miércoles, 18 de julio de 2012

Capítulo 4


Antro. Llamaban a La Guarida “antro”. Sí, quizás era un poco oscura, pero para Julen no era un antro, sino más bien un hogar. No sabía cuantas horas había pasado en aquel pub pero, sin duda, habían sido muchísimas. Allí ahogaba sus penas y se encontraba con los pocos amigos que tenía. Allí nadie se sorprendía al verlo, pues todas las personas que frecuentaban el local eran raras para los ojos del resto de la sociedad. Allí él no era una excepción. Allí se sentía muy humano. Tras quitarse las orejeras que le protegían del frío de aquella noche, decidió entrar. Nada más cruzar el umbral de la puerta, una curiosa mezcla de olores entre los que pudo distinguir un fuerte aroma a hidromiel y hierba le dio la bienvenida. El sonido del rock le hizo sonreír. Un cálido recibimiento, sin duda.

      Buenas noches, rubiales — Julen sonrió. Sabía perfectamente de dónde procedía aquel piropo. Era Sabrina, la joven propietaria de La Guarida. Julen se giró hacia la barra y le devolvió la mejor de sus sonrisas.
      Hoy estás especialmente guapa, Sab—La chica rompió en sonoras carcajadas y todo su ser pareció retumbar. No resultaba atractiva para la mayoría de los hombres, pues su altura y su robustez no le conferían un aspecto demasiado femenino. Eso sí, Julen encontraba que una de las mayores maravillas del mundo era su rostro, que derrochaba bondad por todas partes. Además, Sab era una buena amiga, que compartía muchos de sus ideales, pero que cuando era necesario pararle los pies, no dudaba en hacerlo (pues Julen reconocía que en muchas ocasiones se irritaba en exceso). Pero por lo que él más la apreciaba era por ser una gran amante. Entre ellos no había ni una gota de amor, ni siquiera de atracción, pero se ayudaban el uno al otro a calmar su apetito sexual. Sab quizás estuviera adivinando sus pensamientos y le dedicó una mirada lasciva que inmediatamente cambió por una seria expresión.
      Decir mentiras no hará que me olvide de todas las jarras de hidromiel que aún me debes, Julen.
      No serán tantas, Sab. De momento llama a ese esclavo que tienes de camarero y ordénale que me lleve una jarra a la mesa de siempre.
    No es mi esclavo, yo le pago.
      Por supuesto, de la misma forma que yo te pago a ti. Un día de estos te cortaré la cabeza y liberaré a ese pobre muchacho. ¡Abajo la servidumbre! — Sab volvió a reír y Julen se despidió de ella con su característico guiño. A continuación, se dirigió hacia el fondo del pub. Fue saludando a algunos compañeros de bebida durante el trayecto, mientras la maravillosa música del lugar le inundaba los oídos, de forma suave, como cuando el curso de un río se desviaba y llenaba por completo algún pequeño socavón. A medida que avanzaba, iba admirando los sorprendentes cuadros, pósters y fotografías que inundaban La Guarida. Podía entrar allí millones de veces, pero jamás se cansaría de sorprenderse ante creaciones tan originales, que expresaban tantas cosas. Finalmente llegó junto a una columna en la que estaba escrito el Valönda, el poema épico que narraba la creación de El Valle. Julen lo había leído y releído, pero jamás alcanzaba a comprender  la totalidad de su significado, pese a que él entendía perfectamente el antiguo dialecto de slëdish en el quehabía sido creado. Era algo que le incitaba a estudiar. Quizás era, de hecho, por lo único que seguía estudiando.

—Eh, Julen! Deja de babear ante ese trozo de piedra, ¿quieres? Lo que deberías hacer es apreciar mi nuevo cuadro.
—No te esfuerces, Julen, es igual de horrible que el de la semana pasada.
— ¿Que sabrá de pintura un músico itinerante como tú?
      Chicos, no empecéis— Julen rió por lo bajo. Dan, el pintor psicodélico. RL, el guitarrista callejero. Chloë, la actriz pacifista. Y, sumida en el silencio, como casi siempre, Gilda, que, curiosamente, era la única de todos ellos que había adquirido un poco de renombre gracias a sus complejos cuentos. Aquella era la única familia que Julen tenía en El Valle. Todos estudiaban en el Centro Superior de Artes y, por momentos, parecían vivir en otro mundo, alejados de los problemas terrestres. Pero faltaba alguien.
    ¿Dónde está Alexander?
      ¡Ah! En aquel rincón de allí—RL le indicó una oscura esquina, alejada de las tenues lámparas del pub. Julen miró hacia allí y a duras penas consiguió distinguir dos figuras.
    ¿Y qué está haciendo, si se puede saber?
      Ligar, como siempre—RL rió, pues siempre que Alexander intentaba conquistar a una chica, esta le daba calabazas. Sin embargo, Julen, se estaba dirigiendo hacia allí, dispuesto a quitarle la presa a su amigo.
      ¡Rubiales! ¡Espera!— Dan se levantó y le obligó a detenerse— No vayas, la chica en cuestión es Samantha.
    ¿Samantha Cuthbert?—Julen no podía creérselo.
      La misma— Dan hizo un gesto negativo con la cabeza y le ofreció una silla a Julen. Este último aceptó el ofrecimiento y se sentó entre él y Gilda.
      ¿Por qué habéis dejado que lo haga?—Julen seguía sin comprender cómo Alexander había tenido el valor de flirtear con Samantha Cuthbert. Era demasiado para su amigo y, para casi cualquier hombre.
      ¡Eh! Nosotros no hemos podido hacer nada. Cuando hemos llegado, tu querido Alexander ya estaba haciendo de las suyas—replicó Chloë— ¿Deberíamos haberlo interrumpido?
      No, ya sabéis que os habría odiado para siempre —Julen suspiró. Estaba realmente preocupado por su amigo— ¿Cuánto tiempo lleva ahí?
      Una hora— fue Gilda quien respondió. No conocían el motivo, pero siempre llevaba el tiempo controlado.
      ¡Una hora! ¿Es ese un nuevo récord, RL?—Julen había pasado de la preocupación a la euforia. Su amigo, sin duda estaba teniendo éxito. Se lo merecía
      Lo es, amigo, lo es. Su mejor marca estaba en… a ver…—RL se sacó una vieja libreta del bolsillo de la chaqueta y consultó unas notas— ¡Aquí lo tengo! El tiempo máximo que había durado hablando con una chica era de quince minutos y dieciséis segundos. Y esto ocurrió la semana pasada. Por cierto, llegas una hora tarde.
      Lo sé, estaba descansado, como siempre. Pero, ¿cómo ha podido Alexander progresar en tan poco tiempo? Dan, ¿estás detrás de este hecho tan sorprendente?—Julen era incapaz de explicarse tal mejoría.
      ¿Por quién me tomas, Julen? Yo no vendo mis armas de seducción así como así. Alexander debería haberme dado su alma para que hubiera aceptado enseñarle cómo ligar — RL no se aguantaba la risa. Incluso se quitó el gorro de lana, acción que rara vez realizaba, para golpearlo contra la mesa. La ira de Dan crecía por momentos.
      ¿Qué te hace tanta gracia, guitarrista rapado?
      La eficacia de tus dotes de seducción. Son tan buenas que hasta Patt cayó en tus redes — Todos rieron, incluso Gilda. Todos sabían quién era Patt y, cómo Dan, durante una fiesta lo besó creyendo que era Christine, la chica con la que había mantenido una relación en el pasado y de la que seguía enamorado.
      Yo… Iba muy borracho y era muy oscuro. Creí…—pero nadie le escuchaba, todos continuaban riendo. Dan decidió hundirse en la silla. Julen sentía pena por él y le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Su amigo intentó devolvérsela, pero era obvio que aquella historia le afectaba profundamente. Era un buen tipo y, ciertamente, muy apuesto. Sus dotes de seducción eran grandes, no tan eficaces como las suyas, pero muy útiles. La historia de Patt, pero, le acompañaría toda la vida. Chloë hizo un esfuerzo para parar de reír y pedirles silencio. Los demás pudieron ver cómo sus labios articulaban las palabras: “Viene Alexander”. Y en efecto, el chico pelirrojo se acercaba a ellos. Pero fue arrollado. El joven esclavo de Sab, Ot, había trastabillado y caído sobre su amigo, volcando sobre su jersey una jarra de hidromiel. De nuevo, la mesa prorrumpió en multitud de risas. Julen se mantuvo al margen. Su amigo estaba bien, seguro. Lo que le preocupaba era la jarra. “Que no sea la mía, por favor, que no sea la mía”. Cruzó todos los dedos posibles. Al mismo tiempo, el quinceañero Ot se disculpaba con Alexander, quien lo tranquilizaba. El pequeño esclavo se dirigió a Julen, con la cabeza gacha y un respeto excesivo:
      Perdone, pero esa era su jarra. Inmediatamente le traigo otra— “Mierda. Lo sabía”. Debía tranquilizarse.
      No te preocupes chico. Es culpa de mi amigo ligón—  le dedicó una sonrisa. Ot pareció calmarse y se fue corriendo hacia la barra. El comentario, sin embargo, pareció no sentarle muy bien a Alexander, que se acercó a la mesa con cara de pocos amigos.
      Y bien, ¿cómo te ha ido esta vez pequeño Casanova?— Julen se estaba divirtiendo. Era cierto que estaba preocupado por su amigo, pero para él las tragedias amorosas jamás habían existido y cuando fingía que le importaban, siempre se las tomaba con ironía.
      ¿Casa-qué? — Julen notó el tono y la cara de desconcierto de Alexander, que acababa de sentarse en una silla que cogió de una mesa contigua. Suspiró. “Siempre olvido que ellos no conocen prácticamente nada de los Años Antiguos”, pensó.
      Giacomo Casanova era un multiempleado humano del siglo XVIII de los Años Antiguos, famoso por sus múltiples conquistas amorosas. Según él mismo, fueron 132— Dan y RL se miraron sorprendidos. Chloë murmuró algo con el ceño fruncido. Gilda… Gilda ni se inmutó. Alexander estaba impaciente por hablar, como siempre.
      Sí, sí, todo eso está muy bien rubiales, pero ahora no nos interesa, pues primero me has preguntado por mi encuentro con Samantha y no has dejado que respondiera—se colocó bien las gafas y realizó un gesto triunfal con la cabeza.
      Adelante, pues.
      Bien, hay que tratarte con mano dura, si no… Hace aproximadamente una hora, veinte minutos y treinta y cuatro segundos —no miró para nada el pequeño reloj de pulsera que llevaba en la muñeca izquierda— entré por esa puerta de ahí—hizo un exagerando gesto con la mano señalando el portalón negro de La Guarida— y cuando me dispuse a venir hacia esta misma mesa en la que nosotros, hermanos de alma, estamos compartiendo este sagrado tiempo. — “¿hermanos de alma? ¿sagrado tiempo? ¿se podía ser más dramático? ¿por qué estudiaba fotografía? ¡lo suyo era el teatro!” Julen apenas pudo reprimir una sonrisa. Aquella faceta de Alexander le encantaba. Esa forma de reírse de uno mismo era simplemente genial, pues obviamente su amigo montaba aquel paripé adrede, aunque la mayoría de los mortales no lo sabían. Prosiguió su fantástica narración. — ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Yo me dirigía tranquilamente hacia aquí cuando, de pronto, he notado que algo muy suave me acariciaba el brazo. Entonces, me he girado y ¡Samantha Cuthbert! ¡Samantha Cuthbert tocándome con sus delicadas manos! No me lo podía creer. Me invitó a sentarme en su mesa, pues quería charlar un rato conmigo. Estaba en un sueño: la chica más altiva, desdeñosa y quizás más atractiva de El Valle había invitado a tomar asiento a un triste veinteañero pelirrojo mucho más conocido por sus desengaños amorosos que por sus magníficas fotografías. ¡Pero han sido las fotografías las que me han dado la gloria hoy!—Y se puso a reír y a reír y a reír. Y par él nada importaba. Y para él, todo era felicidad. Y de repente, se detuvo. Parecía haberse acordado de repente que tenía al público atónito—Sí, sí, me ha dicho que el fin de semana pasado había acabado en la sala de exposiciones de la biblioteca tras una noche loca, hecho que aún considero bastante inexplicable, pero bueno—Julen conocía muy bien todos los detalles de aquella noche, pero consideró que no era el momento para comentarlo. Sonrió pícaramente y continuó escuchando—Al parecer, iba muy borracha y encontró mi exposición simplemente… ¿Cómo ha dicho? Simplemente… ¡Ahh! “Simplemente sensacional”. Al día siguiente, pero, volvió, pues debía comprobar que esa sensación de sensacionalidad no era fruto del alcohol. ¡Y no, no lo era! Realmente le gustaron, resulta que es una gran amante de la fotografía. Hemos estado hablando de planos, técnicas, conferencias… Hemos reído mucho. En realidad es una chica como otra cualquiera en las distancias próximas. — Julen sonrió de nuevo. “No, no es una chica cualquiera”. Después hablaría a solas con Alexander y le contaría cuatro cosas sobre Samantha Cuthbert. Ahora le dejaría disfrutar de su gloria, mientras él también disfrutaba con su pipa. Aquel día había fumado menos de lo habitual, pues se la había dejado en casa y entre clases no había podido utilizarla. Sí, algún que otro cigarrillo había caído, pero no era lo mismo.
      ¿Distancias próximas? ¿De dónde has sacado esa expresión? ¿Eso existe Gilda?—RL siempre intentaba desacreditar a todo el mundo. Alocado, impertinente y en ocasiones muy molesto pero, en el momento de trabajar, era el más formal de todos. Extraña contradicción. ¿Pero no estaba, acaso, la vida llena de contradicciones y sinsentidos?
       Yo jamás la había escuchado. —RL sonrió—Ahora bien, los artistas creamos, ¿no? Si no, ¿qué sería de nosotros? — Gilda parecía divertirse con todo aquello. Sus profundos y oscuros ojos la delataban.
      Sí, pero antes debemos conocer las bases sobre las que se fundamentan las artes.
      ¿Y por qué no derrumbamos las bases?— Dan tenía el hábito de enzarzarse en discusiones continuas con RL.
      Ya tuvo que intervenir el pintor abstracto, cuyos cuadros no los entiende ni un loco.
      ¿Y tus canciones? Lo único que consigues es imitar lo que ya se ha tocado e interpretado miles de veces — Aquel comentario encendió la mecha. Ambos empezaron a soltarse críticas, insultos y acusaciones. Alexander intentó calmarlos pero fue en vano y, muy probablemente, pasó a reflexionar sobre el buen rato que había pasado con Samantha Cuthbert, pues su rostro denotaba una felicidad absoluta. Julen también se aisló. Lo hacía a menudo. No es que la discusión no fuera interesante, no. El problema residía en que aquel tema ya lo habían tratado en multitud de noches y, el resultado era siempre el mismo: Dan y RL se atacaban mutuamente mientras el resto observaba. Así que Julen pasó a disfrutar de su pipa y la jarra de hidromiel que le acababa de traer el servicial Ot. Detectó, sin embargo, la mirada de Chloë clavada en sus ojos. Aquello, ciertamente, llegaba a desconcertarlo por momentos. ¿Qué quería? No era la primera vez que lo hacía. Julen no sabía si la chica sentía atracción, admiración u odio por él. Siempre eludía el tema. Quizás solamente estuviera comparando sus tonos de cabello, para ver quien de los dos lo tenía más rubio. Chloë era una buena amiga, si no fuera así, aquellas miradas le habrían bastado a Julen para lanzarse sobre ella. Abandonó aquellos pensamientos que no conducían a nada, ni real ni imaginario, y se propuso disfrutar de aquel momento de paz y armonía interior. Su aspecto no distaba mucho del de Alexander. ¿Acaso no se podía igualar el placer mental al carnal?

Había transcurrido casi media hora desde que Dan y RL iniciaron la pelea. Alexander seguía atontado.  Chloë y Gilda habían decidido mantenerse al margen de la discusión y dialogaban en murmullos de agua. Julen se había quedado medio dormido contemplándolas. No entendía como Chloë conseguía que la tumba de Gilda se abriera. Solamente ella parecía capaz de tal hazaña. Tampoco sabía el motivo por el cual se quedaba dormido en todas partes. ¿Narcolepsia? Probablemente. De pronto, un silencio cercano lo acabó de despertar. Sus dos amigos habían dejado de discutir. Tenían las caras rojas, las venas del cuello hinchadas y los ojos fuera de sus órbitas. Jadeaban, resoplaban, gemían. Eran dos niños pequeños a los que sus padres les habían permitido pelearse para que así liberaran tensiones y rabietas. RL se secó el sudor de su rapada cabeza con una servilleta. Dan se estirazó varias veces. Estaban agotados. Julen comprobó cómo Chloë y Gilda también observaban a la singular pareja. Alexander se unió a ellos. RL fue quien rompió el pequeño silencio.
      ¿Sabéis? Ya he encontrado un local para instalar la redacción de nuestro diario. — Julen ordenó a su cerebro concentración. Aquel tema le interesaba. Él y sus amigos llevaban varios meses barajando la idea de crear un diario alternativo. Un diario en papel que se opusiera a la falsa democracia del país. Un diario libre, que no estuviera controlado por políticos o empresarios. Un diario sin publicidad, financiado mediante microcréditos y algún que otro mecenas (aquí entrarían en juego los multimillonarios padres de RL). Para Julen, además, sería un lugar en el que poder publicar la verdad sobre los Años Antiguos, aunque sería algo realmente arriesgado. El gobierno central había prohibido desde hacía siglos cualquier investigación sobre aquel pasado. ¿Por qué? ¿Qué se escondía detrás de la casi extinción de la especie humana millones de años atrás? ¿Cómo era el mundo antes? ¿Se asemejaba al de ahora? Lo poco que conocían era gracias a algunos documentos que los escasos supervivientes de los Días Antiguos (y consecuentemente antepasados de todas las personas que poblaban en aquel momento el planeta). El problema residía en que los textos estaban en slëdish un idioma común entonces que, según los expertos, había adquirido diferentes dialectos, como el inglés, el español o el francés. Julen no estaban de acuerdo. En su opinión todos aquellos dialectos eran idiomas diferentes, pues en varias ocasiones presentaban una gramática y unos alfabetos muy distintos. Los estados, pero, se empeñaban en mantener aquella teoría de unidad lingüística. ¿Por qué? Alguna razón de peso debía haber. Cuando vivía en Trachtil, los padres de Julen, ambos universitarios, le enseñaron varios “dialectos” de slëdish. Murieron por hacerlo. La persona que los denunció, pero, también perdió la vida.
      ¿Dónde está el local, RL? — Julen estaba ansioso por saberlo.
      Pues justo detrás de tu amada biblioteca. En la calle Thobias Flint.
      Es un buen lugar. No está demasiado frecuentada, podremos trabajar sin demasiados problemas. Además, al estar cerca de la biblioteca, tendremos la oportunidad de transportar fácilmente libros y documentos, en especial en slëdish
      ¡Julen!—fue Chloë quien intervino— No deseamos que nos cierren el chiringuito nada más empezar, así que cuidado con tu slëdish.
      ¿Qué teméis, Chloë? Aquí, en el norte, el control sobre este tema es ínfimo. Solamente debes girar la cabeza. ¡Tienes el Valondä escrito en slëdish en una columna de un pub! Esto en Trachtil sería completamente inimaginable.
      Lo permiten porque Sab soborna a los inspectores con jarras gratis.
      ¿Y por qué no podemos hacer nosotros lo mismo? ¿Acaso RL no nos ha explicado en multitud de ocasiones que sus padres, sin duda alguna, nos costearían el inicio del proyecto? ¿Por qué no emplear parte de ese dinero para sobornar a las autoridades? Al fin y al cabo, ellos son los que están cometiendo los delitos —lanzó una furtiva mirada a RL. Este se limitó a asentir con la cabeza. Era demasiado complicado discutir con él. Julen sabía que la familia de RL era muy rica, gracias a la explotación de las antiguas minas de carbón. Aún así, su amigo jamás había aceptado ni una moneda de ellos. Todo lo que había logrado se lo debía a su talento y esfuerzo. Julen lo admiraba por ello. Francamente, no sabía que hubiera hecho él si sus padres tuvieran tal fortuna. Probablemente, se habría convertido un ricachón sin escrúpulos. La formación del diario, pero, era un caso diferente. Si prescindían del mecenaje, deberían recurrir a la publicidad, pues aunque todos ellos trabajaban, carecían de los fondos necesarios para iniciar el proyecto. El recurso de la publicidad influiría, sin duda, en sus publicaciones, algo que deseaban evitar a toda costa. De ahí la importancia de los padres de RL que, sabedores de que su hijo jamás les había pedido dinero, habían aceptado ayudarles gustosamente. Ambos eran, además, unos opositores en secreto del gobierno del Estado, así como del terrateniente que ocupaba el cargo de alcalde de El Valle.
      Pienso que Julen tiene razón. No tiene por qué ocurrir nada. Al crear un diario, no tenemos la obligación de notificarlo a las autoridades, ni tampoco indicar el lugar de la imprenta o redacción. Podemos publicar lo que deseemos desde la clandestinidad sin llamar la atención. Si además sobornamos a los inspectores de contenidos, el proyecto podrá resultar exitoso. — Sorprendentemente fue Gilda quien pronunció aquellas palabras. Sonreía. Julen sabía que tras aquella silenciosa máscara se escondía una personalidad inquebrantable. A diferencia de la mayoría de la población de la Cuarta Provincia, no se mostraba nada temerosa ante la ley. Habría encajado perfectamente en el sur. Le devolvió la sonrisa.
      Entonces, ¿cuándo empezamos? — preguntó Dan.
      Antes deberíamos amueblar el local. Seguro que en los periódicos podemos encontrar alguna buena oferta. RL, tú siempre llevas encima El Corresponsal, ¿te importaría que le diera una ojeada? — RL tragó saliva y miró nervioso a sus a sus compañeros. Ellos también tenían una cara de circunstancias. Gilda, obviamente, era la excepción. ¿Qué ocurría?
    Lo siento, hoy no lo he traído, Julen.
      RL, eres músico, no actor. Sé cuando mientes. Anda, pásamelo. No le diré a nadie los números de chicas que has marcado.
    Te repito que no lo he traído.
  ¡Robert Louis! Deja de engañarme. Solamente te estoy pidiendo que me prestes un momento el diario, para beneficio de todos. Lo llevas en esa vieja chaqueta tuya. Antes he visto cómo se asomaba por uno de tus bolsillos interiores. — RL se dio por vencido.
      ¿Por qué eres tan observador? Si es tu deseo, te lo dejaré, pero debes saber que todos nos oponemos a que lo hojees— Julen observó al resto de sus amigos. Todos ellos asintieron con la cabeza. Gilda le tomó la mano.
       Julen, aunque sea sorprendente, hoy, en este periódico reside la verdad. Esta verdad puede ser realmente dolorosa para ti, pues ya sabes que en muchas ocasiones la ignorancia es la felicidad — se levantó y husmeó en los bolsillos de la chaqueta de RL, quien parecía estar en trance. De uno de ellos sacó El Corresponsal y se lo tendió. Alexander iba a protestar, pero acabó callando. Nada detendría a Julen. Este fue pasando páginas, buscando ¿qué? ¿qué buscaba? No lo sabía. Si sus amigos habían intentado ocultárselo debía ser algo grave. Realmente grave. Al fin, descubrió qué era. Estaba en la página de Sucesos:

Una joven es hallada ahorcada en su habitación

REDACCIÓN — El cuerpo ahorcado de una joven fue hallado ayer por los agentes policiales en una casa de la calle Marcel Desmaitre. El cuerpo no presenta signos de violencia, por lo que todo parece indicar un suicidio, pero los agentes insisten en que deben realizar una autopsia antes de afirmar nada. Fue uno de los vecinos quién alertó a la policía, pues la joven llevaba una semana sin salir de casa. Cuando las autoridades penetraron en el domicilio, encontraron a la chica ahorcada con una soga en su propia habitación. La policía halló también varias maletas con ropa dentro, hecho que sugiere que estaba a punto de marchar. La joven, llamada Helena S.T. tenía veintiún años y vivía sola. No se le conocen familiares en El Valle.

Julen dejó el periódico sobre la mesa. No se lo podía creer. Helena, muerta. Ahora comprendía perfectamente por qué sus amigos habían tratar de evitar a toda costa que leyera aquella información. Helena era una de las personas que Julen más amaba. Había sido la primera que conoció al llegar a El Valle. Ella tampoco era nativa del municipio, ni siquiera del Estado. Helena procedía de una nación vecina y había llegado a El Valle para heredar las posesiones de su abuelo, quien se había instalado allí años atrás para trabajar en las minas de carbón. En su país, Helena vivía con sus tíos, pues sus padres habían muerto en una manifestación cuando ella apenas tenía dos años. Aquella era la causa de su viaje a El Valle: empezar de nuevo, crear su propia vida. Y lo hizo. Heredó la casa de su fallecido abuelo, cultivó las tierras que poseía e instaló su propia parada de productos en el mercado municipal. Allí fue dónde Julen la conoció, cuando el primer día de su estancia en el pueblo decidió comprar algo para calmar su apetito. Helena, al ver su desastrosa apariencia (pues durante el último trayecto de su viaje Julen había tenido que caminar durante más de una semana por el bosque, debido a que el desfiladero de Vlustka estaba cerrado por las aludes, hecho que impedía la circulación de vehículos), no le cobró aquello que compró. Entonces, iniciaron una gran amistad. Julen la visitaba a diario en el mercado. Charlaban. El chico conocía el idioma nativo de Helena, el gallio, que pese a parecerse mucho al suyo (en aquella época los gobiernos instauraban idiomas prácticamente iguales en todos los países) tenía una entonación diferente, y, a menudo, hablaban en aquella lengua, para que oídos extraños no captaran el significado de sus conversaciones. Además, resultó que Helena era una estudiosa del slëdish y de los Años Antiguos, como él. Hablaban a menudo del pasado. Divagaban sobre cómo debía ser el mundo antes. Comían, bebían, reían y hacían el amor. ¿Pareja? No. Ninguno de los ambos entendía plenamente el concepto de compromiso o de amor. Simplemente, disfrutaban de la compañía de otra persona que compartía las mismas inquietudes y, de paso, satisfacían sus instintos más básicos.

Una semana atrás. Aquel había sido el punto de inflexión. Helena le había explicado que debía volver durante un tiempo a su país para resolver algunos asuntos relacionados con sus documentos de identidad. Había prometido que volvería, aunque desconocía cuándo. Julen, al saberlo, se entristeció. Sus amigos le dijeron que el único inconveniente que suponía para él la marcha de Helena era que se quedaría sin una de sus amantes preferidas. En el fondo sabían bien lo que significaba aquella chica para su amigo. Por su parte, Julen decidió despedirse de ella a lo grande. El día antes de su salida del país, le preparó una buena cena (decían que cocinaba bien) y abrió varias botellas de buen vino. Pero lo que más recordaba no era la comida o la bebida, ni siquiera las risas y bailes. Aquello parecía estar un poco borroso. Sin embargo, veía claramente a Helena quitándose sensualmente sus gafas con un gesto altamente pícaro. Observaba cómo iba despojándose progresivamente de la ropa y dejando desnudo su frágil pero esbelto cuerpo: ahora el jersey de lana, luego los tejanos, posteriormente los culotes… Notaba su suave piel en la yema de los dedos. Una piel bronceada por las duras horas de trabajo al sol. Una piel con cicatrices que poco a poco iban sanando al son de la música vital. Sus lenguas eran dos llamaradas que provenían de fuegos distintos, sí, pero que durante unos instantes se unían en uno solo, haciendo aumentar la temperatura de sus cuerpos; creando un gélido silencio a su alrededor. El acto no era para nada brutal a diferencia de cuando se producía con otras chicas, pues no era solamente algo carnal, sino que aspiraba a ser mucho más profundo. A través de los cuerpos pretendían conocer las proyecciones de las almas del otro, conocerlas, adentrarse en ellas y finalmente, comprender enteramente el alma. ¿El objetivo? Aislarse en una burbuja mística que les hiciera olvidar todo lo pasado y los abstrajera del futuro, obligando a sus mentes a concentrarse en el tiempo presente. Era una sensación extraña, cómo estar dormido, pero sin estarlo. Se despertaba, Helena aún permanecía tumbada en el suelo, plácidamente flotando en el mundo de los sueños. Apenas sus nalgas estaban tapadas por una fina sábana. Su boca esbozaba una dulce sonrisa. Debía irse ya. Tenía partido y, por otra parte, no sería nada bueno perpetuar aquella situación. Se vistió rápidamente, sin dejar de clavar sus ojos en aquel cuerpo, en aquel rostro ahora plácido y antes en trance. Se acercó a ella y le besó la mejilla derecha. Helena giró la cara instintivamente, abrió ínfimamente los ojos y posó sus labios sobre los de Julen, para tras unos eternos instantes, despegarlos suavemente, pronunciado un “Au revoir” que, en lugar de una despedida, se asemejaba más a un cálido y lascivo recibimiento. Julen salió trastabillando de la habitación, aún embriagado por la sensación aquella última unión. Y ahora, esa alma que ambos habían creado estaba sufriendo, pues una parte de ella había perdido su corporeidad, que no su existencia. ¿Cómo había ocurrido? Las autoridades pensaban que se había suicidado. Julen estaba seguro que no. Hacía tiempo que Helena había sanado sus heridas y, si estuviese metida en algún problema, él sería una de las primeras personas en saberlo. La habían asesinado. No existían indicios de violencia, pero no importaba, aquella era la verdad y tarde o temprano se descubriría. Se levantó repentinamente de la silla. Sus amigos lo miraban, expectantes. Entonces se dirigió a la barra.
—  Sab, necesito cantar la canción que ya conoces. En la que trabajamos tanto tiempo. RL estará a la guitarra, el resto pueden ser los miembros de la banda del pub— Sab quizás no conocía el motivo de todo aquello, pero el tono neutro de la voz de Julen le hizo comprender al instante que era algo importante para él. Así que se limitó a asentir con la cabeza y a dar señas a los miembros del grupo de música que tocaba en el pub para que subieran al escenario. Entonces sacó dos micrófonos de la barra, tomó por el brazo a Julen y ambos se dirigieron al pequeño escenario que se situaba al fondo del local. Allí estaban ya los músicos, entre los que se encontraba un guitarrista, un bajista, y un vocalista que, probablemente, no tendría trabajo aquella noche. RL se estaba incorporando incorporaba también, pues ya había sacado su guitarra eléctrica del estuche y repartía entre el resto de músicos unas partituras que Sab se había apresurado a darle. Esta última conectó su micrófono y tomó la palabra:
      Estimados clientes — el volumen de las conversaciones menguó. Acabaron convirtiéndose en  susurros— Tengo el placer de comunicarles que en unos instantes, nuestro querido Julen interpretará para todos nosotros la canción llamada Helena, del antiguo grupo MCR. No sabemos prácticamente nada sobre sus integrantes, pero la canción fue encontrada en los archivos secretos de la biblioteca municipal y Julen y una servidora nos encargamos de traducirla. Pese a ello, la cantará en su idioma original, un dialecto del slëdish llamado inglés, para no perder expresividad—aquellas últimas palabras provocaron los aplausos de todo el pub. Todas las personas que frecuentaban a La Guarida eran altamente contrarias al régimen actual y una de sus peticiones más frecuentes era la regulación del estudio de los Años Antiguos. Sab aprovechó el griterío para desearle suerte a Julen, bajó del escenario y volvió a situarse tras la barra. Allí estaba pues. Delante de de una treintena de personas. Dispuesto a homenajear a Helena de la mejor forma posible: con su canción. Él no la cantó, sino su alma, que lamentaba la pérdida de la que había sido su compañera:

Long ago 
Just like the hearse you die to get in again 
We are so far from you 

Burning on just like a match you strike to incinerate 
The lives of everyone you know 
And what's the worst you take (worst you take)
from every heart you break (heart you break)
And like the blade you stain (blade you stain)
Well I've been holding on tonight

What's the worst that I can say?
Things are better if I stay 
So long and goodnight 
So long and goodnight 

Came a time 
When every star fall brought you to tears again 
We are the very hurt you sold 
And what's the worst you take (worst you take)
from every heart you break (heart you break)
And like the blade you stain (blade you stain)
Well I've been holding on tonight 

What's the worst that I can say? 
Things are better if I stay 
So long and goodnight 
So long and goodnight 
And if you carry on this way 
Things are better if I stay 
So long and goodnight 
So long and goodnight 

Can you hear me? 
Are you near me? 
Can we pretend to leave and then
We'll meet again
When both our cars collide?

What's the worst that I can say? 
Things are better if I stay 
So long and goodnight 
So long and goodnight 
And if you carry on this way 
Things are better if I stay 
So long and goodnight 
So long and goodnight

El público estalló en sonoros aplausos cuando acabó. Al final resultaría que no cantaba tan mal como creía. Dejó el micrófono en el suelo, saltó del escenario y recorrió las hileras de mesas en dirección a la puerta. No mostró ni un sentimiento durante aquellos breves instantes. Sabían hermetizarse bien cuando la ocasión lo requería. Se giró y miró a sus amigos. Hizo un gesto negativo con la cabeza. No deseaba que se preocuparan por él. No necesitaba consuelo. Solamente tiempo y reflexión. Ellos lo entenderían, estaba seguro. Salió al exterior. Nevaba. Comenzó a caminar. Le encantaba cómo la nieve crujía bajos sus pies. Aquel sonido siempre le había reconfortado. No tenía rumbo fijo, simplemente, se puso a deambular por el pueblo. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Helena…

                              

lunes, 2 de julio de 2012

Capítulo 3



¿Cómo podía hacer tanto frío? El paisaje era completamente blanco. Nieve y hielo hacían acto de presencia en todas partes. El invierno aún no había empezado oficialmente pero a Dánae le parecía que llevaba toda la vida instalado en El Valle. Si no tanto tiempo, al menos durante los dos años que ella llevaba viviendo allí. Prácticamente no había conocido la localidad sin nieve, viento o frío, a excepción de dos meses de “verano”. El resto, siempre igual. Era probable que su cuerpo también exagerara la sensación térmica, pues dudaba que hubiera conseguido acostumbrarse a aquel clima de alta montaña, tras residir desde su infancia en una localidad próxima a Trachtil, en la que apenas conocían los abrigos. Ahora ella llevaba cuatro capas de ropa encima y, pese a ello, tiritaba de mala manera.

Tras la taza de chocolate caliente se encontraba mucho mejor. El espeso líquido le había recorrido todo el cuerpo, devolviéndole la sensibilidad a ciertas extremidades del cuerpo que tenía totalmente insensibles. Asimismo, el cacao le había aguzado los sentidos y ahora se notaba con mayor energía para continuar su camino. No tenía rumbo fijo, pues debía acudir una cita pero había calculado mal la distancia que separaba el lugar del encuentro de su residencia y se había presentado allí una hora antes. Era un desastre. No quiso volver a entrar a casa porque sabía que si lo hacía, después no sería capaz de salir. Se acostaría junto al fuego y dormiría durante días enteros. Era la única forma realmente efectiva para combatir aquel frío infernal. Hibernar, esa era la clave, como los osos. Pero no, debía empezar una relación ahora, justamente en invierno. I claro, los primeros momentos siempre eran complicados. Requerían paciencia y citas varias, pero no en casa, pues la presencia temprana de familiares podía dificultar seriamente la relación. Así que había quedado con Ulrich a las cinco, en la pequeña y desierta plaza enfrente de la biblioteca municipal, pero aún faltaban veinte minutos y no tenía el valor de sentarse, ya que temía quedarse petrificada si lo hacía. Una duda le recorría la cabeza: ¿por qué Ulrich había escogida aquel lugar para que se vieran? Había confiado ciegamente en su conocimiento del pueblo, esperando que como buen nativo de El Valle, escogiera un lugar con un buen fuego, tranquilo y apacible, en el que pudieran charlar sin ser molestados. Pero no, aquella diminuta plaza había sido su elección. Hombres… Tan raros como siempre. ¡Ahhh! Estaba desesperada. El efecto del chocolate ya se le estaba pasando y el frío le había embotado el cerebro, impidiéndole pensar con su fluidez habitual. Al no tener una necesidad primaria cubierta (el establecimiento de una temperatura corporal apropiada), su mente no le dejaba divagar sobre otras cosas. Odiaba aquello. Odiaba no poder controlar algo tan suyo como los pensamientos. Por fortuna, aún conservaba el control sobre su boca, de lo contrario, sus palabras se habrían asemejado a la de cualquier descerebrada. Era cierto, pues: la Naturaleza iguala a todos los seres.

Finalmente, divisó una sombra que se le acercaba. ¿Era Ulrich? Esperaba que sí, aunque no era capaz de distinguir la silueta, pues se había dejado las lentes de contacto en casa, debido a las prisas por no llegar tarde. Era la primera vez que le pasaba aquello: salir demasiado pronto de casa, olvidarse de algo tan imprescindible como sus lentillas… ¿No sería que estaba nerviosa e insegura? No, esa idea no podía ser cierta. Sí, era la primera relación en la que se había propuesto un objetivo. Sí, era la primera vez que un chico le discutía hasta cierto punto la victoria psicológica (pese a que cada día que pasaba ella se sentía más vencedora). Sí, era la primera vez que una misma persona se le había aparecido más de dos veces en sueños. Pero no, ella era la seguridad en persona. Si perdía aquella cualidad, se perdería a sí misma. Mientras pensaba en todo aquello, la figura se fue haciendo cada vez más visible, hasta tomar la forma de Ulrich. No había duda posible: era él. De estatura mediana, delgado pero musculoso y con un paso firme y decido, reflejo de una personalidad inquebrantable, o al menos eso creía ella. Los rizados cabellos negros le caían por la espalda y sus penetrantes ojos verdes parecían estar observando sus más profundos pensamientos. Un escalofrío recorrió todos los huesos de Dánae. Desde lejos llegaba a asustar. Su aspecto se asemejaba bastante al de un brujo de la Antigüedad y más aún si se dejaba barba, como era entonces el caso. Pese a ello, una vez lo tenías delante, te dabas cuenta de que era bastante atractivo. Pero lo que más caracterizaba a Ulrich era la hipnosis. Tenía algo que atraía a las mujeres. Dánae se había fijado en que cuando iban por la calle, a menudo, las chicas se lo quedaban mirando con actitud lasciva. En aquellos momentos, apenas podía reprimir una sonrisa de satisfacción y una mirada altiva. De momento, ella se estaba llevando el gato al agua.

Ulrich le rodeó la cintura con los brazos y la besó. Ella apenas pudo reaccionar, pues tenía los labios entumecidos.
— ¿Ocurre algo, Dánae?
    Nada en especial, solamente que estoy helada.
    Me lo temía, debí pensarlo antes, pero es que no estoy acostumbrado a entrar en bares o cafeterías.
    ¿Ni siquiera en invierno?
    Ni en invierno.
    Hombretón.
    Quizás lo sea. Apenas noto el frío, piensa que llevo veintidós años viviendo aquí—Al decir esto, Dáne se fijó en que solamente llevaba un jersey de lana, unos guantes, unos tejanos y unas altas botas marrones. Nada de abrigos. Era increíble.
    Pues yo solamente dos, así que caballero, ruego que entremos en algún lugar en el que puedas observar mis verdaderos encantos femeninos.
    ¿Estás intentando seducirme?—dijo esto con una voz claramente juguetona que provocó una risita en Dánae Aquello no se le daba demasiado bien a Ulrich, él era más directo, las sutilezas no iban con su personalidad.
    Cariño, eso hace semanas que lo he conseguido—lo tomó de un brazo y lo arrastró calle arriba en dirección a La Emperatriz, el lugar donde se había tomado antes la taza de chocolate.
    Así que hoy controlas tú la situación. El nombre de la cafetería ya lo dice todo.
    Por supuesto, no voy a dejar que vuelvas a decidir nunca más el lugar de encuentro. A partir de hoy, en esta relación mando yo—Ulrich iba a protestar, pero lo calló con un buen beso. En realidad, los hombres eran muy débiles. Sucumbían ante cualquier ñoñería sensual.

Por fin consiguió entrar completamente en calor. Un buen té y unos pastelitos de chocolate, junto con una buena posición frente al fuego habían obrado el milagro. Con todos aquellos estimulantes probablemente no pegaría ojo en toda la noche pero no le importaba. Lo más importante era estar al nivel en aquellos momentos. No pretendía aparentar nada, ni mostrarse educada, cortés o recatada. Más bien lo contrario: quería llevar al límite su personalidad. Quería estar lo suficientemente avispada para poder encandilar e hipnotizar cada vez más a Ulrich. Quería que cayera bajo su embrujo de diversión, ironía y erotismo. Quería hacerle perder la cabeza. Y, para conseguirlo, necesitaba que todas sus capacidades estuvieran al máximo nivel. ¿Cruel? Probablemente. Ulrich, ajeno a todas estas intenciones, le preguntó si al día siguiente iría a ver el partido de rugby.
— Claro que iré, ¿cómo me iba a perder “el partido más importante de la historia del club”?
      No te rías. Es cierto. Por primera vez en la historia podemos clasificarnos para el campeonato nacional. Sé que puede parecer algo insignificante pero para alguien como yo, cuya familia creó prácticamente el pueblo, es un hito memorable—entonó todas aquellas palabras con gran emoción. Era muy sentimental. Cuando era necesario mantenía las formas perfectamente pero cuando se encontraba en confianza, sufría una transformación que le permitía expresar todas sus preocupaciones más profundas sin ningún tipo de reservas. Era algo que Dánae admiraba muchísimo. Personas como Ulrich, sin máscara alguna, eran poco corrientes. Dedicándole una cálida y sincera sonrisa lo tranquilizó:
      Estoy segura que mañana realizaréis un gran partido. Y tú, como siempre, serás fundamental.
      No es eso lo que me preocupa. Mañana jugamos contra el Club de Rugby del Colegio Superior La Hondonada, situado como sabrás, en la localidad vecina a la nuestra. Pues bien, este equipo ya tiene asegurado su puesto en la fase nacional y no se juegan nada pero, sin embargo, han sido nuestros mayores rivales durante las últimas décadas y se esforzarán al máximo para acabar con nuestro sueño.
      Solamente deberéis esforzaros más entonces— ya no sabía qué decir para calamar a Ulrich. Era un chico que siempre se mostraba muy seguro de sí mismo pero en aquella ocasión, algo le torturaba la cabeza. — ¿Qué es lo que verdaderamente te inquieta, Ulrich?
      Es Julen. — Julen. Dánae no lo conocía personalmente pero, sin duda, era muy conocido en El Valle, tanto por sus excentricidades escolares, como por su alto nivel de juego. Ulrich a menudo le hablaba de él. Le contaba que era un holgazán y un irresponsable, que se lo tomaba todo a broma y que no tenía espíritu de equipo. Todo lo contrario a él, vaya. Ulrich era muy formal y serio y, al ser el capitán, debía transmitir esa disciplina a todos los jugadores. En las relaciones también parecía ser así: siempre se comportaba muy cortésmente con Dánae, jamás había llegado tarde a una cita y no se veía con otras chicas a escondidas. Era lo que ella necesitaba: un poco de estabilidad después de tantos años de altibajos. Ahora bien, ¿sentía amor por él? ¿realmente estaba enamorada o solamente salían porque él completaba su personalidad? No lo sabía. Con el tiempo, debería descubrirlo. Ulrich continuó hablando y la sacó de su ensimismamiento — He intentado convencerlo para que hoy no saliera de fiesta y se tomara el partido en serio, pero no ha habido manera. Es el jugador más desequilibrante que tenemos. Su juego a la mano es muy raro por el norte y, por eso, sorprende y desestabiliza a los rivales. Si él mañana no está bien, tendremos muy pocas opciones de ganar, pues el rival es realmente fuerte.
      Tengo un presentimiento.
      ¿Cuál?
      Que Julen mañana no solamente estará a su máximo nivel, sino que será decisivo para la victoria.
      Ojalá tengas razón.
      La tengo, he echado las cartas. Nunca fallan.
      Bruja.
      ¿Te has visto la cara?
      Serás...—de nuevo, Dánae lo calló con un largo beso. Le encantaba maniatar a los hombres. Quizás sí tenía algo de bruja.