jueves, 14 de diciembre de 2017

Uockeando: Manson y Timeline JS

Otra de las tareas que he debido realizar para la asignatura 'Herramientas y recursos digitales' es una línea del tiempo mediante la herramienta Timeline JS. El personaje protagonista del recurso es Charles Manson, un peculiar asesino de finales de los años 60 que falleció el pasado mes de noviembre.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Uockeando: Infogr.am y el paro

Como Wordpress es un poco reacio a embeber contenido de forma gratuita, finalmente vuelvo a escribir en este blog para poder compartir el contenido de los trabajos que realizo para la UOC.

En esta ocasión toca un gráfico realizado con Infogr.am sobre el paro en España. Cabe señalar que las cifras y las declaraciones son ficticias.


viernes, 19 de abril de 2013

La biblioteca mental



¿Sabéis cuál es la tarea que me resulta más complicada de realizar? Ordenar mi biblioteca. No es que sea enorme (aunque está creciendo considerablemente), ni tampoco se encuentra al final del laberinto de Creta. El problema es que no sé nunca cómo ordenar los libros. Para mí, son mucho más que simples textos, cada uno de ellos es un pequeño universo o bien una inmensa idea, según se mire. Su agrupación, por tanto, se asemeja a la mente humana, en la que conviven pequeños mundos interiores y pensamientos diversos. De ahí surge probablemente su dificultad. La mente humana es un caos. Las bibliotecas, consecuentemente, están destinadas a serlo.

Por mucho énfasis que pongamos en ordenar y organizar nuestros mundos, siempre nos costará encontrar aquello que buscamos, pues somos capaces de conservar  una cantidad vastísima de pensamientos. Tenemos la opción, eso sí, de clasificarlos para que su consulta sea más factible. Podemos ordenarlos por autores. Suele ser un método muy común y útil; todos tenemos una serie de recuerdos e ideas asociados a diferentes personajes de nuestras vidas. Dependiendo de si tenemos más o menos guardiofeeling[1]con esa persona, nuestra biblioteca contará con más o menos volúmenes suyos. Lógicamente, si son varios los pensamientos que atesoramos de ese individuo, los colocaremos seguidos, creando una saga de ideas[2]. Si tenemos más de una idea suelta, cada una de ellas atribuida a un autor distinto, lo mejor es organizarlas por editoriales, es decir, por aquellas personas que nos sirven de lazo de unión con un autor antes desconocido. El papel de las editoriales humanas[3] es más complejo de lo que parece; poseen la capacidad de interpretar y darnos una visión (en ocasiones la única que llegaremos a conocer) de ese autor. De ellas depende en gran medida la composición de nuestra colección. También podemos jerarquizar nuestras imágenes mentales por temas, pero es algo que rechazo. Como ya he comentado anteriormente, cada idea contiene en su interior lazos de unión con otras, por lo que intentar ordenarlas por su materia predominante sería una utopía y, solamente conseguiría caotizar[4] más nuestra biblioteca. Un último apunte en este sentido: para aquellos seres más superficiales y aferrados al materialismo de la sociedad consumista que únicamente buscan el reconocimiento social o la fama, estas dificultades son inimaginables. Ordenan los libros por colores, quedándose únicamente con la parte visible que sus autores muestran y emitiendo juicios de valor a partir de este enorme conocimiento. Afortunados ellos.

Toda esta metódica ordenación se trunca cuando aparece un nuevo libro, con sus ideas en el interior, esperando ser conocidas. ¿Dónde lo colocamos? Junto con los libros que tengamos de este mismo autor, claro está. El problema reside en que para colocar este nuevo texto, hay que quitar otro de la estantería mental[5], pues esta se nos está quedando pequeña. Podríamos ampliarla, pero eso supondría hacer una reordenación total de nuestros pensamientos, hecho que no debe realizarse muy a menudo, pues supone largos períodos de ermitañemismo[6]. Otra solución es quitar alguno de los libros que se encuentran en la estantería. Esta acción, no obstante, también acarrea problemáticas consecuencias ya que si movemos el texto, estamos modificando también la unión que tenía con las demás ideas que lo flanqueaban. Para solucionar esto, deberíamos trasladar también los razonamientos con los que la idea se encuentre emparentada. Y aquí llega punto más conflictivo de todos (sí, sí, lo tenía guardado, una técnica de la retórica clásica). Conservadurismo o vanguardismo. Mantener la estructura anterior de la biblioteca y colocar la nueva idea en cualquier lugar, o bien modificar la arcaica composición. Depende de nosotros. Recordemos, eso sí, que los pensamientos son eternos y que, se coloquen donde se coloquen, estén en el estado que estén, siempre existirán y podrán ser consultados hasta el fin de los tiempos.




[1] Término sinónimo de ‘feeling’, es decir ‘entendimiento entre dos personas’. La expresión se remonta al momento en el que Josep Guardiola, entrenador del F.C Barcelona, abrió las puertas de salida del Camp Nou a Samuel Eto’o, alegando razones de  falta de ‘feeling’.
[2] Expresión utilizada para hacer referencia a una serie de ideas que puedan a llegar a ser muy diversas pero que mantienen un denominador común: el autor.
[3] Expresión que alude a aquellas personas que nos presentan a otras que no conocíamos. Nos dan normalmente la visión que ellos tienen del desconocido, condicionando nuestra futura relación con él.
[4] Verbo procedente del sustantivo ‘caos’. Hace referencia a la acción de destruir, desordenar, explosionar, masacrar… En este contexto, claro está, alude a la acción de ‘desorganizar’
[5] Lugar de la mente en el que se conservan, de forma más o menos jerarquizada, nuestras idea, pensamientos y recuerdos.
[6] Doctrina propia del ermitaño.  Tiene como objetivo el cultivo del alma mediante el aislamiento natural, la meditación y la eliminación de los placeres y deseos terrenales. 

sábado, 2 de febrero de 2013

Paréntesis: "El viajero"


El viajero andaba con lastimoso paso por el estrecho sendero. El sonido de sus botas sobre la nieve le hubiera provocado una sonrisa de placer en cualquier otro instante, pero no en aquellos momentos. Apenas si podía mover sus músculos, debido al cansancio y al frío. Iba a morir muy pronto, lo sabía. Había sido una locura emprender aquel viaje al Gran Norte, sin apenas provisiones. Ahora se encontraba perdido, en un camino forestal, sin rastro alguno de civilización. Llevaba más de cuatro días sin comer nada y más de dos sin ingerir ningún líquido. Tenía los labios ensangrentados, la cara quemada y varias heridas en las extremidades. Sus prendas de ropa se habían ido desgastando con el paso de los días y a duras penas abrigaban.

Ya no podía más. Se dejó caer de rodillas sobre la fría nieve. Lloró. Temía a la muerte. No era ningún héroe, ni siquiera se consideraba una persona decente, no. Era un egoísta que había marchado al Gran Norte a buscar riquezas, abandonando a multitud de personas. Podría haberse suicidado allí mismo, pero estaba demasiado exhausto como para hacerlo. La Naturaleza lo mataría. Miró la nieve, pura, como el alma de los infantes, tan diferente de la suya, que debía de ser ya negra, de un tono similar al del cielo que cubría el mundo durante las noches. Algo llamó su atención. Unas diminutas gotas carmesíes moteaban la pureza del terreno. Era sangre. ¿Estaba llorando sangre? No, aquello tan solo sucedía en los poemas. Se palpó los ojos y observó sus dedos. No había indicios de sangre. Entonces recordó algo; horas antes se había dado un cabezazo contra una roca mientras escalaba una serie de pequeños riscos. Era pues la frente la que sangraba por un profundo corte. No había distinguido antes el dolor, pues este se había mezclado con los demás. Dejó caer el cuerpo sobre la nieve. Era el fin. Escuchó unos aullidos cercanos. ¿Lobos? Alzó la vista. Efectivamente, cuatro lobos grises se acercaban sigilosamente hacia él. ¿Esperarían a que muriera o lo matarían ellos mismos? No conocía sus costumbres; él no era de allí, ni siquiera tenía sentido alguno que muriera en aquel lugar. Pero era lo que iba a suceder. Así pues, el hombre cerró los ojos, esperando el ataque de aquellas bestias o bien que el último aliento de vida abandonara su cuerpo. Pero nada de eso sucedió. Un gran destello de luz rojiza apareció delante de él y, pese a tener los ojos cerrados, llegó a su mente. Sin embargo, no fue capaz de distinguir quién o qué lo causaba. Los lobos gimieron, altamente asustados y huyeron. Entonces notó como algo de tacto suave le acariciaba la cara. Era la mano de una mujer. Parecían haber pasado siglos desde que su propia mujer había hecho lo mismo al despedirse de él. Se dejó tocar. Aquello no estaba nada acorde con la situación que vivía, así que se decidió disfrutarlo. Si era un sueño no importaba, sería una gran forma de morir.

Cuando el viajero despertó, se encontró tumbado en una mullida cama. Todo a su alrededor era de un blanco refulgente, que dañaba sus ojos. Sin duda alguna, estaba en el cielo. Alguien le había cambiado sus prendas por una especie de túnica pálida, hecha con un material muy suave. Intentó levantarse, pues quería investigar el lugar, pero algo se lo impidió. No sabía lo que era, pero una fuerza mayor lo retenía en el lecho. Decidió que lo más sensato sería esperar allí recostado. Cerró lentamente los ojos y volvió a caer en un apacible sueño. Soñó que la fina mano del bosque volvía a acariciarlo y le mesaba la barba y los largos y enredados cabellos castaños. Soñó con una sonrisa amplia, que irradiaba calor por ella misma. Soñó con un fuego eterno que le abrasaba la piel. Sobresaltado, dio un bote en el lecho y despertó. Entonces la vio. La mujer de las finas manos y de la gran sonrisa estaba allí, frente a él, con aquella alegría eterna. Largos eran los cabellos que le caían por la espalda. Su esbelto cuerpo desprendía llamas anaranjadas, hecho que disimulaba su absoluta desnudez. El hombre apreció que no tenía ojos, tan solo unas huecas cavidades negras, algo que no se adecuaba a su belleza. “Ni siquiera ella es prefecta”, pensó. La Dama de Fuego (pues así deseó llamarla) se le acercó aún más, sin jamás dejar de sonreír y le besó la mejilla derecha. Fue una sensación seca, pero agradable, debido al calor que desprendían sus labios. Entonces, lo tomó de la mano. El viajero comprobó de nuevo la suavidad de su piel, así como el hecho que no el contacto con ella no suponía ningún tipo de riesgo. Se dejó guiar, pero tenía muchas preguntas en la mente: ¿Dónde estaba? ¿Quién era ella? ¿Por qué lo había salvado? ¿Seguía vivo? “No tan aprisa, joven caminante. Habrá tiempo para respuestas, pero antes deberás escuchar lo que debo explicarte”, la voz resonó en su mente, como si de un trueno se tratara. La Dama no había movido los labios pero estaba seguro que aquel sonido procedía de ella. Solamente un ser de su naturaleza sería capaz de leer la mente. Así pues, no había necesidad de hablar, tan solo de pensar. “Efectivamente, mi amado viajero. Pero no soy una Dama de Fuego, tan solo un espíritu que mora en estos lugares y que cuida a todos aquellos que se han perdido. Sígueme y te lo mostraré”. La Dama apretó el paso y lo llevó a través de la inmensa blancura. Mientras avanzaban, iba divisando diversas luces esparcidas por el lugar. Se dirigieron hacia una de ellas. Cuando estuvieron a unos metros, el viajero afinó la vista. Lo que vio lo dejó sin palabras; otro espíritu de fuego femenino alimentaba con nubes a un hombre de avanzada edad. Este parecía feliz, pues reía a carcajadas junto con la mujer llameante, pero apenas si tenía consistencia material; era casi transparente, un fantasma. “Sí, este lugar no es cielo. Quizás ni siquiera exista, nosotras no lo sabemos. Tan solo ofrecemos refugio a aquellas personas que lo necesitan. A cambio, con el paso del tiempo se convierte en cuerpos inmateriales y pasan a tener el mismo aspecto que nosotras. De hecho, se convierten en nosotras. Verás, cuando un espíritu de fuego cumple con su función durante 500 años acaba desapareciendo y, por tanto, debe haber alguien que lo sustituya”, habló con voz clara y serena, sin romper su sonrisa. “Entonces, ¿tú también fuiste una persona?”, no se lo creía. “Por supuesto. Antaño debí ser alguien  que perdió el rumbo de su vida. Por motivos obvios, cuando adopté esta forma, olvidé todas mis vivencias anteriores. Hay una energía superior que nos otorga el poder sanador; no la conocemos, pero sabemos que está ahí”. Aquellas palabras no lo tranquilizaron. “¿Deberé convertirme en un espíritu yo también?” “Es lo normal. Pero no sin antes haber pasado por un proceso de curación altamente exhaustivo. Aquí vivirás bien, será tu paraíso particular”. El hombre notó como una rabia creciente crecía en su interior. “Yo no he pedido ayudada”. La Dama se giró hacia él. Parecía que su sonrisa había disminuido en intensidad. “Lo sabemos, pero la necesitabas. Conozco tu triste historia. No hay nada en el mundo mortal que puedas hacer”. Tenía razón. Allí iba a vivir, pero en el mundo, ¿qué le quedaba? Una esposa fiel que se había despedido de él pese a saber que la abandonaba para ir a buscar oro, algo que no necesitaban. Una hija muerta por una bala perdida durante una cacería. Una familia destrozada por la pobreza y las disputas. Sí, el espíritu estaba en lo cierto: pocas cosas le quedaban ya, pero el futuro que le había dibujado no le gustaba demasiado. Intentó no pensar en ello, pues la Dama podía verlo todo. Siguieron andando y observaron más espíritus que cuidaban de hombres: los alimentaban, los entretenían e incluso satisfacían sus necesidades sexuales. El viajero se dedicó tan solo a observar, sin pensar siquiera. El espíritu decidió que era el momento de volver a los “aposentos”. Durante todo el trayecto no habían separado sus manos.

Volvía a yacer en la blanca cama. No recordaba cómo había acabado de nuevo allí. Se sentía vigoroso, una nueva fuerza parecía recorrerle el cuerpo. Realmente, notaba cómo algo se movía en su interior. Asustado, comenzó a observarse y comprobó cómo un fluido anaranjado recorría las venas y arterias de su cuerpo. Una sonora carcajada retumbó entonces en su cabeza: era la Dama. “Tranquilo, viajero. He entrado en tu interior para curar las numerosas heridas que tienes”. El hombre empezó entonces a revolcarse por el suelo, con la intención de sacarse aquel espectro de su cuerpo. Le horrorizaba la idea de que un elemento tan peligroso como el fuego se hubiera adentrado en él. “¿Qué crees que estás haciendo?”, era una pregunta, pero con tono grave y acusador, muy diferente del que había usado con anterioridad. “Intento que no me poseas”. Al haber captado aquel pensamiento, el fogoso espíritu abandonó el cuerpo del viajero y se plantó delante de él. Ya no lucía aquella amplia sonrisa y las llamas que la envolvían parecían haber crecido de tamaño. Sintió miedo. “¿Qué es lo que quieres entonces, estúpido humano?”. Estaba realmente enojada. “Volver al lugar en el que me encontraba antes de llegar aquí”. La Dama abrió la boca, sorprendida, pues no era capaz de entender aquella decisión. “Ya veo, pretendes hacerte el valiente. Todo esto te ha hecho recapacitar y ahora que ya estás curado deseas volver.” “Tienes razón, pero en parte tan solo. Sí, aquí he visto lo fácil que puede ser la vida durante un tiempo y el apacible trabajo que se debe desempeñar después. Y he decidido que no es lo que más deseo, pese a todas las dificultades que siempre he tenido. Deseo volver y enfrentarme con la vida, sea cuál sea el desenlace. Si es necesario, devuélveme a mi lamentable estado”. El espíritu pasó largo tiempo en silencio. Algunos otros seres de fuego se habían acercado hasta ellos, pues al parecer la actitud que él estaba adoptando no era demasiado habitual. “Muy bien, como desees”. El viajero vio entonces como la Dama desaparecía para adentrarse en su cuerpo. Esta vez, cada movimiento le infligía dolor y aparecieron las quemaduras y cortes de su otra vida. La cabeza empezó a darle vueltas y todo se volvió de un tono grisáceo.

Cuando recuperó el conocimiento, estaba tumbado en la nieve y cuatro lobos grises se le acercaban de forma amenazadora. Había aprendido la lección. Le dolían todos los músculos, pero fue capaz de levantarse y coger una quebradiza rama del suelo. ¿A quién iba a engañar? No serviría de nada. De pronto, una bola del fuego se precipitó desde los aires y encendió la punta de la rama. Los lobos dieron un paso atrás. Miró al cielo. Tampoco rechazaría un poco de ayuda épica. 

domingo, 30 de diciembre de 2012

Capítulo 12


Había regresado. Un dolor insoportable le martilleaba la cabeza. ¿Qué le había ocurrido? Intentó hacer memoria. Imposible. Abrió los ojos, pero un potente rayo de luz la cegó durante unos instantes, así que deicidio volver a cerrarlos. ¿Estaría sola?

    ¿Dónde estoy, y qué hora es?
    En la casa de Elrond, y son las diez de la mañana— dijo una voz—. Es la mañana del veinticuatro de octubre, si quieres saberlo.—  ¿Qué? Debía delirar. Aquella respuesta no podía ser válida. Se obligó a volver a abrir los ojos y girar la cabeza en dirección hacia el lugar del que provenía la voz. Entonces vio a un chico alto, rubio, sentado en una silla y fumando de una pipa, que le sonreía. Entonces lo recordó. Era el chico de la biblioteca, Julen. ¿Pero cómo conocía aquel pasaje? ¿Y por qué estaba a su lado?
    ¿Conoces a Tolkien? — preguntó con un hilo de voz. Estaba más ronca de lo habitual.
    Dánae, no eres la única que sabe slëdish—se percató entonces que Julen tenía un libro en el antiguo idioma encima del escritorio. Casi había olvidado cómo se habían conocido y el trato que ambos habían establecido.
    Hoy no es veinticuatro de octubre, ¿no? —Julen rió.
    Por supuesto que no. Es la mañana del domingo 23 de diciembre. — ¿Domingo?
    ¿Y qué hago exactamente aquí, tumbada en una cama, contigo al lado fumando?
    Verás, la historia es larga. El viernes fue la Fiesta del Solsticio de Invierno — Dánae asintió con la cabeza. Tenía vagos recuerdos de aquello— Al parecer, bebiste en exceso. Estabas con Christine y ella te trajo aquí, alegando que deseaba disfrutar de la fiesta y que creía que tú y yo podíamos establecer una buena relación.— A Dánae le dolía demasiado la cabeza para juzgar si aquella situación que le había descrito Julen había sido posible o no. Si era cierto, el comportamiento de su amiga había sido extraño. Por otra parte, dudaba que Julen la hubiera forzado a ir a su casa. No lo sabía. Se fue incorporando poco a poco hasta quedar sentada en el borde de la cama. Se miró: estaba vestida, buena señal. Clavo sus ojos en los de Julen. No parecía mentir. ¿Funcionaría realmente una relación con aquel chico? Apenas lo conocía y el dolor por Ulrich aún era reciente así que se obligó a borrar esos pensamientos de su mente.
    Me duele demasiado la cabeza  como para ponerme a pensar. Desearía tomar una ducha. — Julen sonrió.
    Pues hazlo — Se levantó de la silla y con la pipa en la boca abrió un armario del que sacó una toalla roja— Puedo dejarte algo de ropa también— Dánae asintió. No le iría mal cambiarse si lleva un día entero durmiendo. Julen rebuscó en aquel armario y le ofreció un largo pantalón de deporte y un jersey azul— Son de un amigo, espero que más o menos te vaya bien, pues mi ropa te iría enorme.— Estaba en lo cierto, Julen era alto y ancho de espaldas.
    No te preocupes. Muchas gracias. ¿Dónde está el lavabo?
    Al fondo de este pasillo, todo recto.
Dánae se fue hacia allí con toda la ropa que le había dado Julen. Al andar por el pasillo se dio cuenta de que la casa era bastante vieja. ¿Cómo la habría obtenido Julen? Ya se lo preguntaría. Entró en el lavabo. Era pequeño y sencillo. Se dirigió a la ducha mientras se desvestía poco a poco, dejando las prendas en el suelo. Se metió en la ducha y abrió la toma de agua caliente. Millones de gotas caían sobre ella. Aquello le despejaría la mente.

Una vez se hubo duchado y vestido, salió del lavabo. Ya se encontraba mucho más despierta mentalmente. Entró en la habitación de Julen, pero él ya no estaba allí. Decidió dejar la ropa que se había quitado encima de la cama, así como la toalla.

—¿Julen?— lo llamó tímidamente.
  Estoy en la cocina, Dánae. Sigue la música— ¿Música? Ella no escuchaba nada. Bajó las escaleras y entonces sí, escuchó una canción. Comprendía la letra pero no era el idioma que utilizaban habitualmente. De hecho, hacía mucho tiempo que no había sentido pronunciar nada a nadie en aquel idioma. Era slëdish. ¿Habría encontrado Julen algún archivo sonoro de los Días Antiguos. Entró en la cocina. Era amplia, con una gran mesa central en la que Julen estaba sentado, devorando un enorme bocadillo de jamón.
  Julen, ¿esa canción…?
  ¿Te gusta? — la interrumpió aún con la boca llena.
  Bueno, no acabo de captar todo lo que dice. ¿Pero…?
  No te preocupes, Dánae — le extendió una hoja de papel— Ahí puedes leer la letra. — Dánae observó el folio con extrañeza. Efectivamente, ahí estaba la letra de la canción, titulada “Jeremy”:
At home
Drawing pictures
Of mountain tops
With him on top
Lemon yellow sun
Arms raised in a V
Dead lay in pools of maroon below

Daddy didn't give attention
To the fact that mommy didn't care
King Jeremy the wicked
Ruled his world

Jeremy spoke in class today
Jeremy spoke in class today

Clearly I remember
Pickin' on the boy
Seemed a harmless little fuck
But we unleashed a lion
Gnashed his teeth
And bit the recess lady's breast

How could I forget
He hit me with a surprise left
My jaw left hurting
Dropped wide open
Just like the day
Like the day I heard

Daddy didn't give affection
And the boy was something that mommy wouldn't wear
King Jeremy the wicked
Ruled his world

Jeremy spoke in class today
Jeremy spoke in class today
Try to forget this...
Try to erase this...
From the blackboard.

Al leerla, se quedó perpleja.
    Es un poco dura la letra, ¿no?— Julen sonrió mientras comía.
    ¿Es que la vida no es dura? Tú debes saberlo— Tenía razón.
    ¿De dónde has sacado el disco?
    Oh, la canción la canto yo— Dánae estaba aún más sorprendida que antes.
      Sí, con ayuda de algunos amigos. Me traje varias letras de canciones que fui recopilando en Trachtil.
      Es impresionante, Julen. No tenía ni idea de que alguien en el pueblo estuviera grabando canciones en inglés — Julen rió. Era una risa infantil.
      Hay muchas cosas que aún no sabes de El Valle. Estas canciones las interpretamos a veces en La Guarida.
      ¿Qué? — era imposible.
      Sí, ya sabes la permisividad que hay de momento. — se levantó de la silla. Era imponente. La luz que llegaba a través de la ventana de la cocina acentuaba aún más sus rubios cabellos. Para que engañarse, era atractivo. Recogió el plato en el que había comido— Qué maleducado soy, ¿quieres tomar algo?
      Oh, no. No deseo meter nada a mi estómago.
      Lo comprendo. Por cierto, he solucionado el problemilla de la puerta. Mañana por la tarde puedes pasarte por la biblioteca y así continuarás con tu investigación. — Dánae se emocionó. Sonrió a Julen; tenía ganas de abrazarlo, pero apenas se conocían, así que mantuvo las formas.
      Muchas gracias, de verdad. Creo que debo irme. — Ya era casi mediodía. No podía quedarse más tiempo allí, si no, podría acabar sucumbiendo.
      ¿Ya? Bueno, como desees. Déjame que te regale algo, como mínimo— Dánae iba a negarse pero Julen le plantó en las manos aquel libro que estaba leyendo: Guerras Religiosas en el Siglo XVI, de Steven Jacobs. Al ver su cara de asombro, dijo: — Yo ya lo he terminado, tranquila. — Dánae no sabía qué decir. La había engatusado. Como no le salían las palabras, lo mejor que se le ocurrió fue besarle la fría frente, darse la vuelta y marcharse. No miró hacia atrás, deseaba quedarse con la sensación de haber ganado aquella batalla. Cruzó el umbral de la puerta, no hacía demasiado frío en el exterior. Abrió el libro. En la primera página, había algo anotado a mano en inglés. Era una caligrafía difícil de leer. Dánae se fijó bien. Las letras decían: “¿No te has dado cuenta que el destino está tomando parte entre nosotros, Dánae?”. Sonrió y miró la casa de la que acababa de salir. Se había dejado la chaqueta. Maldito Julen.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Capítulo 10


Había recibido multitud de golpes. Estaba en las últimas. Su oponente, por el contrario, estaba prácticamente en perfectas condiciones. Era mucho más ágil y rápido que él, además de un experto luchador. No podría aguantar mucho más. Se la jugaría. Dejó que su rival tomara la iniciativa; él se defendía a duras penas e iba retrocediendo con cada patada y puñetazo, hasta que notó que estaba a punto de caer por el acantilado. Entonces, sacó se sacó su enorme martillo de combate de la espalda y golpeó la cabeza del otro luchador, que, debido al impacto, cayó al agua. Había ganado. Por enésima vez.

    ¡Estoy harto! ¡Ni siquiera sabes jugar! — Bernard arrojó con una inusitada furia su mando contra el suelo, causando un gran estrépito. Estaba rojo y las gotas de sudor le caían por su afilada cara. Alexander, tumbado en la cama, apenas podía parar de reír. — Y tú, pelirrojo con gafas, vas a acabar tragándote mi puño. — Definitivamente, Bernard estaba colérico. Sin embargo, Alexander continuaba soltando sus risotadas.
    Vamos, cálmate Bernard, es solo un juego.
    ¿Qué me calme? Julen, llevas toda la noche burlándote de mí. Eres realmente malo jugando, pero me vences al arrojarme fuera del ring y eliminarme. ¡Eso es juego sucio!
    Bernard, es solamente otra forma de ganar. Es la táctica de los débiles — Alexander rió aún más fuerte, Bernard estaba a punto de atizarle. Era el momento de intervenir.
    Chicos, chicos, un poco de calma. Son las dos de la mañana. Deberíamos ir ya hacia la fiesta. ¿Qué os parece si traigo unas botellas de hidromiel?
    Ya estás tardando— respondió Bernard, que se sentó en la silla, no sin antes darle una colleja a Alexander. Eran más infantiles que él mismo, pensó Julen. Dejó a sus dos amigos en la habitación y bajó las viejas escaleras de madera en dirección a la cocina. Vivía en una antigua casa detrás de aquella cafetería de ricachones llamada La Emperatriz. La había comprado a su vecina, la señora Salers, que ya no la quería, pues sus hijos se habían marchado del pueblo y ella vivía en una pequeña casa contigua. Cuando Julen llegó a El Valle sin vivienda, aquella amable anciana le había casi regalado la casa. Para conseguirla, Julen solamente tuvo que vaciarse sus pobres bolsillos y hacerle algún recado a su vecina. Aquel fue el acuerdo. Jamás lo olvidaría.

Aquella noche era la gran fiesta del Solsticio de Invierno. Julen miró por la ventana. Había cesado la nieve. Perfecto. Le encantaba esa fiesta, pues no había aglomeraciones en lugares cerrados, había mucho alcohol, se podía fumar tranquilamente, charlar y la música era aceptable. Pero siempre le gustaba llegar tarde. Las chicas siempre se fijaban en los que llegaban tarde. Lo tenía comprobado.

    ¡Julen! ¿Qué cojones pasa con esas botellas! — de nuevo, el pesado de Bernard, que tenía prisa.
    Ya van, tranquilo.
    Más te vale, pues como no subas ya, voy a apalizar a un pelirrojo. Julen rió. Bernard. Era una de las pocas personas que valían la pena de su Colegio. Se dedicaba a estudiar, reparar, diseñar y crear todo tipo de aparatos electrónicos. También era un maestro de los videojuegos y odiaba que le ganaran en su terreno. Pese a ser delgado y atractivo de cara, Bernard era muy poco sociable. Julen le había presentado su grupo de amigos, con los que su compañero de clase se llevaba bien, pero raramente Julen lo veía con alguien más que no fuera el profesor de matemáticas o robótica. Aquel día, pero, era una ocasión especial. Julen le había prometido a Bernard que le pagaría todo lo que consumiese durante la noche, pues le había hecho un enorme favor.
En el momento en el que la atractiva y alocada Dánae le había pedido en la biblioteca que encontrara la forma de acceder al sótano restringido, Julen había pensado inmediatamente en recurrir a su amigo Bernard si su estrategia con Argus fallaba. Y así fue. Le preguntó a su jefe de dónde había sacado el libro en slëdish que se había encontrado debajo del mostrador y este, nervioso, le había contestado que no era suyo ni sabía lo que hacía allí. Qué mentira más pobre. Aún así, aquel mismo día, Julen no tuvo demasiadas dificultades en quitarle a llave del sótano del manojo que siempre llevaba colgado en el cinturón, mientras ambos colocaban unos libros en las estanterías a última hora de la tarde. Al día siguiente, Julen abordó en clase a Bernard, rogándole que le ayudara con la huella dactilar y el código de veinte dígitos. Bernard aceptó y aquella misma tarde se plantó en la biblioteca dispuesto a abrir la puerta. Argus se había vuelto a pedir el día libre. Pese a eso, Bernard no pudo acceder al sistema, ya que según dijo, le faltaban herramientas. Así pues, el jueves volvió a intentarlo. Julen se había asegurado de que Argus tuviera que ir a La Hondonada a buscar unos libros. Bernard, pudo trabajar con calma y, finalmente, pudo abrir la puerta. Además, le aseguró a Julen que con los cinco dígitos que le daría, bastaría para abrir la puerta en cualquier ocasión, sin necesidad de llave o de huella dactilar. Julen lo había abrazado. Aquel hombre era impresionante. Aunque estaba muy emocionado, había decidido no entrar aún en el sótano ya que creía que debía hacerlo con Dánae. ¿Creía en el destino? Quizás.

Julen sacó tres botellas de las neveras y subió las escaleras. Nada más entrar en la habitación, Alexander y Bernard lo aplaudieron. Julen rió. Bufones, eso eran, bufones. Repartió las botellas. Se aclaró la garganta:

    Propongo un brindis. ¡Por la mejor noche del año!
    ¡Hurra!
      ¡Por supuesto!— Todos bebieron. Mientras Julen apuraba de un trago su botella, unos tímidos golpes resonaron en la casa. La puerta. Alguien tocaba. ¿Quién sería?
    Julen, si son chicas, diles que suban. — Alexander tan desesperado como siempre— Julen le sonrió, dejó la botella en el suelo y bajó corriendo las escaleras. Bajarlas lentamente era de cobardes. Se dirigi´´o hacia la entrada y abrió la descolorida puerta. Era la sonriente Christine, con el destino en las manos. Julen se quedó boquiabierto.
    Hola, Julen.
    Christine, ¿es esa… — Julen no se lo creía.
    Sí, es Dánae — seguía sonriendo. Llevaba a una inconsciente o dormida (aún no lo sabía) Dánae en brazos. ¿Qué significaba todo aquello?
    ¿Y se puede saber qué hacéis aquí? — Lo dijo con el mejor tono de seriedad que supo poner.
    Pues verás… —había empezado a ponerse colorada, siempre le pasaba cuando hablaba con él— Estábamos en la fiesta y Dánae ha bebido mucho, ya sabes, quería disfrutar ahora que ha decidido no guardar más las formas. Entonces ha caído inconsciente al suelo. Pero solamente está dormida. He pensado que como tu vives cerca y quizás no vinieras a la fiesta te podrías encargar de ella — mentía. ¿Por qué todos se empeñaban en mentir si no sabían hacerlo?
    Christine, tú eres como su hermana. No tiene sentido lo que me cuentas. Dime la verdad, no es tan difícil. — Se puso más colorada aún. Cuando estaba así, era realmente atractiva en su opinión.
    Eres demasiado inteligente, Julen. Verás, esta noche me gustaría disfrutar un poco.
    ¿Cuántos han caído ya?— sabía que los hombres se mataban por ella.
     Dos— contestó tímidamente — Creo que también tenéis bastante en común y sé que cuando quieres eres la persona más responsable del pueblo. Me gustaría que os conocierais más. Ella lo está pasando mal.
    ¿Te parece sensato intentar juntar a dos almas en pena? — bufó. Una rabieta con el novio. A él se le había muerto su alma gemela. — No lo entiendo, quieres que surja algo entre Dánae y yo, pero a la vez seguro que temes mi carácter, ¿cómo lo llamáis las mujeres? ¿Mujeriego? — Christine rió.
    Algo así. Creo que puedes conseguir que ella se olvide de Ulrich y Dánae, por su parte, puede entretenerte.
    Así que detrás de esa bella sonrisa se esconde un cínico cerebro— Christine volvió a reír tímidamente— De momento acogeré a Dánae esta noche, pero no promete nada más. — Sería lo más sensato. La situación no tenía sentido, pero ya estaba acostumbrado al surrealismo. Recogió suavemente a Dánae de los brazos de Christine. No pesaba en exceso. No se había fijado en ella. Estaba profundamente dormida e iba muy abrigada. Entonces, sin saber muy bien el motivo, dio un largo beso a Christine. Creía que era otro de los factores que habían conducido a la chica hasta su casa. Habían tenido un buen romance meses atrás y seguían teniendo una relación muy cordial. Christine se lo agradeció con una sonrisa.
    ¡Alexander! ¡Bernard! — gritó Julen. Ambos bajaron rápidamente. Figones. Habían estado escuchándolo todo, seguro — Yo debo quedarme aquí, vosotros salid si queréis— ambos se quedaron mirando fijamente a Dánae, pero no dijeron nada, ya le preguntarían a Christine. Julen se sacó dos billetes del bolsillo y se los dio a Bernard — Tómate lo que quieras en mi honor. — Bernard se quedó atónito mirando los billetes.
    Pero Julen, esto es mucho dinero.
    Bernard, me has hecho un gran favor, te lo mereces — no había ni acabado de pronunciar la frase cuando su amigo ya lo estaba abrazando y dando las gracias. Alexander y él cogieron las chaquetas del perchero y se fueron con Christine, quien se despidió lanzándole un beso con la mano. No era guapa, pero tenía una gran personalidad. Eso contaba mucho. Julen se dio medio vuelta y con Dánae en brazos subió las escaleras. No era la primera vez que llevaba de aquella forma a una mujer. Entró en su habitación y la posó suavemente en la cama. Le quitó con delicadeza el gorro, los guantes y la bufanda, así como la chaqueta, tarea que le llevó más tiempo. Tenía una piel suave, como muchas otras. Abrió el armario de al lado de la cama y sacó un par de mantas que echó por encima de su cuerpo. La contempló. Respiraba de forma normal, no había de que preocuparse. Cogió del escritorio el libro sobre las Guerras Religiosas que había robado a su jefe, se encendió la pipa y se sentó en una silla, cerca de la cama y a la altura de la cara de Dánae. Cuando ella despertara, lo encontraría en la misma postura en la que lo había conocido. Cosas del destino.



   

lunes, 24 de diciembre de 2012

Capítulo 9


Ambas estaban recostadas en el sofá, frente a un crepitante y vivo fuego. Bebían, ahora en silencio, té caliente. Cada una tenía sus propios pensamientos y preocupaciones, pero no tardarían en compartirlos. Habían establecido una especie de norma no escrita que prohibía interrumpir aquel silencio casi místico. Normalmente, Christine siempre se demoraba más en apurar su taza y Dánae debía esperar. Aún no se había acostumbrado a saborear aquel líquido: se lo bebía demasiado rápido para entrar en calor. Aquella tarde no sería una excepción, pues cuando el viejo reloj de la pared marcaba las cuatro y media, Dánae terminó su taza y esperó. Fuera nevaba copiosamente, pero en la pequeña sala de estar de Christine la temperatura era muy agradable. Pese a ello, no se fiaba y llevaba un jersey azul que había sido de su padre y que le servía de vestido, unas gordos leggins negros, dos pares de gruesos calcetines de colores, una bufanda y unas altas botas. Cuando Christine le abrió la puerta, se puso a reír. Tardó en parar. Ella iba en tirantes y de cintura para abajo solamente llevaba unos pantalones de deporte cortos y chanclas. Dánae jamás entendería cómo muchos de los habitantes de El Valle soportaban el frío de aquella forma. Debía de ser una cuestión genética. Observó a Christine: no, no parecía tener frío. Era alta y tenía la piel blanca. Lucía una larga cabellera negra, sus ojos eran color miel y pese a no tener un rostro demasiado agraciado (nariz ganchuda, excesivo número de pecas, orejas en pico y colmillos demasiado largos) ni un cuerpo con demasiadas curvas, causaba furor entre los chicos. Era radiante y tierna. Se dejaba querer y raramente se enfadaba. Dánae la quería como una hermana. De hecho, era la única persona a la que podía considerar como parte de su familia. Christine vivía sola desde que tenía dieciocho años, pues había decidido independizarse de sus padres, a los que visitaba una vez a la semana, pues vivían al otro lado del río. Por la mañana estudiaba en el mismo colegio que Ulrich y, durante las tardes ayudaba a Wortz, el panadero del pueblo. De esta forma, ganaba lo suficiente como para poder pagar el alquiler de aquella pequeña casa.

Christine ya se había acabado su té, pero Dánae seguía mirándola. Su mente había divagado en exceso.

  ¿Te gusto o algo parecido? — soltó con aquella bella sonrisa que tenía. Dánae salió del trance y rió.
  No, aún no. De momento solamente me van los chicos. Estaba pensando que esta noche triunfarás. Y yo lo veré. — No lo decía por hacer un cumplido a su amiga, sino que seguramente sucedería así. Cuando Christine salía, al día siguiente siempre le contaba multitud de historias a Dánae. La mayoría, de chicos.
  Sí, ya era hora que salieras de tu madriguera. No te arregles mucho.
  ¿Por qué?
  Porque va a ser al aire libre. Con unos tejanos, una chaqueta y algo debajo ya irás bien.
  Y unas botas, una bufanda, unos guantes, un gorro y unos esquís. Nieva mucho.— estaba preocupado.
  Tranquila, la fiesta se celebrará sí o sí. Es el Solsticio de Invierno, jamás se suspende. Es algo espiritual casi — De pronto, un fuerte mareo asoló la cabeza de Dánae. ¿Qué ocurría? Cayó del sofá.
  ¡Dánae! — Su amiga se interesó por ella. Se sentía mal, mareada. Christine la levantó y le ofreció un vaso de agua que Dánae bebió rápidamente. Encontró la fuerza suficiente para poder pronunciar unas palabras:
  ¿Qué le has metido al té?— Estaba segura que aquello era obra de Christine. Quería que se animase para la fiesta.
  ¿Yo? Nada. — mentía. Siempre sabía cuando mentía.
  Christine…
  Vale, va, sí. Le he echado un poco de hierba, para que te animes para esta noche.
  Pues menos mal que estoy acostumbrada, aunque ciertamente has pillado a mi cuerpo desprevenido. Hace demasiado que no tomo. Pero no necesito nada para animarme, ya lo estoy.
  Sabes que no es cierto. Aún te pesa en la cabeza todo el tema de Julen. Te estás martirizando. Creías que lo tenías bien atado y desde el lunes, no ha vuelto a preguntar por ti. — Christine tenía razón. Ulrich la contemplaba. Era el chico que había estado buscando apara curar su dolor. El desengaño había sido fuerte y más incluso el sentimiento de soledad que lo acompañó. No quería volver con él, pero le hubiera gustado que Ulrich la hubiera buscado. Solamente lo hizo el lunes. Estaban a viernes y no había vuelto a saber nada de él. Con su investigación estancada y Christine fuera prácticamente todo el día, Dánae había vivido una de sus peores semanas de su estancia en El Valle. Sin la mente ocupada, se dedicaba a pensar demasiado en el pasado y fantasear con cosas imposibles. Había vuelto a fumar y se había matado a cafés. Por suerte ya era viernes y a ella y a su amiga les esperaba una gran noche.
  Sí, pero hoy me voy a olvidar de todo. Ya lo verás. ¿Habrá alcohol?
  Litros de hidromiel.
  ¡Bien! Jamás volveré a tomar uno de esos asquerosos cóctqueles. — Ambas rieron.
  Pero ándate con cuidado, no todos los hombres del pueblo son tan corteses como Ulrich.
  Lo sé. Soy lo bastante astuta como para quitármelos de encima.
  Desde que te conozco no he dudado de tu inteligencia. Sin embargo me preocupa la inteligencia de otros — que sutil era cuando quería. Christine tenía miedo de sacar el tema porque le afectaba a ella también.
  ¿Hablas de Julen?
  Sí. Parecías entusiasmada cuando le conociste.
  ¿Tú no lo estabas, Christine? — dijo aquello con malicia. Le divertía el asunto.
  Sí, bueno… yo… — se había puesto roja, algo frecuente. Dánae sonrió. Disfrutaba con ello. Al parecer, su amiga y Julen habían tenido una aventura y los pocos ratos que se habían visto tras que Dánae conociera al famoso chico, Christine la prevenía de su personalidad mujeriega. Decidió que debía calmar a su amiga.
  Tranquila, tendré cuidado. De hecho, no le conozco y quizás ni aparezca por la fiesta.
  Oh, por supuesto que aparecerá. Es al aire libre y habrá hidromiel. Eso le encanta — se había rehecho.
  Entonces, yo iré a molestarlo. Necesito su ayuda para la investigación, Christine. De momento no siento nada por él, aparte de una pequeña atracción hacia lo desconocido. No me preocupa. — Christine rió y la abrazó.
  Jamás cambiarás. Hace unos días montaste un escándalo ante la alta sociedad del pueblo del que dices no estar arrepentida y ahora aseguras que no te importa caer en las redes de Julen. — Sí, así era ella. Su ímpetu se había calmado mientras había salido con Ulrich, pero ahora había regresado, con más fuerza aún.
  Voy a rachas, ya lo sabes — ambas sonrieron.
  Oye, ¿quieres que avive el fuego un poco?
  No estaría mal, la verdad — Christine se levantó y atizó los leños, que crepitaron. Dánae aprovechó para  recostarse en el sofá. Se le cerraban los ojos a causa de la hierba y la acumulación de sueño. Se dejó llevar; una siesta no estaría mal antes de una intensa noche.