miércoles, 27 de junio de 2012

Capítulo 2


Seguía nevando. Llevaba haciéndolo durante toda la mañana y gran parte de la noche anterior y no parecía que fuera a parar. A través de la ventana se veía un cielo completamente gris y repleto de nubes. La temperatura exterior debía rondar los diez grados negativos. Pero no le importaba, estaba más que acostumbrado. Aquel era el clima propio de El Valle en invierno y sus habitantes habían convivido con él durante siglos. En una depresión formada por el paso del río Rasen y flanqueada por los monstruosos picos de Dagmar y Argus, sus antepasados habían erigido hacía centenares de años aquel enclave como refugio ante las grandes batallas que asolaban el país en la antigüedad. Sus habitantes estaban prácticamente aislados del resto de la civilización. Una única carretera salía de la población y la comunicaba con las ciudades de la llanura de Keon, pasando, eso sí, por el estrecho y peligroso desfiladero de Vlustka. Ni trenes, ni autobuses, ni taxis… si querías llegar a El Valle, más te valía disponer de coche propio. Pese a todo esto, a Ulrich le encantaba aquel lugar. Allí tenía todo lo que podía desear: renombre, poder, familia, amigos y, desde hacía unos días, la persona que más amaba en aquellos momentos.

El ruido de una puerta al cerrarse lo sacó de su ensimismamiento. Alguien había entrado o salido de clase. Bostezó para acabar de desperezarse y guió su mirada hacia el lugar de donde procedía el sonido. Lo hizo justo a tiempo para ver como Julen entraba en el aula, con su habitual aire despreocupado, alejado de los problemas terrenales. Pasaba ya media hora desde el inicio de la lección, pero Ulrich sabía que con Julen los profesores habían empezado a hacer la vista gorda. Era demasiado para ellos. Se había dado cuenta. Día a día veía cómo se iban desgastando ante el discurso de su compañero. Era incansable, siempre deseaba más. Quería imponer sus ideas a toda costa y hacer ver al resto del mundo que estaban equivocados, que la vida no funcionaba cómo creían. A Ulrich todo aquello le cansaba ya, hasta el punto de que apenas hacía esfuerzos para replicar a Julen. Ambos habían protagonizado tensos debates durante el pasado curso, pues era bien conocida la capacidad de persuasión que ostentaban. Sus ideas eran bien opuestas; mientras Julen apostaba por un idealismo platónico con tintes primitivistas, Ulrich era mucho más aristotélico y pragmático. Sin embargo, Ulrich se iba dando cuenta de que los argumentos de su oponente empezaban a convencerlo a él mismo y lenta y silenciosamente fue retirándose del juego, otorgándole la victoria. Mientras Ulrich, divagaba, Julen estaba subido en una mesa, defendiendo, una vez más, la obligación que tenían los profesores de ser examinados sobre sus conocimientos. Ulrich era consciente que solamente decía aquello para alborotar el centro, pues la filosofía de Julen no toleraba siquiera la existencia de los profesores. Multitud de voces lo aclamaron. Parecían robots programados por el propio estudiante, pues Ulrich había contemplado esa misma escena en infinitas ocasiones y siempre se comportaban de la misma forma. Pero él sabía mejor que nadie que la explicación no era tan sencilla. Julen había llegado a El Valle hacía apenas dos años, solo, sin familia. Procedía de Trachtil, la capital del Estado, que estaba unos 3.000 kilómetros al sur y de la que según contaba la leyenda (la vida de Julen era casi un mito), había escapado de la policía haciendo autostop. Ulrich nunca se había planteado preguntarle aquello a Julen, pese que este jugaba con él a rugby. De hecho, se había convertido en una pieza clave del equipo, no solo por ser un excelente 8, sino porque era tal su fama que cuando jugaban como locales el estadio se llenaba de seguidores que solo acudían a verlo a él. ¿Cómo había conseguido ser tan popular en El Valle? La respuesta requeriría una tesis doctoral.
Cuando se instaló en el pueblo, Julen no conocía a nadie. El primer día del curso llegó tarde, se disculpó con el profesor de Historia y pasó a sentarse al fondo del aula. Contrariamente a la actitud que demostraba ahora, durante las primeras semanas apenas hablaba o intervenía en clase. Los rumores empezaron a circular por el centro. Los alumnos comentaban que quizás era autista o que no hablaba bien el idioma. Asimismo, su aspecto físico también era un tema de conversación habitual. Era un joven musculoso y alto, con aspecto de atleta. Su cara, sin embargo, rompía la idea de tipo duro que creaba su cuerpo, ya que presentaba facciones demasiado infantiles para su edad. Los ojos, grises como los recuerdos del pasado, estaban coronados por unas largas pestañas que le otorgaban un cierto toque femenino a su mirada. Una cicatriz que le atravesaba en diagonal la mejilla derecha y una perilla rubia insistían en masculinizarle el rostro. Parecía como si los rasgos de su cara lucharan entre ellos para dar una visión que lo definiera. Pero no lo conseguían. El cabello, rubio opaco, siempre estaba alborotado, hecho que contribuía a acrecentar esa sensación de batalla sin fin que transmitía su apariencia. Su vestimenta se componía de camisetas lisas o con extrañas letras en slëdish (idioma antiquísimo que muy pocos sabios conocían), altas botas, tejanos desgatados y una ajada chaqueta roja de piel, que llevaba en cualquier época del año. Pero la prenda que más lo caracterizaba era un buff negro, que solamente se quitaba para jugar a rugby. Ulrich siempre había pensado que debía ser una especie de talismán, pues para el frío de El Valle, era mucho más práctica una buena bufanda de lana (aunque Ulrich apenas se abrigaba). Todos estos elementos, unidos a su pasotismo al andar, al hecho que fumaba en pipa y a sus continuas campanas, crearon un mito a su alrededor.

El paso del tiempo, si embargo, desmitificó a Julen y lo convirtió en un personaje de carne y hueso, con ideas y actitudes muy radicales para el pequeño pueblo. Empezó primero a dar su opinión en clase sobre temas sin demasiada importancia. Posteriormente, debatió durante meses con Ulrich. Finalmente, cuestionó y venció a los profesores. En el mismo centro, debido a sus intervenciones, los pocos anarquistas que había fueron organizándose a su alrededor, reproduciendo su discurso por allí donde iban. Pero Julen ni se inmutaba. No tenía amigos allí. Ni colegas. No hablaba con nadie prácticamente, a parte de discutir con los policías-profesores o dirigirle de vez en cuando unas breves palabras al propio Ulrich. En las horas de descanso, se sentaba debajo de un viejo pino negro que había en una esquina del patio y se ponía a fumar su roñosa pipa. A pesar de que estaba terminantemente prohibido fumar en el centro, nadie le decía nada. ¿Por qué? Simplemente, porque era Julen. No solamente era conocido en el centro, sino que también en toda la población. Prueba de ello eran sus amigos. Ulrich los conocía a todos, pues de pequeños habían ido al mismo colegio. Todos ellos pertenecían al Centro Superior de Artes y tenían una absoluta despreocupación por la situación actual del mundo. Lo único que les importaba era hablar de sueños sin sentido, creaciones mentales y formas de elaboración de alcohol casero. Vamos, todo aquello que Julen amaba, sacado del contexto estudiantil.  

La campana que anunciaba el final de la clase sonó. Era la última hora y Ulrich sabía que si no se daba prisa, Julen ya habría marchado de clase. Necesitaba comentarle algo de suma importancia. Su compañero podía estarse horas discutiendo con un profesor o con otro alumno pero el metálico y escandaloso grito de la campana era sagrada y, comportaba, siempre, el fin de la clase. De hecho, Julen ya se encaminaba hacia la puerta mientras se liaba un cigarrillo (hecho extraño por otra parte, pues jamás se despegaba de su pipa) y Ulrich tuvo que correr para alcanzarlo.

— ¡Julen! ¡Julen! Espera un momento, por favor.
      Vaya capitán, has hecho una carrera de diez metros y ya estás jadeando. Solicitaré una votación para elegir un nuevo líder del equipo—. ¿Socarronería? ¿Ironía? ¿Realidad? Con Julen nunca se sabía.
    ¡Inútil! Acabo de chocar con Lobont…
      Eso lo explica todo, entonces. Es un tipo enorme, sin duda. ¿No piensas que sería un buen fichaje para el equipo?
    ¿Ese tocho? ¡Bah! Seguro que no puede ni agacharse para coger el oval.
    Bueno capi, ¿sólo has corrido para criticar al bueno de Lobont a sus espaldas?
      ¡Mierda! Siempre me haces perder el hilo—Ulrich estaba totalmente exasperado. Ese fantoche… Intentó tranquilizarse, algo que, francamente, no se le daba demasiado bien cuando tenía a Julen enfrente—Mañana tenemos el partido más importante de la historia del centro, ¿lo sabes, no?
      Por supuesto, llevo todo el día pensando en ello—le guiñó exageradamente un ojo a su interlocutor y sacó a relucir su sonrisita. ¡Ah! ¡Era tan infantil!
      Hablo en serio. Si ganamos nos clasificaríamos para el campeonato estatal y sería la primera vez en los cien años que lleva funcionando el club de rugby que se conseguiría tal hazaña.
    Eso solamente demuestra que he tenido que llegar yo para que la cosa funcione.
      No me hagas reír, Julen. Nadie duda de tus grandes condiciones para el rugby, pero has faltado a más de la mitad de entrenamientos y partidos.
      Por eso mismo, capi. Los chicos iban muy enrabiados en los partidos por mi comportamiento, hecho que los ha llevado a jugar mejor y ganar más encuentros. La ira y las bajas pasiones son las que mueven a menudo el deporte, ya lo sabes. A la que un jugador piensa un poco, ya es una estrella. Pero basta de palabrería, tengo prisa, ya lo sabes. Te recomiendo que dispares tu comentario, pues si esto fuera una película de esas de pistoleros, tus sesos ya estarían desparramados por el suelo y serían alimento de los buitres.
      Tú siempre igual—soltó un suspiro. Era de impotencia y resignación—Quería decirte que, por favor, mañana llegues al partido sobrio, entero y descansado. Es decir, intenta no salir de fiesta y volver a las tantas de la madrugada.
      Por favor, sé controlarme. Pero te aviso ya: salir, lo que se dice salir, saldré, pues es viernes. Eso sí, no tengo pensado montar ninguna fiesta de solsticio ni nada parecido, solo me tomaré unas jarras de hidromiel con los colegas. Supongo que eso no afectará a mi capacidad de placar y correr, ¿no, capi?
      Supongo que no, número 8. Eso era todo, nos vemos mañana—Ulrich extendió su puño hacia Julen y este, a su vez, extendió el suyo y se lo chocó.
      No te preocupes. Mañana ganaremos, capi. Tengo ganas de enfrentarme a mis paisanos de Trachtil en la fase estatal—Volvió a guiñarle un ojo y se marchó a paso ligero, pero, como siempre, cansado. Ahora que lo pensaba, él también tenía prisa. Asuntos más importantes que el idealista de Julen lo requerían.








miércoles, 20 de junio de 2012

Capítulo 1


— ¿Nombre?
— ¿Es imprescindible para que te adentres en lo más profundo de mi mente?
      No, simplemente es para tenerte registrado.
      Pues para eso, me ahorro el gasto de saliva. — Con un gesto parsimonioso sacó el ajado documento de identificación personal que llevaba siempre doblado en el bolsillo de los tejanos y se lo arrojó al examinador. El hombre, cuya cara ya evidenciaba que no era muy avispado, movió frenéticamente ambas manos, en un intento desesperado por atrapar al vuelo el documento. No tuvo éxito y el papel cayó al suelo, justo al lado de una de las patas de la silla sobre la cual estaba sentado. Soltó un bufido y, con lo que parecía un excesivo esfuerzo, se agachó y lo recogió. A continuación, se puso a examinarlo con gran concentración. Era como si intentara descifrar el texto, encontrarle un nuevo sentido, descubrir aquello que hubiera escapado de las observaciones de cualquier otra persona. A Julen le pareció que la escena tenía un punto de humor absurdo. A duras penas podía contener la risa. Sin embrago, fingió mostrar su cara más aterradora cuando el examinador pasaba la mirada de su rostro al documento y del documento a su rostro. Según pudo observar, el pobre hombre estaba cada vez más nervioso y parecía temeroso ante él. Julen sabía que era conocido, pero no que su leyenda se hubiera engrosado tanto como para asustar con la mirada. Tras varios intentos, el examinador, consiguió, al fin, articular las palabras:
      Perdona, pero resulta que la fotografía que aparece en tu documento no se corresponde con tu cara—. Aquello era lo último que esperaba que dijera el examinador. Pensaba que iba a preguntarle si eran ciertos los rumores que corrían sobre él o que le pediría que le contara los elementos más destacados de su pasado. Pero que le indicara aquella obviedad era exasperante. Había creído que cualquier ser humano, incluso ese hombre, por torpe y estúpido que fuera, no hubiera necesitado más de dos segundos para darse cuenta de que su documento de identificación era totalmente falso. En él, aparecía el dibujo de un centauro, muy detallado, por cierto, acompañado del nombre de “Fergonis Hijo de la Luna” y que indicaba que “La Estrella Más Lejana” era su país de origen.
      No puedes ir por ahí con una identificación falsa, ¿lo sabes, no?
      No es falsa. Realmente me siento un centauro. Lo importante no es lo que aparento, sino lo que soy realmente en mi interior. Es más, todas las noches me convierto en uno de estos magníficos seres y salgo a robar princesas a los castillos de los reyes. Es una actividad altamente emocionante. Liberas un montón de adrenalina. Te recomiendo que lo pruebes.
      Pero yo no me puedo convertir en centauro—. De nuevo, la respuesta del examinador sorprendió a Julen. ¿Le estaba siguiendo la corriente o era realmente un bobalicón? Consideró que lo más conveniente sería tirar un poco más del hilo.
      Lo que te hace falta es un poco de esto para poder conseguirlo—.Y, de pronto, rebuscó en los bolsillos de la chaqueta hasta que dio con una bolsita de plástico transparente que contenía un polvo blanco—.Todo tuyo—dijo extendiéndole la bolsa hacia el examinador. Este último la cogió con las manos temblorosas. Los ojos se le salían de las cuencas y empezó a sonreír de forma extraña. Estaba excitadísimo. Se levantó dando muestras, una vez más, de su poca coordinación y acabó tirando la silla al suelo, tras trastabillar con ella. Dirigió a Julen un casi imperceptible “gracias” y atravesó la puerta del despacho lanzando sonoras risotadas. ¿Qué había querido decir todo aquello? Aquel pobre hombre no era un psicólogo. Ni muchísimo menos. Sacó su pipa de madera del bolsillito interior de la chaqueta y se la dejó unos instantes en la boca. ¿Qué pretendía el director? Cuando estaba a punto de encenderla, una sombra apareció en la puerta.
      Vaya, justamente estaba pensando en ti y en tu amigo que me acaba de visitar. Parece ser que mis pensamientos se han proyectado en la realidad.
      Qué curioso, yo también estaba pensando en ti. Sabía que la actuación del que tú llamas mi amigo te haría reflexionar y, como buen intelectual que eres, necesitarías tu pipa para hacerlo. Aún así, debo advertirte que  si la enciendes la alarma anti-humo se disparará y una lluvia de frías gotas de agua nos rociará por completo.
      A mí me gusta la lluvia.
      Pues a mí no, este es mi despacho y en él siempre brilla el sol —. Al decir estas palabras, señaló la única bombilla que colgaba del techo. Apenas iluminaba nada. Ambos rieron. No era una gran ocurrencia, pero mejor aquello que nada. El director se mostraba hermético con la mayoría de alumnos, pero Julen era diferente. El hombre era consciente de aquello y pretendía ser afable e ingenioso. Lo conseguía a ratos. Su cara mostraba unas facciones duras que, combinadas con la terrible mirada de unos ojos completamente corrientes, asustaban a cualquier estudiante que no tuviera demasiada entereza. De esos, había muchos. Amon Feith (así se llamaba) era de estatura media, ancho de espaldas y… de vientre también. Tenía una buena vida: casa grande, sueldo fijo, esposa y dos hijos. Julen se había colado las veces suficientes en su despacho para conocer todos esos detalles, así como estudiado las numerosas formas de robarle el todoterreno sin que lo descubriera. Eso último aún no lo había logrado. Tampoco tenía demasiadas ansias por hacerlo, pues para moverse por El Valle bastaba con una bicicleta. Simplemente quería fastidiar a aquel pequeño general. Finalmente, el director recogió la silla que había en el suelo y se sentó, acción que relajó a Julen. Los pasos que había estado dando Feith  por toda la sala le irritaban.
      Bien, ¿qué te ha parecido este último examinador?
      Bah, no me tomes el pelo. ¿Qué pretendías?
      Eres lo suficientemente inteligente para saberlo—. Se sacó una caja de cigarrillos de la manga de la camisa y con gran parsimonia extrajo uno y se lo puso en la boca. Lo encendió con un mechero y dio una larga calada. El humo ascendió hasta llegar al techo de la estancia. No pasó nada. Feith guiñó un ojo a Julen, gesto que acompañó de una sonrisa pícara. Entonces lo comprendió. Quería que se sintiera incómodo. Se dijo a sí mismo que aquel vejestorio no iba a intimidarle e intentó impresionarlo, aunque a aquellas alturas no era tarea fácil:
      Has traído a ese pobre hombre para que reflexione sobre mi capacidad mental. Quieres que me de cuenta de que no todos los seres humanos tienen mi fortuna. Soy consciente de ello. Te podrías haber ahorrado todo ese numerito, sinceramente. Si lo que deseas es que colabore con esos a los que llamas psicólogos vas muy equivocado. No tengo ningún problema, lo que pasa es que no están a mi altura. Quizás deberías examinarme tú mismo— sonrió maliciosamente al director. Sin embargo, este no mostró ningún tipo de emoción. Estaba impertérrito. Era un acantilado golpeado por Poseidón, un pino azotado por los Anemoi, una armadura soportando la estocada de Ares…
      No me hagas reír, muchacho. Te faltan años para alcanzarme. Estamos intentando ayudarte: es obvio que hay algo que no funciona bien en tu interior. Todos tus profesores coinciden en ello. Bueno, casi todos. Hay uno que está igual o peor que tú y se ríe de cada una de las propuestas del claustro. Ya sabes quien es—. Dijo todo aquello como si estuviera en clase, dando el temario. Julen frunció el ceño. Iba a ser  más complicada de lo que creía razonar con aquel hombre.
        ¿Sabes lo que pienso? Que los profesores no soportan encontrarse con alguien que les plante cara. Son los pastores de un manso rebaño y están acostumbrados a que todo funcione a la perfección. En ocasiones, se encuentran con una oveja descarriada pero esta no supone un gran problema y, tras un tiempo, vuelve al rebaño o, si no, la expulsan de él. Pero mi caso es diferente. No soy una oveja; soy un perro. Pero no hago caso a mi amo, sino que me rebelo contra él y le demuestro que no me puede dominar, pues soy más fuerte—. Julen usó un tono serio y emotivo, similar al que realizaban los grandes líderes de las películas épicas que tanto admiraba. Claramente, a Feith no le pareció un discurso tan brillante y estalló en sonoras carcajadas. Las paredes retumbaron con aquel sonido sobrehumano. ¿De dónde sacaba tanta fuerza el director?
      Bonito discurso, acompañado, además, de una gran dosis de chulería. ¿Has pensado en convertirte en un líder político? Creo que tienes un gran futuro por delante.
      En realidad sí. Es algo que me gustaría ser, para acabar con esta sociedad en la que vivimos y…
      No me sueltes aquí tu rollo anarcoprimitivista, Julen—manifestó cierto enojo en la interrupción. Dio una nueva calada al cigarro, que se consumía lentamente— Solamente quiero saber si continuarás en esta dinámica de cuestionar todas las acciones de tus superiores.
      ¡Por supuesto! Sois vosotros los que debéis entrar en razón—. Cada vez estaba más excitado. Odiaba que lo interrumpieran mientras exponía sus ideas.
      Estaremos en contacto entonces, pequeño profeta. Ahora debo marcharme. Tengo una reunión para decidir si en el menú de los profesores debe entrar el café o no. Pinta muy interesante — Se levantó de la silla y apagó el cigarro en una de sus patas. Empezó a caminar en dirección a la puerta pero, de pronto, se giró— Oye, ¿la bolsita que le has dado a mi amigo no contenía ninguna substancia psicotrópica, no?
      ¿Por quién me tomas? No soy un Rey Mago para ir dando regalos por ahí. Era harina, siempre llevo una bolsa para sobornar a la policía. Cuando se dan cuenta del engaño, yo ya me he escapado—contestó, mostrando una sonrisa demasiado infantil para su edad. Era un gesto que le encantaba realizar, pues enfurecía casi siempre a su interlocutor. Como era de esperar, pero, no tuvo el efecto deseado sobre el director.
      No esperaba menos de alguien como tú—soltó Feith entre risas y se perdió por el largo pasillo. Julen decidió que aquel momento merecía ser celebrado, así que sacó de nuevo la pipa que el director que le había propuesto que guardara y la encendió con una cerilla que encontró tirada en el suelo. Estiró las piernas intentando buscar una posición cómoda y dio tres largas caladas. Notó como los efectos de la hierba se extendían por todo su cuerpo. Maldito viejo, seguía tan dominante como siempre. Pero nada importaba entonces. La vida era bella.