¿Cómo podía hacer tanto frío? El
paisaje era completamente blanco. Nieve y hielo hacían acto de presencia en
todas partes. El invierno aún no había empezado oficialmente pero a Dánae le
parecía que llevaba toda la vida instalado en El Valle. Si no tanto tiempo, al
menos durante los dos años que ella llevaba viviendo allí. Prácticamente no
había conocido la localidad sin nieve, viento o frío, a excepción de dos meses
de “verano”. El resto, siempre igual. Era probable que su cuerpo también
exagerara la sensación térmica, pues dudaba que hubiera conseguido
acostumbrarse a aquel clima de alta montaña, tras residir desde su infancia en
una localidad próxima a Trachtil, en la que apenas conocían los abrigos. Ahora
ella llevaba cuatro capas de ropa encima y, pese a ello, tiritaba de mala
manera.
Tras la taza de chocolate
caliente se encontraba mucho mejor. El espeso líquido le había recorrido todo
el cuerpo, devolviéndole la sensibilidad a ciertas extremidades del cuerpo que
tenía totalmente insensibles. Asimismo, el cacao le había aguzado los sentidos
y ahora se notaba con mayor energía para continuar su camino. No tenía rumbo
fijo, pues debía acudir una cita pero había calculado mal la distancia que
separaba el lugar del encuentro de su residencia y se había presentado allí una
hora antes. Era un desastre. No quiso volver a entrar a casa porque sabía que
si lo hacía, después no sería capaz de salir. Se acostaría junto al fuego y
dormiría durante días enteros. Era la única forma realmente efectiva para
combatir aquel frío infernal. Hibernar, esa era la clave, como los osos. Pero
no, debía empezar una relación ahora, justamente en invierno. I claro, los
primeros momentos siempre eran complicados. Requerían paciencia y citas varias,
pero no en casa, pues la presencia temprana de familiares podía dificultar
seriamente la relación. Así que había quedado con Ulrich a las cinco, en la
pequeña y desierta plaza enfrente de la biblioteca municipal, pero aún faltaban
veinte minutos y no tenía el valor de sentarse, ya que temía quedarse
petrificada si lo hacía. Una duda le recorría la cabeza: ¿por qué Ulrich había
escogida aquel lugar para que se vieran? Había confiado ciegamente en su
conocimiento del pueblo, esperando que como buen nativo de El Valle, escogiera
un lugar con un buen fuego, tranquilo y apacible, en el que pudieran charlar
sin ser molestados. Pero no, aquella diminuta plaza había sido su elección. Hombres…
Tan raros como siempre. ¡Ahhh! Estaba desesperada. El efecto del chocolate ya
se le estaba pasando y el frío le había embotado el cerebro, impidiéndole
pensar con su fluidez habitual. Al no tener una necesidad primaria cubierta (el
establecimiento de una temperatura corporal apropiada), su mente no le dejaba
divagar sobre otras cosas. Odiaba aquello. Odiaba no poder controlar algo tan
suyo como los pensamientos. Por fortuna, aún conservaba el control sobre su
boca, de lo contrario, sus palabras se habrían asemejado a la de cualquier
descerebrada. Era cierto, pues: la Naturaleza iguala a todos los seres.
Finalmente, divisó una sombra que
se le acercaba. ¿Era Ulrich? Esperaba que sí, aunque no era capaz de distinguir
la silueta, pues se había dejado las lentes de contacto en casa, debido a las
prisas por no llegar tarde. Era la primera vez que le pasaba aquello: salir
demasiado pronto de casa, olvidarse de algo tan imprescindible como sus
lentillas… ¿No sería que estaba nerviosa e insegura? No, esa idea no podía ser
cierta. Sí, era la primera relación en la que se había propuesto un objetivo.
Sí, era la primera vez que un chico le discutía hasta cierto punto la victoria
psicológica (pese a que cada día que pasaba ella se sentía más vencedora). Sí,
era la primera vez que una misma persona se le había aparecido más de dos veces
en sueños. Pero no, ella era la seguridad en persona. Si perdía aquella
cualidad, se perdería a sí misma. Mientras pensaba en todo aquello, la figura
se fue haciendo cada vez más visible, hasta tomar la forma de Ulrich. No había
duda posible: era él. De estatura mediana, delgado pero musculoso y con un paso
firme y decido, reflejo de una personalidad inquebrantable, o al menos eso
creía ella. Los rizados cabellos negros le caían por la espalda y sus
penetrantes ojos verdes parecían estar observando sus más profundos
pensamientos. Un escalofrío recorrió todos los huesos de Dánae. Desde lejos
llegaba a asustar. Su aspecto se asemejaba bastante al de un brujo de la Antigüedad
y más aún si se dejaba barba, como era entonces el caso. Pese a ello, una vez
lo tenías delante, te dabas cuenta de que era bastante atractivo. Pero lo que
más caracterizaba a Ulrich era la hipnosis. Tenía algo que atraía a las
mujeres. Dánae se había fijado en que cuando iban por la calle, a menudo, las
chicas se lo quedaban mirando con actitud lasciva. En aquellos momentos, apenas
podía reprimir una sonrisa de satisfacción y una mirada altiva. De momento,
ella se estaba llevando el gato al agua.
Ulrich le rodeó la cintura con
los brazos y la besó. Ella apenas pudo reaccionar, pues tenía los labios
entumecidos.
— ¿Ocurre
algo, Dánae?
—
Nada en especial, solamente que estoy helada.
—
Me lo temía, debí pensarlo antes, pero es que no estoy
acostumbrado a entrar en bares o cafeterías.
—
¿Ni siquiera en invierno?
—
Ni en invierno.
—
Hombretón.
—
Quizás lo sea. Apenas noto el frío, piensa que llevo veintidós
años viviendo aquí—Al decir esto, Dáne se fijó en que solamente llevaba un
jersey de lana, unos guantes, unos tejanos y unas altas botas marrones. Nada de
abrigos. Era increíble.
—
Pues yo solamente dos, así que caballero, ruego que
entremos en algún lugar en el que puedas observar mis verdaderos encantos
femeninos.
—
¿Estás intentando seducirme?—dijo esto con una voz claramente
juguetona que provocó una risita en Dánae Aquello no se le daba demasiado bien
a Ulrich, él era más directo, las sutilezas no iban con su personalidad.
—
Cariño, eso hace semanas que lo he conseguido—lo tomó
de un brazo y lo arrastró calle arriba en dirección a La Emperatriz, el lugar
donde se había tomado antes la taza de chocolate.
—
Así que hoy controlas tú la situación. El nombre de la
cafetería ya lo dice todo.
—
Por supuesto, no voy a dejar que vuelvas a decidir
nunca más el lugar de encuentro. A partir de hoy, en esta relación mando
yo—Ulrich iba a protestar, pero lo calló con un buen beso. En realidad, los
hombres eran muy débiles. Sucumbían ante cualquier ñoñería sensual.
Por fin consiguió entrar
completamente en calor. Un buen té y unos pastelitos de chocolate, junto con
una buena posición frente al fuego habían obrado el milagro. Con todos aquellos
estimulantes probablemente no pegaría ojo en toda la noche pero no le importaba.
Lo más importante era estar al nivel en aquellos momentos. No pretendía
aparentar nada, ni mostrarse educada, cortés o recatada. Más bien lo contrario:
quería llevar al límite su personalidad. Quería estar lo suficientemente
avispada para poder encandilar e hipnotizar cada vez más a Ulrich. Quería que
cayera bajo su embrujo de diversión, ironía y erotismo. Quería hacerle perder
la cabeza. Y, para conseguirlo, necesitaba que todas sus capacidades estuvieran
al máximo nivel. ¿Cruel? Probablemente. Ulrich, ajeno a todas estas
intenciones, le preguntó si al día siguiente iría a ver el partido de rugby.
— Claro que
iré, ¿cómo me iba a perder “el partido más importante de la historia del club”?
—
No te rías. Es cierto. Por primera vez en la historia
podemos clasificarnos para el campeonato nacional. Sé que puede parecer algo
insignificante pero para alguien como yo, cuya familia creó prácticamente el
pueblo, es un hito memorable—entonó todas aquellas palabras con gran emoción.
Era muy sentimental. Cuando era necesario mantenía las formas perfectamente
pero cuando se encontraba en confianza, sufría una transformación que le
permitía expresar todas sus preocupaciones más profundas sin ningún tipo de
reservas. Era algo que Dánae admiraba muchísimo. Personas como Ulrich, sin
máscara alguna, eran poco corrientes. Dedicándole una cálida y sincera sonrisa
lo tranquilizó:
—
Estoy segura que mañana realizaréis un gran partido. Y
tú, como siempre, serás fundamental.
—
No es eso lo que me preocupa. Mañana jugamos contra el
Club de Rugby del Colegio Superior La Hondonada, situado como sabrás, en la
localidad vecina a la nuestra. Pues bien, este equipo ya tiene asegurado su
puesto en la fase nacional y no se juegan nada pero, sin embargo, han sido
nuestros mayores rivales durante las últimas décadas y se esforzarán al máximo
para acabar con nuestro sueño.
—
Solamente deberéis esforzaros más entonces— ya no sabía
qué decir para calamar a Ulrich. Era un chico que siempre se mostraba muy
seguro de sí mismo pero en aquella ocasión, algo le torturaba la cabeza. — ¿Qué
es lo que verdaderamente te inquieta, Ulrich?
—
Es Julen. — Julen. Dánae no lo conocía personalmente
pero, sin duda, era muy conocido en El Valle, tanto por sus excentricidades
escolares, como por su alto nivel de juego. Ulrich a menudo le hablaba de él.
Le contaba que era un holgazán y un irresponsable, que se lo tomaba todo a
broma y que no tenía espíritu de equipo. Todo lo contrario a él, vaya. Ulrich
era muy formal y serio y, al ser el capitán, debía transmitir esa disciplina a
todos los jugadores. En las relaciones también parecía ser así: siempre se
comportaba muy cortésmente con Dánae, jamás había llegado tarde a una cita y no
se veía con otras chicas a escondidas. Era lo que ella necesitaba: un poco de
estabilidad después de tantos años de altibajos. Ahora bien, ¿sentía amor por
él? ¿realmente estaba enamorada o solamente salían porque él completaba su
personalidad? No lo sabía. Con el tiempo, debería descubrirlo. Ulrich continuó hablando
y la sacó de su ensimismamiento — He intentado convencerlo para que hoy no
saliera de fiesta y se tomara el partido en serio, pero no ha habido manera. Es
el jugador más desequilibrante que tenemos. Su juego a la mano es muy raro por
el norte y, por eso, sorprende y desestabiliza a los rivales. Si él mañana no
está bien, tendremos muy pocas opciones de ganar, pues el rival es realmente
fuerte.
—
Tengo un presentimiento.
—
¿Cuál?
—
Que Julen mañana no solamente estará a su máximo nivel,
sino que será decisivo para la victoria.
—
Ojalá tengas razón.
—
La tengo, he echado las cartas. Nunca fallan.
—
Bruja.
—
¿Te has visto la cara?
—
Serás...—de nuevo, Dánae lo calló con un largo beso. Le
encantaba maniatar a los hombres. Quizás sí tenía algo de bruja.
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