debería presentarse en sociedad. No sabía si estaba preparada. Tenía miedo. Llevaba casi dos años encerrada en su pequeña casa y, además, hacía demasiado tiempo que no asistía a un evento tan elegante. Pero no podía dejar tirado a Ulrich. Debía superara aquella barrera psicológica si deseaba que la relación avanzara.
  Me haría mucha ilusión, Ulrich…— se sonrojó un poco. Si la invitaba era porque realmente era importante para él. Era feliz.
  Pues está hecho. ¿Te acompaño a casa?
  No deberías ni preguntarlo.

Diez minutos. Quedaban tan solo diez minutos para que Ulrich pasara a buscarla y ella seguía buscando aquel papel. Estaba arreglada desde hacía algunas horas. Como no tenía ninguna práctica en acicalarse para actos de gala, había tenido que pedir ayuda a su vecina, Christine. Esta le prestó un vestido largo, con mangas, de color verde esmeralda y unos pendientes a juego. También unos bonitos zapatos negros de tacón y una chaqueta blanca. Asimismo, había conseguido recogerle su revoltoso cabello en un elegante moño y la había maquillado de forma que sus oscuras lentillas negras resaltasen aún más.
Christine era la única confidente de Dánae. Tan solo ella conocía su verdadera profesión. Así lo había decidido Dánae cuando llegó al pueblo y la conoció. Cuando se estaba instalando en su nueva casa junto al río Rasen, en el extremo oriental del pueblo, Christine le dio la bienvenida invitándola a un café. Dánae había llegado emocionalmente deshecha y aceptó la oferta sin pensárselo. Se vació en todos los sentidos. Lloró (cosa que odiaba) como jamás lo había hecho. Habló durante horas. Durmió eternamente. Así pues, Christine conocía desde un buen principio la verdadera identidad de su vecina. Sabía que no era una diseñadora de ropa cara para los poderosos del sur. Sabía que sus padres habían sido investigadores de los Años Antiguos. Sabía que no estaban viviendo en el extranjero, sino que habían sido extrañamente asesinados. Sabía que Dánae era perseguida. Sabía que se había escondido en aquella aldea perdida para continuar el trabajo de sus padres. Sabía que en realidad estudiaba manuscritos en slëdish. Y, también sabía que la referencia bibliográfica que había estando buscando durante hora y media y que acaba de encontrar debajo del sofá correspondía a un libro que en principio debía de estar en la Biblioteca Municipal. Iría a buscarlos al inicio de la próxima semana. Sin falta.
Una vez hubo encontrado el dichoso papelito, se dirigió al lavabo y se miró en el espejo. Notó que el vestido estaba un poco arrugado, así que se lo alisó. Algunos mechones le caían por la frente e intentó recolocárselos, aunque era harto complicado. Estaba acostumbrada a llevar el pelo más corto e incluso una zona del cráneo rapada. Pero aquella apariencia era demasiado reconocible, así que desde que había llegado a El Valle, se lo había dejado crecer, por si aparecía algún fisgón del Estado. Aunque tras dos años viviendo allí, pensaba que ya era hora de cortárselo. Decididamente, iba a hacerlo. Se lo comentaría a Christine, que tenía muy buen ojo para todos aquellos asuntos. ¿Cómo reaccionaría Ulrich cuando la viera con aquel peinado? ¿Y todas aquellas autoridades que iba a conocer y, días después, sin duda, la reconocerían por la calle? El Valle era un pueblo muy tradicional, pese a no castigar el estudio de los Años Antiguos, hecho que según los conservadores, era culpa del alcalde Liepsteiemer. En primavera había elecciones. Dánae tenía miedo.
De pronto, alguien golpeó la puerta. Bajó rápidamente las escaleras, nerviosa, asustada ante la noche que debía pasar. Una noche actuando. Con las prisas, casi cayó por las escaleras. Aquello le hizo recordar cómo conoció a Ulrich. Llovía mucho. Dánae iba hacia la pequeña tienda de comestibles cuando Ulrich, mirando el suelo y con capucha para protegerse del agua, apareció doblando la esquina. Chocaron. Ella cayó y su paraguas de segunda mano se rompió por el impacto. Quedó empapada. Ulrich, abochornado, la ayudó a levantarse y le ofreció llevarla en coche hasta la tienda. Dánae, que en aquel momento solo pensaba en no mojarse aceptó, divertida. Al día siguiente de aquel fortuito encuentro, Ulrich fue a su casa cada tarde a las cinco, para compensar su torpeza, para charlar un rato, para conquistarla. Y lo consiguió. ¿Volvería a surgir aquella magia inicial? ¿Caería Ulrich cuando viera la faceta refinada de su amada? Se moría de ganas de saberlo. Con aquellos pensamientos, Dánae abrió la puerta pero al hacerlo se quedó pasmada; en lugar de su amado, en el umbral había un hombre de mediana edad, vestido con un impoluto traje azul y que presentaba una falsa sonrisa en su boca.
  ¿Señorita Dánae?— preguntó. “¿Señorita?” ¿Qué significaba todo aquello? Respondió balbuceando:
  Sí, soy yo.
  Entonces, acompáñeme, por favor, la familia Hoffman la está esperando en el vehículo— tras estas palabras la tomó de la mano y la condujo hacia una enorme limusina negra. Se dejó llevar. Todo aquello la superaba; el chófer, la limusina, el protocolo… Pero lo que más le preocupaba era aquello de “familia Hoffman”. ¿Acaso Ulrich iba a presentarla ya delante de sus familiares? Seguía pensando que era demasiado pronto. Aún no estaba lista, no podía controlar la situación como ella quería. El chófer le abrió una de las puertas del colosal automóvil y Dánae se adentró en lo desconocido. Lo primero que vio fue una especie de habitación con multitud de asientos de piel y una mesa redonda en medio. Luego en un mueble bar y en lo que parecía una lámpara carísima. Por último, como si no quisiera, se fijó en las tres figuras que habían en el interior. Una de ellas, obviamente, era Ulrich, quien la saludó con un escueto beso que no pudo responder a causa de la conmoción. Las otras dos debían ser…
  Estos son mis padres, cariño— dijo muy alegre y señalando a las dos figuras, que no acababa de distinguir demasiado bien, pues sus ojos aún se estaban adaptando a la luz del coche. Dánae no sabía cómo actuar. ¿Debía saludar ella primero? Concluyó que sí.
  Mu-mucho gusto. Es un pla-placer. Soy Dánae, la novia de su hijo—había empezado tartamudeando, lo sabía, pero había intentado recobrarse al final.
  Lo sabemos hija, lo sabemos— repuso una voz muy aguda. Una de las figuras se movió un poco y se le acercó. Era una mujer rubia, de mediana edad, aunque aún conservaba su belleza pasada. Levaba un vestido rojo demasiado escotado para el poco pecho que tenía y un anillo voluminoso en cada uno de los diez dedos de sus manos, así como tres collares de perlas. Parecía una mina de piedras preciosas. — Soy Catlin, la madre de Ulrich, pero puedes llamarme Cat — le tendió una mano, que Dánae se limitó a estrechar. Al parecer, aquella mujer estaba a otro nivel y no podía besarle la mejilla. — Y, Dánae, este es mi marido, Svein— Un hombre entrecano, con un abundante bigote negro y unos ojos verdes idénticos a los de su hijo le tendió una gran mano. Tenía fuerza, vigor. Se le notaba en su mirada, aunque no hablara.
  Por favor, Dánae, siéntate. — Era Ulrich. Estaba muy guapo. Se había recogido la rizada melena en una coleta y, sin duda, había pasado por el barbero, quien le había recortado la barba. Además, aquel smoking negro, con su pajarita era muy elegante. Ella le hizo caso y se sentó.
  Se nota que eres diseñadora, hija, vas guapísima— empezó Catlin. Dánae apenas pudo reprimir una sonrisa.
  Usted también va muy bien vestida, el rojo combina a la perfección con su melena rubia.
  ¿De verdad? Me lo ha recomendado mi hermana Eva, aunque creo que para la temporada que viene deberé renovar mi armario. Me han comentado que el terciopelo se llevará mucho. ¿Es cierto?
  Sí, estoy casi convencida que así será. Pero no se preocupe yo puedo mantenerla informada de todo— se estaba divirtiendo. Siempre se le había dado bien crear historias. Ciertamente, al principio tenía miedo porque no era uno de aquellos juegos de niños, sino una situación en la que estaba en peligro su futuro. No podía vacilar. Pero en aquel instante se sentía pletórica. Tenía la sartén por el mango. ¡Sí!
  Ay, Svein, ¿no es fantástica?
  Por supuesto, cariño.
  Tan soso como siempre, no le hagas caso, hija. Solo piensa en los negocios.
Y así, entre halagos y diálogos superficiales transcurrieron casi veinte minutos. Durante el trayecto, Dánae descubrió que la señora Catlin no trabajaba, pues para ella era algo “muy duro” y, además, el padre de Ulrich ganaba suficiente dinero en la explotación de la minería como para convertir a su familia en una de las más ricas de la zona. Ulrich casi no hablaba, estaba entusiasmado por tenerla a su lado, por poder presentarla en sociedad, por poder decir que era suya.
Finalmente, el vehículo se detuvo. Los cristales estaban tintados y Dánae no sabía dónde se encontraban. El chófer les abrió la puerta. Hacía frío. Se abrochó la chaqueta. Entonces, se ubicó. Estaban en una de las numerosas colinas del oeste de la aldea, pero era incapaz de identificar cuál de ellas. Giró un poco la cabeza y entonces lo vio. Una enorme y monumental construcción. El Palacio Real. Una joya del pasado. Mármol blanco, columnas, esculturas, ventanales, cúpulas…
  ¿Te gusta? — Ulrich la rodeó por la cintura y la besó. De repente, Dánae se emocionó. Pese al miedo que sentía, Ulrich había conseguido calmarla con un simple gesto de afecto. ¿Cómo?
  Me encanta.
  Por cierto, estás guapísima. — Dánae lo volvió abrazar y, juntos, acompañaron a los señores Hoffman al interior del edificio.

La sorpresa de Dánae continuaba. El Palacio era enorme. Había objetos de valor por todos lados. Pinturas. Fuentes. Lámparas. Todo de lujo. Unos mayordomos los condujeron a un gran salón, con centenares de mesas redondas ya preparadas. Había también un escenario al fondo de la sala, donde unos músicos estaban acabando de colocar todos sus instrumentos. Muchas personas ya estaban sentadas. Dánae no conocía a la mayoría pero estaba segura que la gran mayoría eran familiares de los jugadores, poderosos empresarios o políticos chupasangres. Estuvieron de pie, esperando a que llegaran todos los invitados. Dánae no quiso separarse de Ulrich, pues tenía pánico a aquel ambiente. Unas enguantadas camareras les dieron unas copas de un extraño cóctel de hierbas, que solamente bebió por cortesía. Prefería mil veces más una buena jarra de hidromiel. A medida que pasaban los minutos, Ulrich le presentó a varias personalidades del pueblo, así como a la mayoría del equipo. Ella se limitaba a decir “encantada”, “el placer es mío”, “cómo está” o “gracias, usted también está muy guapa”. Pero había un tema que le inquietaba.
    Ulrich, ¿dónde está Julen?
    Oh, Julen… no ha querido venir.
    ¿Por qué? Creí que le encantaban las fiestas.
  Sí, pero no este tipo de eventos. Además, al parecer, era muy amigo de la chica que murió hace unos días. ¿Te acuerdas, no? — Por supuesto que se acordaba. Como no olvidarlo. Había algo raro en todo aquello, lo sabía, lo olía. Los periódicos lo habían anunciado como una noticia menor, pero no era algo muy frecuente que una joven se suicidara en El Valle, según tenía entendido.
  Sí, pobre chico. Debe ser horrible perder a alguien. — De nuevo, el recuerdo de la muerte de sus padres le vino a la memoria. Hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas.
  Sí, supongo. Es normal que no esté de humor. Si no hubiera ocurrido esta tragedia quizás le hubiera obligado a ve… ¡Oh! Por ahí llega nuestro querido alcalde, ahora por fin podrá empezar el banquete. — En efecto, por la puerta del gran salón entraba un alto pero decrépito hombre, acompañado de su también decrépita esposa. Dánae no los había visto jamás, pero si Ulrich decía que era el alcalde Liepsteiemer es que lo era. Ahora entendía por qué todos decían que tenía las horas contadas; aquel personaje no transmitía nada. Para su sorpresa, fue a saludarlos a ellos primero e incluso le dedicó un tímido guiño. A continuación, su señora y él se sentaron en la misma mesa que la familia Hoffman, el entrenador Hooch (que no podía ser otra cosa que soltero) y ellos mismos. De inmediato varios camareros empezaron a traer los platos: ensaladas variadas, entremeses de todo tipo, carnes, pescados… Con todo aquello se podían alimentar muchas familias del sur, pensaba Dánae. Sin embargo, conocía bien el odio que existía entre ambas regiones.
Todo era muy cortés y tradicional. Los hombres hablaban de rugby (aunque el señor Svein solamente decía “por supuesto”), del hecho histórico que habían logrado, de las posibilidades que tenían de llegar a las semifinales estatales… Las mujeres, por el contrario, hablaban de vestidos y joyas. Eran demasiado ricas para quejarse de las tareas domésticas, pues todas tenían sirvientas. Dánae mentía como una cosaca. Pero se lo estaba pasando en grande. Aquellas mujeres eran demasiado bobas para descubrir su realidad. Demasiado falsas. Demasiado superficiales. La cena fue interrumpida tres veces. En la primera ocasión, Dánae estaba masticando un trozo de lechuga cuando el entrenador Hooch se levantó, fue hacia el escenario y pronunció un emotivo discurso sobre la dedicación de sus “luchadores”, que se habían dejado la piel en el campo por un pueblo. Papanatas patrióticas. La segunda vez fue su querido Ulrich quien habló. Dánae se estaba llevando a la boca una porción de solomillo con un claro exceso de pimienta. La decepcionó. Con su habitual tono épico contó cómo, por fin, su sueño de niño se había cumplido. Todo su equipo lo vitoreó al acabar y ella no tuvo más remedio que sacar la mejor de sus sonrisas y darle un beso, como diciéndole que había superado la prueba. Para ella, fue un discurso demasiado personal, quizás intentaba recuperar la notoriedad que durante el partido le había quitado Julen. No lo sabía. La mente de los deportistas era sumamente compleja, casi tanto como las de las mujeres. La tercera interrupción la protagonizó el alcalde. Dánae saboreaba un pastelillo de frambuesa. El viejo Liepsteiemer subió con esfuerzo al escenario. Una vez allí, cogió el micrófono y soltó su programa político. Dijo que el éxito del equipo de rugby era fruto de la gran gestión y apoyo de las entidades locales. Y varias sandeces más. El público le aplaudió poco, pero él, como buen político, no salió cabizbajo (si lo hubiera hecho, ya habría perdido las elecciones). Aún así, Dánae pensó que fue quien lo hizo mejor según los cánones tradicionales que parecían existir allí. No era el papel de un entrenador hablar de patriotismo ni el de un jugador de equipo personalizar el triunfo. Pero sí era el papel de un político hablar de política e intentar engatusar a la gente. Primera lección de Liepsteiemer.
Una vez se acabaron los discursos y todos acabaron de comer, los esclavos (porque Dánae se dio cuenta de que eran eso) retiraron las mesas y sillas para dejar libre la pista de baile. Los músicos empezaron a tocar. Eran sones alegres, populares. Para bailar. Sin darse cuenta, Dánae se había visto en medio de un corrillo formado por las acompañantes de algunos de los jugadores del equipo. Todas bebían cócteles sin parar y no dejaban de hablar de trivialidades. Estaba harta. Se había tomado ya cuatro cócteles para poder soportar la situación, pese a que su sabor no le agradara en absoluto. Deseaba bailar. Abandonó a las chicas y se dirigió hacia el lugar en el que estaba su novio. Hablaba con aquel corpulento chico, Andrey. Como tampoco quería interrumpir la conversación, se fue acercando poco a poco y se quedó un poco apartada. Entonces fue cuando captó el tema de la charla:
    Entonces, Ulrich, ¿tu padre se va a presentar como candidato?
    Así es. De aquí unas semanas lo hará público. Este pueblo necesita un cambio.
    Eso sin duda, capi. ¿Pero en qué sentido lo dices?
  En el más importante. En el estudio de los Años Antiguos y el slëdish. Liepsteiemer ha sido demasiado permisivo. Ha ido contra las leyes del Estado. Pero ahora ya no. Su tiempo ha llegado. Su propia política idealista de reducir la explotación minera le ha hecho perder los apoyos que lo mantenían en el poder. Hay que perseguir a los disidentes, hay que cerrar su nido, La Guarida…
Ya le bastaba. Tenía suficiente. Dánae se alejó rápidamente de allí. Estaba consternada. Para nada se esperaba aquello. Cogió el bolso de piel artificial que le había prestado Christine y entró en los lavabos. Se miró al espejo. Allí estaba ella. Ingenua, de nuevo. Creía que él era el hombre. Jamás habían hablado de aquel tema, era cierto, pero no se imaginaba que pudiera pensar de aquella forma. ¿Qué pasaría cuando el soso y entrecano padre de Ulrich fuera alcalde? ¿La quemarían en la hoguera como se hacía antaño con las brujas? El fanatismo era un arma muy peligrosa. Pero no iba a pensar demasiado. Ya sabía quien era Ulrich. No necesitaba darle más vueltas. La música seguía sonando. No era una mala bailarina. Abrió el bolso. No llevaba nada de perfumes ni maquillajes. Simplemente una botella de hidromiel y unas tijeras. Usó las tijeras para abrir la botella. Se la bebió en dos tragos. Llevaba ya mucho alcohol en las venas, notaba como fluía por todo su cuerpo. A continuación, empezó a cortarse el vestido. Había sido una gran idea llevar aquellas tijeras. Siempre le servían. No le fallaban; no eran hombres. Continuó cortando. A Christine no le haría demasiada gracia que destrozara su vestido, pero seguro que lo entendería. Era una buena chica. Acabó. La prenda acababa ahora cuatro dedos por encima de sus rodillas. Cuando saliera del lavabo y la vieran se escandalizarían. Pero no le importaba. Iban a conocer a la verdadera Dánae. Cerró el bolso y se dirigió hacia la salida. Una última mirada en el espejo hizo que se detuviera. Fallaba algo. Por supuesto, el moño. Sonrió. Se lo fue deshaciendo. Mientras lo hacía reía. A carcajadas. No sabía por qué. Volvió a mirarse en el espejo. Sus castaños cabellos habían vuelto a su revolución natural. Aquello escandalizaría aún más a las eminentes autoridades. Perfecto.