— ¿Nombre?
— ¿Es imprescindible para que te
adentres en lo más profundo de mi mente?
—
No, simplemente es para tenerte registrado.
—
Pues para eso, me ahorro el gasto de saliva. — Con un
gesto parsimonioso sacó el ajado documento de identificación personal que
llevaba siempre doblado en el bolsillo de los tejanos y se lo arrojó al
examinador. El hombre, cuya cara ya evidenciaba que no era muy avispado, movió
frenéticamente ambas manos, en un intento desesperado por atrapar al vuelo el
documento. No tuvo éxito y el papel cayó al suelo, justo al lado de una de las
patas de la silla sobre la cual estaba sentado. Soltó un bufido y, con lo que
parecía un excesivo esfuerzo, se agachó y lo recogió. A continuación, se puso a
examinarlo con gran concentración. Era como si intentara descifrar el texto,
encontrarle un nuevo sentido, descubrir aquello que hubiera escapado de las
observaciones de cualquier otra persona. A Julen le pareció que la escena tenía
un punto de humor absurdo. A duras penas podía contener la risa. Sin embrago,
fingió mostrar su cara más aterradora cuando el examinador pasaba la mirada de
su rostro al documento y del documento a su rostro. Según pudo observar, el
pobre hombre estaba cada vez más nervioso y parecía temeroso ante él. Julen
sabía que era conocido, pero no que su leyenda se hubiera engrosado tanto como
para asustar con la mirada. Tras varios intentos, el examinador, consiguió, al
fin, articular las palabras:
—
Perdona, pero resulta que la fotografía que aparece en
tu documento no se corresponde con tu cara—. Aquello era lo último que esperaba
que dijera el examinador. Pensaba que iba a preguntarle si eran ciertos los rumores
que corrían sobre él o que le pediría que le contara los elementos más
destacados de su pasado. Pero que le indicara aquella obviedad era exasperante.
Había creído que cualquier ser humano, incluso ese hombre, por torpe y estúpido
que fuera, no hubiera necesitado más de dos segundos para darse cuenta de que
su documento de identificación era totalmente falso. En él, aparecía el dibujo
de un centauro, muy detallado, por cierto, acompañado del nombre de “Fergonis
Hijo de la Luna” y que indicaba que “La Estrella Más Lejana” era su país de
origen.
—
No puedes ir por ahí con una identificación falsa, ¿lo
sabes, no?
—
No es falsa. Realmente me siento un centauro. Lo
importante no es lo que aparento, sino lo que soy realmente en mi interior. Es
más, todas las noches me convierto en uno de estos magníficos seres y salgo a
robar princesas a los castillos de los reyes. Es una actividad altamente
emocionante. Liberas un montón de adrenalina. Te recomiendo que lo pruebes.
—
Pero yo no me puedo convertir en centauro—. De nuevo,
la respuesta del examinador sorprendió a Julen. ¿Le estaba siguiendo la
corriente o era realmente un bobalicón? Consideró que lo más conveniente sería
tirar un poco más del hilo.
—
Lo que te hace falta es un poco de esto para poder
conseguirlo—.Y, de pronto, rebuscó en los bolsillos de la chaqueta hasta que
dio con una bolsita de plástico transparente que contenía un polvo blanco—.Todo
tuyo—dijo extendiéndole la bolsa hacia el examinador. Este último la cogió con
las manos temblorosas. Los ojos se le salían de las cuencas y empezó a sonreír
de forma extraña. Estaba excitadísimo. Se levantó dando muestras, una vez más,
de su poca coordinación y acabó tirando la silla al suelo, tras trastabillar
con ella. Dirigió a Julen un casi imperceptible “gracias” y atravesó la puerta
del despacho lanzando sonoras risotadas. ¿Qué había querido decir todo aquello?
Aquel pobre hombre no era un psicólogo. Ni muchísimo menos. Sacó su pipa de
madera del bolsillito interior de la chaqueta y se la dejó unos instantes en la
boca. ¿Qué pretendía el director? Cuando estaba a punto de encenderla, una
sombra apareció en la puerta.
—
Vaya, justamente estaba pensando en ti y en tu amigo
que me acaba de visitar. Parece ser que mis pensamientos se han proyectado en
la realidad.
—
Qué curioso, yo también estaba pensando en ti. Sabía
que la actuación del que tú llamas mi amigo te haría reflexionar y, como buen
intelectual que eres, necesitarías tu pipa para hacerlo. Aún así, debo advertirte
que si la enciendes la alarma anti-humo
se disparará y una lluvia de frías gotas de agua nos rociará por completo.
—
A mí me gusta la lluvia.
—
Pues a mí no, este es mi despacho y en él siempre brilla
el sol —. Al decir estas palabras, señaló la única bombilla que colgaba del
techo. Apenas iluminaba nada. Ambos rieron. No era una gran ocurrencia, pero
mejor aquello que nada. El director se mostraba hermético con la mayoría de
alumnos, pero Julen era diferente. El hombre era consciente de aquello y pretendía
ser afable e ingenioso. Lo conseguía a ratos. Su cara mostraba unas facciones
duras que, combinadas con la terrible mirada de unos ojos completamente
corrientes, asustaban a cualquier estudiante que no tuviera demasiada entereza.
De esos, había muchos. Amon Feith (así se llamaba) era de estatura media, ancho
de espaldas y… de vientre también. Tenía una buena vida: casa grande, sueldo
fijo, esposa y dos hijos. Julen se había colado las veces suficientes en su
despacho para conocer todos esos detalles, así como estudiado las numerosas
formas de robarle el todoterreno sin que lo descubriera. Eso último aún no lo
había logrado. Tampoco tenía demasiadas ansias por hacerlo, pues para moverse
por El Valle bastaba con una bicicleta. Simplemente quería fastidiar a aquel
pequeño general. Finalmente, el director recogió la silla que había en el suelo
y se sentó, acción que relajó a Julen. Los pasos que había estado dando Feith por toda la sala le irritaban.
—
Bien, ¿qué te ha parecido este último examinador?
—
Bah, no me tomes el pelo. ¿Qué pretendías?
—
Eres lo suficientemente inteligente para saberlo—. Se
sacó una caja de cigarrillos de la manga de la camisa y con gran parsimonia
extrajo uno y se lo puso en la boca. Lo encendió con un mechero y dio una larga
calada. El humo ascendió hasta llegar al techo de la estancia. No pasó nada. Feith
guiñó un ojo a Julen, gesto que acompañó de una sonrisa pícara. Entonces lo
comprendió. Quería que se sintiera incómodo. Se dijo a sí mismo que aquel
vejestorio no iba a intimidarle e intentó impresionarlo, aunque a aquellas
alturas no era tarea fácil:
—
Has traído a ese pobre hombre para que reflexione sobre
mi capacidad mental. Quieres que me de cuenta de que no todos los seres humanos
tienen mi fortuna. Soy consciente de ello. Te podrías haber ahorrado todo ese
numerito, sinceramente. Si lo que deseas es que colabore con esos a los que
llamas psicólogos vas muy equivocado. No tengo ningún problema, lo que pasa es
que no están a mi altura. Quizás deberías examinarme tú mismo— sonrió
maliciosamente al director. Sin embargo, este no mostró ningún tipo de emoción.
Estaba impertérrito. Era un acantilado golpeado por Poseidón, un pino azotado
por los Anemoi, una armadura soportando la estocada de Ares…
—
No me hagas reír, muchacho. Te faltan años para
alcanzarme. Estamos intentando ayudarte: es obvio que hay algo que no funciona
bien en tu interior. Todos tus profesores coinciden en ello. Bueno, casi todos.
Hay uno que está igual o peor que tú y se ríe de cada una de las propuestas del
claustro. Ya sabes quien es—. Dijo todo aquello como si estuviera en clase,
dando el temario. Julen frunció el ceño. Iba a ser más complicada de lo que creía razonar con
aquel hombre.
—
¿Sabes lo que
pienso? Que los profesores no soportan encontrarse con alguien que les plante
cara. Son los pastores de un manso rebaño y están acostumbrados a que todo
funcione a la perfección. En ocasiones, se encuentran con una oveja descarriada
pero esta no supone un gran problema y, tras un tiempo, vuelve al rebaño o, si
no, la expulsan de él. Pero mi caso es diferente. No soy una oveja; soy un
perro. Pero no hago caso a mi amo, sino que me rebelo contra él y le demuestro
que no me puede dominar, pues soy más fuerte—. Julen usó un tono serio y
emotivo, similar al que realizaban los grandes líderes de las películas épicas
que tanto admiraba. Claramente, a Feith no le pareció un discurso tan brillante
y estalló en sonoras carcajadas. Las paredes retumbaron con aquel sonido
sobrehumano. ¿De dónde sacaba tanta fuerza el director?
—
Bonito discurso, acompañado, además, de una gran dosis
de chulería. ¿Has pensado en convertirte en un líder político? Creo que tienes
un gran futuro por delante.
—
En realidad sí. Es algo que me gustaría ser, para
acabar con esta sociedad en la que vivimos y…
—
No me sueltes aquí tu rollo anarcoprimitivista,
Julen—manifestó cierto enojo en la interrupción. Dio una nueva calada al
cigarro, que se consumía lentamente— Solamente quiero saber si continuarás en
esta dinámica de cuestionar todas las acciones de tus superiores.
—
¡Por supuesto! Sois vosotros los que debéis entrar en
razón—. Cada vez estaba más excitado. Odiaba que lo interrumpieran mientras
exponía sus ideas.
—
Estaremos en contacto entonces, pequeño profeta. Ahora
debo marcharme. Tengo una reunión para decidir si en el menú de los profesores
debe entrar el café o no. Pinta muy interesante — Se levantó de la silla y
apagó el cigarro en una de sus patas. Empezó a caminar en dirección a la puerta
pero, de pronto, se giró— Oye, ¿la bolsita que le has dado a mi amigo no
contenía ninguna substancia psicotrópica, no?
—
¿Por quién me tomas? No soy un Rey Mago para ir dando
regalos por ahí. Era harina, siempre llevo una bolsa para sobornar a la
policía. Cuando se dan cuenta del engaño, yo ya me he escapado—contestó,
mostrando una sonrisa demasiado infantil para su edad. Era un gesto que le
encantaba realizar, pues enfurecía casi siempre a su interlocutor. Como era de
esperar, pero, no tuvo el efecto deseado sobre el director.
—
No esperaba menos de alguien como tú—soltó Feith entre
risas y se perdió por el largo pasillo. Julen decidió que aquel momento merecía
ser celebrado, así que sacó de nuevo la pipa que el director que le había propuesto
que guardara y la encendió con una cerilla que encontró tirada en el suelo.
Estiró las piernas intentando buscar una posición cómoda y dio tres largas
caladas. Notó como los efectos de la hierba se extendían por todo su cuerpo.
Maldito viejo, seguía tan dominante como siempre. Pero nada importaba entonces.
La vida era bella.
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