Seguía nevando.
Llevaba haciéndolo durante toda la mañana y gran parte de la noche anterior y
no parecía que fuera a parar. A través de la ventana se veía un cielo
completamente gris y repleto de nubes. La temperatura exterior debía rondar los
diez grados negativos. Pero no le importaba, estaba más que acostumbrado. Aquel
era el clima propio de El Valle en invierno y sus habitantes habían convivido
con él durante siglos. En una depresión formada por el paso del río Rasen y
flanqueada por los monstruosos picos de Dagmar y Argus, sus antepasados habían
erigido hacía centenares de años aquel enclave como refugio ante las grandes
batallas que asolaban el país en la antigüedad. Sus habitantes estaban prácticamente
aislados del resto de la civilización. Una única carretera salía de la
población y la comunicaba con las ciudades de la llanura de Keon, pasando, eso
sí, por el estrecho y peligroso desfiladero de Vlustka. Ni trenes, ni
autobuses, ni taxis… si querías llegar a El Valle, más te valía disponer de
coche propio. Pese a todo esto, a Ulrich le encantaba aquel lugar. Allí tenía
todo lo que podía desear: renombre, poder, familia, amigos y, desde hacía unos
días, la persona que más amaba en aquellos momentos.
El ruido de una
puerta al cerrarse lo sacó de su ensimismamiento. Alguien había entrado o
salido de clase. Bostezó para acabar de desperezarse y guió su mirada hacia el
lugar de donde procedía el sonido. Lo hizo justo a tiempo para ver como Julen
entraba en el aula, con su habitual aire despreocupado, alejado de los
problemas terrenales. Pasaba ya media hora desde el inicio de la lección, pero
Ulrich sabía que con Julen los profesores habían empezado a hacer la vista
gorda. Era demasiado para ellos. Se había dado cuenta. Día a día veía cómo se
iban desgastando ante el discurso de su compañero. Era incansable, siempre
deseaba más. Quería imponer sus ideas a toda costa y hacer ver al resto del
mundo que estaban equivocados, que la vida no funcionaba cómo creían. A Ulrich
todo aquello le cansaba ya, hasta el punto de que apenas hacía esfuerzos para
replicar a Julen. Ambos habían protagonizado tensos debates durante el pasado
curso, pues era bien conocida la capacidad de persuasión que ostentaban. Sus
ideas eran bien opuestas; mientras Julen apostaba por un idealismo platónico
con tintes primitivistas, Ulrich era mucho más aristotélico y pragmático. Sin
embargo, Ulrich se iba dando cuenta de que los argumentos de su oponente
empezaban a convencerlo a él mismo y lenta y silenciosamente fue retirándose
del juego, otorgándole la victoria. Mientras Ulrich, divagaba, Julen estaba subido
en una mesa, defendiendo, una vez más, la obligación que tenían los profesores
de ser examinados sobre sus conocimientos. Ulrich era consciente que solamente
decía aquello para alborotar el centro, pues la filosofía de Julen no toleraba
siquiera la existencia de los profesores. Multitud de voces lo aclamaron.
Parecían robots programados por el propio estudiante, pues Ulrich había contemplado
esa misma escena en infinitas ocasiones y siempre se comportaban de la misma
forma. Pero él sabía mejor que nadie que la explicación no era tan sencilla.
Julen había llegado a El Valle hacía apenas dos años, solo, sin familia.
Procedía de Trachtil, la capital del Estado, que estaba unos 3.000 kilómetros
al sur y de la que según contaba la leyenda (la vida de Julen era casi un
mito), había escapado de la policía haciendo autostop. Ulrich nunca se había
planteado preguntarle aquello a Julen, pese que este jugaba con él a rugby. De
hecho, se había convertido en una pieza clave del equipo, no solo por ser un
excelente 8, sino porque era tal su fama que cuando jugaban como locales el
estadio se llenaba de seguidores que solo acudían a verlo a él. ¿Cómo había
conseguido ser tan popular en El Valle? La respuesta requeriría una tesis
doctoral.
Cuando se
instaló en el pueblo, Julen no conocía a nadie. El primer día del curso llegó
tarde, se disculpó con el profesor de Historia y pasó a sentarse al fondo del
aula. Contrariamente a la actitud que demostraba ahora, durante las primeras
semanas apenas hablaba o intervenía en clase. Los rumores empezaron a circular
por el centro. Los alumnos comentaban que quizás era autista o que no hablaba
bien el idioma. Asimismo, su aspecto físico también era un tema de conversación
habitual. Era un joven musculoso y alto, con aspecto de atleta. Su cara, sin
embargo, rompía la idea de tipo duro que creaba su cuerpo, ya que presentaba
facciones demasiado infantiles para su edad. Los ojos, grises como los
recuerdos del pasado, estaban coronados por unas largas pestañas que le
otorgaban un cierto toque femenino a su mirada. Una cicatriz que le atravesaba
en diagonal la mejilla derecha y una perilla rubia insistían en masculinizarle
el rostro. Parecía como si los rasgos de su cara lucharan entre ellos para dar
una visión que lo definiera. Pero no lo conseguían. El cabello, rubio opaco,
siempre estaba alborotado, hecho que contribuía a acrecentar esa sensación de
batalla sin fin que transmitía su apariencia. Su vestimenta se componía de
camisetas lisas o con extrañas letras en slëdish
(idioma antiquísimo que muy pocos sabios conocían), altas botas, tejanos
desgatados y una ajada chaqueta roja de piel, que llevaba en cualquier época
del año. Pero la prenda que más lo caracterizaba era un buff negro, que solamente se quitaba para jugar a rugby. Ulrich
siempre había pensado que debía ser una especie de talismán, pues para el frío
de El Valle, era mucho más práctica una buena bufanda de lana (aunque Ulrich
apenas se abrigaba). Todos estos elementos, unidos a su pasotismo al andar, al
hecho que fumaba en pipa y a sus continuas campanas, crearon un mito a su
alrededor.
El paso del
tiempo, si embargo, desmitificó a Julen y lo convirtió en un personaje de carne
y hueso, con ideas y actitudes muy radicales para el pequeño pueblo. Empezó
primero a dar su opinión en clase sobre temas sin demasiada importancia.
Posteriormente, debatió durante meses con Ulrich. Finalmente, cuestionó y
venció a los profesores. En el mismo centro, debido a sus intervenciones, los
pocos anarquistas que había fueron organizándose a su alrededor, reproduciendo
su discurso por allí donde iban. Pero Julen ni se inmutaba. No tenía amigos
allí. Ni colegas. No hablaba con nadie prácticamente, a parte de discutir con
los policías-profesores o dirigirle de vez en cuando unas breves palabras al
propio Ulrich. En las horas de descanso, se sentaba debajo de un viejo pino
negro que había en una esquina del patio y se ponía a fumar su roñosa pipa. A
pesar de que estaba terminantemente prohibido fumar en el centro, nadie le
decía nada. ¿Por qué? Simplemente, porque era Julen. No solamente era conocido
en el centro, sino que también en toda la población. Prueba de ello eran sus
amigos. Ulrich los conocía a todos, pues de pequeños habían ido al mismo
colegio. Todos ellos pertenecían al Centro Superior de Artes y tenían una
absoluta despreocupación por la situación actual del mundo. Lo único que les
importaba era hablar de sueños sin sentido, creaciones mentales y formas de
elaboración de alcohol casero. Vamos, todo aquello que Julen amaba, sacado del
contexto estudiantil.
La campana que
anunciaba el final de la clase sonó. Era la última hora y Ulrich sabía que si no
se daba prisa, Julen ya habría marchado de clase. Necesitaba comentarle algo de
suma importancia. Su compañero podía estarse horas discutiendo con un profesor
o con otro alumno pero el metálico y escandaloso grito de la campana era
sagrada y, comportaba, siempre, el fin de la clase. De hecho, Julen ya se
encaminaba hacia la puerta mientras se liaba un cigarrillo (hecho extraño por
otra parte, pues jamás se despegaba de su pipa) y Ulrich tuvo que correr para
alcanzarlo.
— ¡Julen! ¡Julen! Espera un momento, por favor.
—
Vaya capitán, has hecho una carrera de diez metros y ya
estás jadeando. Solicitaré una votación para elegir un nuevo líder del equipo—.
¿Socarronería? ¿Ironía? ¿Realidad? Con Julen nunca se sabía.
—
¡Inútil! Acabo de chocar con Lobont…
—
Eso lo explica todo, entonces. Es un tipo enorme, sin
duda. ¿No piensas que sería un buen fichaje para el equipo?
—
¿Ese tocho? ¡Bah! Seguro que no puede ni agacharse para
coger el oval.
—
Bueno capi,
¿sólo has corrido para criticar al bueno de Lobont a sus espaldas?
—
¡Mierda! Siempre me haces perder el hilo—Ulrich estaba
totalmente exasperado. Ese fantoche… Intentó tranquilizarse, algo que,
francamente, no se le daba demasiado bien cuando tenía a Julen enfrente—Mañana
tenemos el partido más importante de la historia del centro, ¿lo sabes, no?
—
Por supuesto, llevo todo el día pensando en ello—le
guiñó exageradamente un ojo a su interlocutor y sacó a relucir su sonrisita.
¡Ah! ¡Era tan infantil!
—
Hablo en serio. Si ganamos nos clasificaríamos para el
campeonato estatal y sería la primera vez en los cien años que lleva
funcionando el club de rugby que se conseguiría tal hazaña.
—
Eso solamente demuestra que he tenido que llegar yo
para que la cosa funcione.
—
No me hagas reír, Julen. Nadie duda de tus grandes condiciones
para el rugby, pero has faltado a más de la mitad de entrenamientos y partidos.
—
Por eso mismo, capi.
Los chicos iban muy enrabiados en los partidos por mi comportamiento, hecho que
los ha llevado a jugar mejor y ganar más encuentros. La ira y las bajas
pasiones son las que mueven a menudo el deporte, ya lo sabes. A la que un
jugador piensa un poco, ya es una estrella. Pero basta de palabrería, tengo
prisa, ya lo sabes. Te recomiendo que dispares tu comentario, pues si esto
fuera una película de esas de pistoleros, tus sesos ya estarían desparramados
por el suelo y serían alimento de los buitres.
—
Tú siempre igual—soltó un suspiro. Era de impotencia y
resignación—Quería decirte que, por favor, mañana llegues al partido sobrio,
entero y descansado. Es decir, intenta no salir de fiesta y volver a las tantas
de la madrugada.
—
Por favor, sé controlarme. Pero te aviso ya: salir, lo
que se dice salir, saldré, pues es viernes. Eso sí, no tengo pensado montar
ninguna fiesta de solsticio ni nada parecido, solo me tomaré unas jarras de
hidromiel con los colegas. Supongo que eso no afectará a mi capacidad de placar
y correr, ¿no, capi?
—
Supongo que no, número
8. Eso era todo, nos vemos mañana—Ulrich extendió su puño hacia Julen y
este, a su vez, extendió el suyo y se lo chocó.
—
No te preocupes. Mañana ganaremos, capi. Tengo ganas de enfrentarme a mis paisanos de Trachtil en la
fase estatal—Volvió a guiñarle un ojo y se marchó a paso ligero, pero, como
siempre, cansado. Ahora que lo pensaba, él también tenía prisa. Asuntos más
importantes que el idealista de Julen lo requerían.