miércoles, 20 de junio de 2012

Capítulo 1


— ¿Nombre?
— ¿Es imprescindible para que te adentres en lo más profundo de mi mente?
      No, simplemente es para tenerte registrado.
      Pues para eso, me ahorro el gasto de saliva. — Con un gesto parsimonioso sacó el ajado documento de identificación personal que llevaba siempre doblado en el bolsillo de los tejanos y se lo arrojó al examinador. El hombre, cuya cara ya evidenciaba que no era muy avispado, movió frenéticamente ambas manos, en un intento desesperado por atrapar al vuelo el documento. No tuvo éxito y el papel cayó al suelo, justo al lado de una de las patas de la silla sobre la cual estaba sentado. Soltó un bufido y, con lo que parecía un excesivo esfuerzo, se agachó y lo recogió. A continuación, se puso a examinarlo con gran concentración. Era como si intentara descifrar el texto, encontrarle un nuevo sentido, descubrir aquello que hubiera escapado de las observaciones de cualquier otra persona. A Julen le pareció que la escena tenía un punto de humor absurdo. A duras penas podía contener la risa. Sin embrago, fingió mostrar su cara más aterradora cuando el examinador pasaba la mirada de su rostro al documento y del documento a su rostro. Según pudo observar, el pobre hombre estaba cada vez más nervioso y parecía temeroso ante él. Julen sabía que era conocido, pero no que su leyenda se hubiera engrosado tanto como para asustar con la mirada. Tras varios intentos, el examinador, consiguió, al fin, articular las palabras:
      Perdona, pero resulta que la fotografía que aparece en tu documento no se corresponde con tu cara—. Aquello era lo último que esperaba que dijera el examinador. Pensaba que iba a preguntarle si eran ciertos los rumores que corrían sobre él o que le pediría que le contara los elementos más destacados de su pasado. Pero que le indicara aquella obviedad era exasperante. Había creído que cualquier ser humano, incluso ese hombre, por torpe y estúpido que fuera, no hubiera necesitado más de dos segundos para darse cuenta de que su documento de identificación era totalmente falso. En él, aparecía el dibujo de un centauro, muy detallado, por cierto, acompañado del nombre de “Fergonis Hijo de la Luna” y que indicaba que “La Estrella Más Lejana” era su país de origen.
      No puedes ir por ahí con una identificación falsa, ¿lo sabes, no?
      No es falsa. Realmente me siento un centauro. Lo importante no es lo que aparento, sino lo que soy realmente en mi interior. Es más, todas las noches me convierto en uno de estos magníficos seres y salgo a robar princesas a los castillos de los reyes. Es una actividad altamente emocionante. Liberas un montón de adrenalina. Te recomiendo que lo pruebes.
      Pero yo no me puedo convertir en centauro—. De nuevo, la respuesta del examinador sorprendió a Julen. ¿Le estaba siguiendo la corriente o era realmente un bobalicón? Consideró que lo más conveniente sería tirar un poco más del hilo.
      Lo que te hace falta es un poco de esto para poder conseguirlo—.Y, de pronto, rebuscó en los bolsillos de la chaqueta hasta que dio con una bolsita de plástico transparente que contenía un polvo blanco—.Todo tuyo—dijo extendiéndole la bolsa hacia el examinador. Este último la cogió con las manos temblorosas. Los ojos se le salían de las cuencas y empezó a sonreír de forma extraña. Estaba excitadísimo. Se levantó dando muestras, una vez más, de su poca coordinación y acabó tirando la silla al suelo, tras trastabillar con ella. Dirigió a Julen un casi imperceptible “gracias” y atravesó la puerta del despacho lanzando sonoras risotadas. ¿Qué había querido decir todo aquello? Aquel pobre hombre no era un psicólogo. Ni muchísimo menos. Sacó su pipa de madera del bolsillito interior de la chaqueta y se la dejó unos instantes en la boca. ¿Qué pretendía el director? Cuando estaba a punto de encenderla, una sombra apareció en la puerta.
      Vaya, justamente estaba pensando en ti y en tu amigo que me acaba de visitar. Parece ser que mis pensamientos se han proyectado en la realidad.
      Qué curioso, yo también estaba pensando en ti. Sabía que la actuación del que tú llamas mi amigo te haría reflexionar y, como buen intelectual que eres, necesitarías tu pipa para hacerlo. Aún así, debo advertirte que  si la enciendes la alarma anti-humo se disparará y una lluvia de frías gotas de agua nos rociará por completo.
      A mí me gusta la lluvia.
      Pues a mí no, este es mi despacho y en él siempre brilla el sol —. Al decir estas palabras, señaló la única bombilla que colgaba del techo. Apenas iluminaba nada. Ambos rieron. No era una gran ocurrencia, pero mejor aquello que nada. El director se mostraba hermético con la mayoría de alumnos, pero Julen era diferente. El hombre era consciente de aquello y pretendía ser afable e ingenioso. Lo conseguía a ratos. Su cara mostraba unas facciones duras que, combinadas con la terrible mirada de unos ojos completamente corrientes, asustaban a cualquier estudiante que no tuviera demasiada entereza. De esos, había muchos. Amon Feith (así se llamaba) era de estatura media, ancho de espaldas y… de vientre también. Tenía una buena vida: casa grande, sueldo fijo, esposa y dos hijos. Julen se había colado las veces suficientes en su despacho para conocer todos esos detalles, así como estudiado las numerosas formas de robarle el todoterreno sin que lo descubriera. Eso último aún no lo había logrado. Tampoco tenía demasiadas ansias por hacerlo, pues para moverse por El Valle bastaba con una bicicleta. Simplemente quería fastidiar a aquel pequeño general. Finalmente, el director recogió la silla que había en el suelo y se sentó, acción que relajó a Julen. Los pasos que había estado dando Feith  por toda la sala le irritaban.
      Bien, ¿qué te ha parecido este último examinador?
      Bah, no me tomes el pelo. ¿Qué pretendías?
      Eres lo suficientemente inteligente para saberlo—. Se sacó una caja de cigarrillos de la manga de la camisa y con gran parsimonia extrajo uno y se lo puso en la boca. Lo encendió con un mechero y dio una larga calada. El humo ascendió hasta llegar al techo de la estancia. No pasó nada. Feith guiñó un ojo a Julen, gesto que acompañó de una sonrisa pícara. Entonces lo comprendió. Quería que se sintiera incómodo. Se dijo a sí mismo que aquel vejestorio no iba a intimidarle e intentó impresionarlo, aunque a aquellas alturas no era tarea fácil:
      Has traído a ese pobre hombre para que reflexione sobre mi capacidad mental. Quieres que me de cuenta de que no todos los seres humanos tienen mi fortuna. Soy consciente de ello. Te podrías haber ahorrado todo ese numerito, sinceramente. Si lo que deseas es que colabore con esos a los que llamas psicólogos vas muy equivocado. No tengo ningún problema, lo que pasa es que no están a mi altura. Quizás deberías examinarme tú mismo— sonrió maliciosamente al director. Sin embargo, este no mostró ningún tipo de emoción. Estaba impertérrito. Era un acantilado golpeado por Poseidón, un pino azotado por los Anemoi, una armadura soportando la estocada de Ares…
      No me hagas reír, muchacho. Te faltan años para alcanzarme. Estamos intentando ayudarte: es obvio que hay algo que no funciona bien en tu interior. Todos tus profesores coinciden en ello. Bueno, casi todos. Hay uno que está igual o peor que tú y se ríe de cada una de las propuestas del claustro. Ya sabes quien es—. Dijo todo aquello como si estuviera en clase, dando el temario. Julen frunció el ceño. Iba a ser  más complicada de lo que creía razonar con aquel hombre.
        ¿Sabes lo que pienso? Que los profesores no soportan encontrarse con alguien que les plante cara. Son los pastores de un manso rebaño y están acostumbrados a que todo funcione a la perfección. En ocasiones, se encuentran con una oveja descarriada pero esta no supone un gran problema y, tras un tiempo, vuelve al rebaño o, si no, la expulsan de él. Pero mi caso es diferente. No soy una oveja; soy un perro. Pero no hago caso a mi amo, sino que me rebelo contra él y le demuestro que no me puede dominar, pues soy más fuerte—. Julen usó un tono serio y emotivo, similar al que realizaban los grandes líderes de las películas épicas que tanto admiraba. Claramente, a Feith no le pareció un discurso tan brillante y estalló en sonoras carcajadas. Las paredes retumbaron con aquel sonido sobrehumano. ¿De dónde sacaba tanta fuerza el director?
      Bonito discurso, acompañado, además, de una gran dosis de chulería. ¿Has pensado en convertirte en un líder político? Creo que tienes un gran futuro por delante.
      En realidad sí. Es algo que me gustaría ser, para acabar con esta sociedad en la que vivimos y…
      No me sueltes aquí tu rollo anarcoprimitivista, Julen—manifestó cierto enojo en la interrupción. Dio una nueva calada al cigarro, que se consumía lentamente— Solamente quiero saber si continuarás en esta dinámica de cuestionar todas las acciones de tus superiores.
      ¡Por supuesto! Sois vosotros los que debéis entrar en razón—. Cada vez estaba más excitado. Odiaba que lo interrumpieran mientras exponía sus ideas.
      Estaremos en contacto entonces, pequeño profeta. Ahora debo marcharme. Tengo una reunión para decidir si en el menú de los profesores debe entrar el café o no. Pinta muy interesante — Se levantó de la silla y apagó el cigarro en una de sus patas. Empezó a caminar en dirección a la puerta pero, de pronto, se giró— Oye, ¿la bolsita que le has dado a mi amigo no contenía ninguna substancia psicotrópica, no?
      ¿Por quién me tomas? No soy un Rey Mago para ir dando regalos por ahí. Era harina, siempre llevo una bolsa para sobornar a la policía. Cuando se dan cuenta del engaño, yo ya me he escapado—contestó, mostrando una sonrisa demasiado infantil para su edad. Era un gesto que le encantaba realizar, pues enfurecía casi siempre a su interlocutor. Como era de esperar, pero, no tuvo el efecto deseado sobre el director.
      No esperaba menos de alguien como tú—soltó Feith entre risas y se perdió por el largo pasillo. Julen decidió que aquel momento merecía ser celebrado, así que sacó de nuevo la pipa que el director que le había propuesto que guardara y la encendió con una cerilla que encontró tirada en el suelo. Estiró las piernas intentando buscar una posición cómoda y dio tres largas caladas. Notó como los efectos de la hierba se extendían por todo su cuerpo. Maldito viejo, seguía tan dominante como siempre. Pero nada importaba entonces. La vida era bella.

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