lunes, 2 de julio de 2012

Capítulo 3



¿Cómo podía hacer tanto frío? El paisaje era completamente blanco. Nieve y hielo hacían acto de presencia en todas partes. El invierno aún no había empezado oficialmente pero a Dánae le parecía que llevaba toda la vida instalado en El Valle. Si no tanto tiempo, al menos durante los dos años que ella llevaba viviendo allí. Prácticamente no había conocido la localidad sin nieve, viento o frío, a excepción de dos meses de “verano”. El resto, siempre igual. Era probable que su cuerpo también exagerara la sensación térmica, pues dudaba que hubiera conseguido acostumbrarse a aquel clima de alta montaña, tras residir desde su infancia en una localidad próxima a Trachtil, en la que apenas conocían los abrigos. Ahora ella llevaba cuatro capas de ropa encima y, pese a ello, tiritaba de mala manera.

Tras la taza de chocolate caliente se encontraba mucho mejor. El espeso líquido le había recorrido todo el cuerpo, devolviéndole la sensibilidad a ciertas extremidades del cuerpo que tenía totalmente insensibles. Asimismo, el cacao le había aguzado los sentidos y ahora se notaba con mayor energía para continuar su camino. No tenía rumbo fijo, pues debía acudir una cita pero había calculado mal la distancia que separaba el lugar del encuentro de su residencia y se había presentado allí una hora antes. Era un desastre. No quiso volver a entrar a casa porque sabía que si lo hacía, después no sería capaz de salir. Se acostaría junto al fuego y dormiría durante días enteros. Era la única forma realmente efectiva para combatir aquel frío infernal. Hibernar, esa era la clave, como los osos. Pero no, debía empezar una relación ahora, justamente en invierno. I claro, los primeros momentos siempre eran complicados. Requerían paciencia y citas varias, pero no en casa, pues la presencia temprana de familiares podía dificultar seriamente la relación. Así que había quedado con Ulrich a las cinco, en la pequeña y desierta plaza enfrente de la biblioteca municipal, pero aún faltaban veinte minutos y no tenía el valor de sentarse, ya que temía quedarse petrificada si lo hacía. Una duda le recorría la cabeza: ¿por qué Ulrich había escogida aquel lugar para que se vieran? Había confiado ciegamente en su conocimiento del pueblo, esperando que como buen nativo de El Valle, escogiera un lugar con un buen fuego, tranquilo y apacible, en el que pudieran charlar sin ser molestados. Pero no, aquella diminuta plaza había sido su elección. Hombres… Tan raros como siempre. ¡Ahhh! Estaba desesperada. El efecto del chocolate ya se le estaba pasando y el frío le había embotado el cerebro, impidiéndole pensar con su fluidez habitual. Al no tener una necesidad primaria cubierta (el establecimiento de una temperatura corporal apropiada), su mente no le dejaba divagar sobre otras cosas. Odiaba aquello. Odiaba no poder controlar algo tan suyo como los pensamientos. Por fortuna, aún conservaba el control sobre su boca, de lo contrario, sus palabras se habrían asemejado a la de cualquier descerebrada. Era cierto, pues: la Naturaleza iguala a todos los seres.

Finalmente, divisó una sombra que se le acercaba. ¿Era Ulrich? Esperaba que sí, aunque no era capaz de distinguir la silueta, pues se había dejado las lentes de contacto en casa, debido a las prisas por no llegar tarde. Era la primera vez que le pasaba aquello: salir demasiado pronto de casa, olvidarse de algo tan imprescindible como sus lentillas… ¿No sería que estaba nerviosa e insegura? No, esa idea no podía ser cierta. Sí, era la primera relación en la que se había propuesto un objetivo. Sí, era la primera vez que un chico le discutía hasta cierto punto la victoria psicológica (pese a que cada día que pasaba ella se sentía más vencedora). Sí, era la primera vez que una misma persona se le había aparecido más de dos veces en sueños. Pero no, ella era la seguridad en persona. Si perdía aquella cualidad, se perdería a sí misma. Mientras pensaba en todo aquello, la figura se fue haciendo cada vez más visible, hasta tomar la forma de Ulrich. No había duda posible: era él. De estatura mediana, delgado pero musculoso y con un paso firme y decido, reflejo de una personalidad inquebrantable, o al menos eso creía ella. Los rizados cabellos negros le caían por la espalda y sus penetrantes ojos verdes parecían estar observando sus más profundos pensamientos. Un escalofrío recorrió todos los huesos de Dánae. Desde lejos llegaba a asustar. Su aspecto se asemejaba bastante al de un brujo de la Antigüedad y más aún si se dejaba barba, como era entonces el caso. Pese a ello, una vez lo tenías delante, te dabas cuenta de que era bastante atractivo. Pero lo que más caracterizaba a Ulrich era la hipnosis. Tenía algo que atraía a las mujeres. Dánae se había fijado en que cuando iban por la calle, a menudo, las chicas se lo quedaban mirando con actitud lasciva. En aquellos momentos, apenas podía reprimir una sonrisa de satisfacción y una mirada altiva. De momento, ella se estaba llevando el gato al agua.

Ulrich le rodeó la cintura con los brazos y la besó. Ella apenas pudo reaccionar, pues tenía los labios entumecidos.
— ¿Ocurre algo, Dánae?
    Nada en especial, solamente que estoy helada.
    Me lo temía, debí pensarlo antes, pero es que no estoy acostumbrado a entrar en bares o cafeterías.
    ¿Ni siquiera en invierno?
    Ni en invierno.
    Hombretón.
    Quizás lo sea. Apenas noto el frío, piensa que llevo veintidós años viviendo aquí—Al decir esto, Dáne se fijó en que solamente llevaba un jersey de lana, unos guantes, unos tejanos y unas altas botas marrones. Nada de abrigos. Era increíble.
    Pues yo solamente dos, así que caballero, ruego que entremos en algún lugar en el que puedas observar mis verdaderos encantos femeninos.
    ¿Estás intentando seducirme?—dijo esto con una voz claramente juguetona que provocó una risita en Dánae Aquello no se le daba demasiado bien a Ulrich, él era más directo, las sutilezas no iban con su personalidad.
    Cariño, eso hace semanas que lo he conseguido—lo tomó de un brazo y lo arrastró calle arriba en dirección a La Emperatriz, el lugar donde se había tomado antes la taza de chocolate.
    Así que hoy controlas tú la situación. El nombre de la cafetería ya lo dice todo.
    Por supuesto, no voy a dejar que vuelvas a decidir nunca más el lugar de encuentro. A partir de hoy, en esta relación mando yo—Ulrich iba a protestar, pero lo calló con un buen beso. En realidad, los hombres eran muy débiles. Sucumbían ante cualquier ñoñería sensual.

Por fin consiguió entrar completamente en calor. Un buen té y unos pastelitos de chocolate, junto con una buena posición frente al fuego habían obrado el milagro. Con todos aquellos estimulantes probablemente no pegaría ojo en toda la noche pero no le importaba. Lo más importante era estar al nivel en aquellos momentos. No pretendía aparentar nada, ni mostrarse educada, cortés o recatada. Más bien lo contrario: quería llevar al límite su personalidad. Quería estar lo suficientemente avispada para poder encandilar e hipnotizar cada vez más a Ulrich. Quería que cayera bajo su embrujo de diversión, ironía y erotismo. Quería hacerle perder la cabeza. Y, para conseguirlo, necesitaba que todas sus capacidades estuvieran al máximo nivel. ¿Cruel? Probablemente. Ulrich, ajeno a todas estas intenciones, le preguntó si al día siguiente iría a ver el partido de rugby.
— Claro que iré, ¿cómo me iba a perder “el partido más importante de la historia del club”?
      No te rías. Es cierto. Por primera vez en la historia podemos clasificarnos para el campeonato nacional. Sé que puede parecer algo insignificante pero para alguien como yo, cuya familia creó prácticamente el pueblo, es un hito memorable—entonó todas aquellas palabras con gran emoción. Era muy sentimental. Cuando era necesario mantenía las formas perfectamente pero cuando se encontraba en confianza, sufría una transformación que le permitía expresar todas sus preocupaciones más profundas sin ningún tipo de reservas. Era algo que Dánae admiraba muchísimo. Personas como Ulrich, sin máscara alguna, eran poco corrientes. Dedicándole una cálida y sincera sonrisa lo tranquilizó:
      Estoy segura que mañana realizaréis un gran partido. Y tú, como siempre, serás fundamental.
      No es eso lo que me preocupa. Mañana jugamos contra el Club de Rugby del Colegio Superior La Hondonada, situado como sabrás, en la localidad vecina a la nuestra. Pues bien, este equipo ya tiene asegurado su puesto en la fase nacional y no se juegan nada pero, sin embargo, han sido nuestros mayores rivales durante las últimas décadas y se esforzarán al máximo para acabar con nuestro sueño.
      Solamente deberéis esforzaros más entonces— ya no sabía qué decir para calamar a Ulrich. Era un chico que siempre se mostraba muy seguro de sí mismo pero en aquella ocasión, algo le torturaba la cabeza. — ¿Qué es lo que verdaderamente te inquieta, Ulrich?
      Es Julen. — Julen. Dánae no lo conocía personalmente pero, sin duda, era muy conocido en El Valle, tanto por sus excentricidades escolares, como por su alto nivel de juego. Ulrich a menudo le hablaba de él. Le contaba que era un holgazán y un irresponsable, que se lo tomaba todo a broma y que no tenía espíritu de equipo. Todo lo contrario a él, vaya. Ulrich era muy formal y serio y, al ser el capitán, debía transmitir esa disciplina a todos los jugadores. En las relaciones también parecía ser así: siempre se comportaba muy cortésmente con Dánae, jamás había llegado tarde a una cita y no se veía con otras chicas a escondidas. Era lo que ella necesitaba: un poco de estabilidad después de tantos años de altibajos. Ahora bien, ¿sentía amor por él? ¿realmente estaba enamorada o solamente salían porque él completaba su personalidad? No lo sabía. Con el tiempo, debería descubrirlo. Ulrich continuó hablando y la sacó de su ensimismamiento — He intentado convencerlo para que hoy no saliera de fiesta y se tomara el partido en serio, pero no ha habido manera. Es el jugador más desequilibrante que tenemos. Su juego a la mano es muy raro por el norte y, por eso, sorprende y desestabiliza a los rivales. Si él mañana no está bien, tendremos muy pocas opciones de ganar, pues el rival es realmente fuerte.
      Tengo un presentimiento.
      ¿Cuál?
      Que Julen mañana no solamente estará a su máximo nivel, sino que será decisivo para la victoria.
      Ojalá tengas razón.
      La tengo, he echado las cartas. Nunca fallan.
      Bruja.
      ¿Te has visto la cara?
      Serás...—de nuevo, Dánae lo calló con un largo beso. Le encantaba maniatar a los hombres. Quizás sí tenía algo de bruja.


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