Antro. Llamaban a La Guarida
“antro”. Sí, quizás era un poco oscura, pero para Julen no era un antro, sino
más bien un hogar. No sabía cuantas horas había pasado en aquel pub pero, sin
duda, habían sido muchísimas. Allí ahogaba sus penas y se encontraba con los
pocos amigos que tenía. Allí nadie se sorprendía al verlo, pues todas las
personas que frecuentaban el local eran raras para los ojos del resto de la
sociedad. Allí él no era una excepción. Allí se sentía muy humano. Tras
quitarse las orejeras que le protegían del frío de aquella noche, decidió
entrar. Nada más cruzar el umbral de la puerta, una curiosa mezcla de olores
entre los que pudo distinguir un fuerte aroma a hidromiel y hierba le dio la
bienvenida. El sonido del rock le hizo sonreír. Un cálido recibimiento, sin
duda.
—
Buenas noches, rubiales — Julen sonrió. Sabía
perfectamente de dónde procedía aquel piropo. Era Sabrina, la joven propietaria
de La Guarida. Julen se giró hacia la barra y le devolvió la mejor de sus
sonrisas.
—
Hoy estás especialmente guapa, Sab—La chica rompió en
sonoras carcajadas y todo su ser pareció retumbar. No resultaba atractiva para
la mayoría de los hombres, pues su altura y su robustez no le conferían un
aspecto demasiado femenino. Eso sí, Julen encontraba que una de las mayores
maravillas del mundo era su rostro, que derrochaba bondad por todas partes.
Además, Sab era una buena amiga, que compartía muchos de sus ideales, pero que
cuando era necesario pararle los pies, no dudaba en hacerlo (pues Julen
reconocía que en muchas ocasiones se irritaba en exceso). Pero por lo que él
más la apreciaba era por ser una gran amante. Entre ellos no había ni una gota
de amor, ni siquiera de atracción, pero se ayudaban el uno al otro a calmar su
apetito sexual. Sab quizás estuviera adivinando sus pensamientos y le dedicó
una mirada lasciva que inmediatamente cambió por una seria expresión.
—
Decir mentiras no hará que me olvide de todas las
jarras de hidromiel que aún me debes, Julen.
—
No serán tantas, Sab. De momento llama a ese esclavo
que tienes de camarero y ordénale que me lleve una jarra a la mesa de siempre.
—
No es mi esclavo, yo le pago.
—
Por supuesto, de la misma forma que yo te pago a ti. Un
día de estos te cortaré la cabeza y liberaré a ese pobre muchacho. ¡Abajo la
servidumbre! — Sab volvió a reír y Julen se despidió de ella con su
característico guiño. A continuación, se dirigió hacia el fondo del pub. Fue
saludando a algunos compañeros de bebida durante el trayecto, mientras la
maravillosa música del lugar le inundaba los oídos, de forma suave, como cuando
el curso de un río se desviaba y llenaba por completo algún pequeño socavón. A
medida que avanzaba, iba admirando los sorprendentes cuadros, pósters y
fotografías que inundaban La Guarida. Podía entrar allí millones de veces, pero
jamás se cansaría de sorprenderse ante creaciones tan originales, que
expresaban tantas cosas. Finalmente llegó junto a una columna en la que estaba
escrito el Valönda, el poema épico que narraba la creación de El Valle. Julen
lo había leído y releído, pero jamás alcanzaba a comprender la totalidad de su significado, pese a que él
entendía perfectamente el antiguo dialecto de slëdish en el quehabía sido creado. Era algo que le incitaba a
estudiar. Quizás era, de hecho, por lo único que seguía estudiando.
—Eh, Julen!
Deja de babear ante ese trozo de piedra, ¿quieres? Lo que deberías hacer es
apreciar mi nuevo cuadro.
—No te esfuerces,
Julen, es igual de horrible que el de la semana pasada.
— ¿Que sabrá
de pintura un músico itinerante como tú?
—
Chicos, no empecéis— Julen rió por lo bajo. Dan, el
pintor psicodélico. RL, el guitarrista callejero. Chloë, la actriz pacifista.
Y, sumida en el silencio, como casi siempre, Gilda, que, curiosamente, era la
única de todos ellos que había adquirido un poco de renombre gracias a sus
complejos cuentos. Aquella era la única familia que Julen tenía en El Valle.
Todos estudiaban en el Centro Superior de Artes y, por momentos, parecían vivir
en otro mundo, alejados de los problemas terrestres. Pero faltaba alguien.
—
¿Dónde está Alexander?
—
¡Ah! En aquel rincón de allí—RL le indicó una oscura
esquina, alejada de las tenues lámparas del pub. Julen miró hacia allí y a
duras penas consiguió distinguir dos figuras.
—
¿Y qué está haciendo, si se puede saber?
—
Ligar, como siempre—RL rió, pues siempre que Alexander
intentaba conquistar a una chica, esta le daba calabazas. Sin embargo, Julen,
se estaba dirigiendo hacia allí, dispuesto a quitarle la presa a su amigo.
—
¡Rubiales! ¡Espera!— Dan se levantó y le obligó a
detenerse— No vayas, la chica en cuestión es Samantha.
—
¿Samantha Cuthbert?—Julen no podía creérselo.
—
La misma— Dan hizo un gesto negativo con la cabeza y le
ofreció una silla a Julen. Este último aceptó el ofrecimiento y se sentó entre
él y Gilda.
—
¿Por qué habéis dejado que lo haga?—Julen seguía sin
comprender cómo Alexander había tenido el valor de flirtear con Samantha
Cuthbert. Era demasiado para su amigo y, para casi cualquier hombre.
—
¡Eh! Nosotros no hemos podido hacer nada. Cuando hemos
llegado, tu querido Alexander ya estaba haciendo de las suyas—replicó Chloë— ¿Deberíamos
haberlo interrumpido?
—
No, ya sabéis que os habría odiado para siempre —Julen
suspiró. Estaba realmente preocupado por su amigo— ¿Cuánto tiempo lleva ahí?
—
Una hora— fue Gilda quien respondió. No conocían el
motivo, pero siempre llevaba el tiempo controlado.
—
¡Una hora! ¿Es ese un nuevo récord, RL?—Julen había
pasado de la preocupación a la euforia. Su amigo, sin duda estaba teniendo
éxito. Se lo merecía
—
Lo es, amigo, lo es. Su mejor marca estaba en… a
ver…—RL se sacó una vieja libreta del bolsillo de la chaqueta y consultó unas
notas— ¡Aquí lo tengo! El tiempo máximo que había durado hablando con una chica
era de quince minutos y dieciséis segundos. Y esto ocurrió la semana pasada.
Por cierto, llegas una hora tarde.
—
Lo sé, estaba descansado, como siempre. Pero, ¿cómo ha
podido Alexander progresar en tan poco tiempo? Dan, ¿estás detrás de este hecho
tan sorprendente?—Julen era incapaz de explicarse tal mejoría.
—
¿Por quién me tomas, Julen? Yo no vendo mis armas de
seducción así como así. Alexander debería haberme dado su alma para que hubiera
aceptado enseñarle cómo ligar — RL no se aguantaba la risa. Incluso se quitó el
gorro de lana, acción que rara vez realizaba, para golpearlo contra la mesa. La
ira de Dan crecía por momentos.
—
¿Qué te hace tanta gracia, guitarrista rapado?
—
La eficacia de tus dotes de seducción. Son tan buenas
que hasta Patt cayó en tus redes — Todos rieron, incluso Gilda. Todos sabían
quién era Patt y, cómo Dan, durante una fiesta lo besó creyendo que era
Christine, la chica con la que había mantenido una relación en el pasado y de
la que seguía enamorado.
—
Yo… Iba muy borracho y era muy oscuro. Creí…—pero nadie
le escuchaba, todos continuaban riendo. Dan decidió hundirse en la silla. Julen
sentía pena por él y le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Su amigo intentó
devolvérsela, pero era obvio que aquella historia le afectaba profundamente.
Era un buen tipo y, ciertamente, muy apuesto. Sus dotes de seducción eran
grandes, no tan eficaces como las suyas, pero muy útiles. La historia de Patt,
pero, le acompañaría toda la vida. Chloë hizo un esfuerzo para parar de reír y
pedirles silencio. Los demás pudieron ver cómo sus labios articulaban las
palabras: “Viene Alexander”. Y en efecto, el chico pelirrojo se acercaba a
ellos. Pero fue arrollado. El joven esclavo de Sab, Ot, había trastabillado y
caído sobre su amigo, volcando sobre su jersey una jarra de hidromiel. De
nuevo, la mesa prorrumpió en multitud de risas. Julen se mantuvo al margen. Su
amigo estaba bien, seguro. Lo que le preocupaba era la jarra. “Que no sea la
mía, por favor, que no sea la mía”. Cruzó todos los dedos posibles. Al mismo
tiempo, el quinceañero Ot se disculpaba con Alexander, quien lo tranquilizaba.
El pequeño esclavo se dirigió a Julen, con la cabeza gacha y un respeto
excesivo:
—
Perdone, pero esa era su jarra. Inmediatamente le
traigo otra— “Mierda. Lo sabía”. Debía tranquilizarse.
—
No te preocupes chico. Es culpa de mi amigo ligón— le dedicó una sonrisa. Ot pareció calmarse y
se fue corriendo hacia la barra. El comentario, sin embargo, pareció no sentarle
muy bien a Alexander, que se acercó a la mesa con cara de pocos amigos.
—
Y bien, ¿cómo te ha ido esta vez pequeño Casanova?—
Julen se estaba divirtiendo. Era cierto que estaba preocupado por su amigo,
pero para él las tragedias amorosas jamás habían existido y cuando fingía que
le importaban, siempre se las tomaba con ironía.
—
¿Casa-qué? — Julen notó el tono y la cara de
desconcierto de Alexander, que acababa de sentarse en una silla que cogió de
una mesa contigua. Suspiró. “Siempre olvido que ellos no conocen prácticamente
nada de los Años Antiguos”, pensó.
—
Giacomo Casanova era un multiempleado humano del siglo
XVIII de los Años Antiguos, famoso por sus múltiples conquistas amorosas. Según
él mismo, fueron 132— Dan y RL se miraron sorprendidos. Chloë murmuró algo con
el ceño fruncido. Gilda… Gilda ni se inmutó. Alexander estaba impaciente por
hablar, como siempre.
—
Sí, sí, todo eso está muy bien rubiales, pero ahora no
nos interesa, pues primero me has preguntado por mi encuentro con Samantha y no
has dejado que respondiera—se colocó bien las gafas y realizó un gesto triunfal
con la cabeza.
—
Adelante, pues.
—
Bien, hay que tratarte con mano dura, si no… Hace
aproximadamente una hora, veinte minutos y treinta y cuatro segundos —no miró
para nada el pequeño reloj de pulsera que llevaba en la muñeca izquierda— entré
por esa puerta de ahí—hizo un exagerando gesto con la mano señalando el
portalón negro de La Guarida— y cuando me dispuse a venir hacia esta misma mesa
en la que nosotros, hermanos de alma, estamos compartiendo este sagrado tiempo.
— “¿hermanos de alma? ¿sagrado tiempo? ¿se podía ser más dramático? ¿por qué
estudiaba fotografía? ¡lo suyo era el teatro!” Julen apenas pudo reprimir una
sonrisa. Aquella faceta de Alexander le encantaba. Esa forma de reírse de uno
mismo era simplemente genial, pues obviamente su amigo montaba aquel paripé
adrede, aunque la mayoría de los mortales no lo sabían. Prosiguió su fantástica
narración. — ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Yo me dirigía tranquilamente hacia aquí
cuando, de pronto, he notado que algo muy suave me acariciaba el brazo.
Entonces, me he girado y ¡Samantha Cuthbert! ¡Samantha Cuthbert tocándome con
sus delicadas manos! No me lo podía creer. Me invitó a sentarme en su mesa,
pues quería charlar un rato conmigo. Estaba en un sueño: la chica más altiva,
desdeñosa y quizás más atractiva de El Valle había invitado a tomar asiento a
un triste veinteañero pelirrojo mucho más conocido por sus desengaños amorosos
que por sus magníficas fotografías. ¡Pero han sido las fotografías las que me
han dado la gloria hoy!—Y se puso a reír y a reír y a reír. Y par él nada
importaba. Y para él, todo era felicidad. Y de repente, se detuvo. Parecía
haberse acordado de repente que tenía al público atónito—Sí, sí, me ha dicho
que el fin de semana pasado había acabado en la sala de exposiciones de la
biblioteca tras una noche loca, hecho que aún considero bastante inexplicable,
pero bueno—Julen conocía muy bien todos los detalles de aquella noche, pero
consideró que no era el momento para comentarlo. Sonrió pícaramente y continuó
escuchando—Al parecer, iba muy borracha y encontró mi exposición simplemente…
¿Cómo ha dicho? Simplemente… ¡Ahh! “Simplemente sensacional”. Al día siguiente,
pero, volvió, pues debía comprobar que esa sensación de sensacionalidad no era fruto del alcohol. ¡Y no, no lo era!
Realmente le gustaron, resulta que es una gran amante de la fotografía. Hemos
estado hablando de planos, técnicas, conferencias… Hemos reído mucho. En
realidad es una chica como otra cualquiera en las distancias próximas. — Julen
sonrió de nuevo. “No, no es una chica cualquiera”. Después hablaría a solas con
Alexander y le contaría cuatro cosas sobre Samantha Cuthbert. Ahora le dejaría
disfrutar de su gloria, mientras él también disfrutaba con su pipa. Aquel día
había fumado menos de lo habitual, pues se la había dejado en casa y entre
clases no había podido utilizarla. Sí, algún que otro cigarrillo había caído,
pero no era lo mismo.
—
¿Distancias próximas? ¿De dónde has sacado esa
expresión? ¿Eso existe Gilda?—RL siempre intentaba desacreditar a todo el
mundo. Alocado, impertinente y en ocasiones muy molesto pero, en el momento de
trabajar, era el más formal de todos. Extraña contradicción. ¿Pero no estaba,
acaso, la vida llena de contradicciones y sinsentidos?
—
Yo jamás la
había escuchado. —RL sonrió—Ahora bien, los artistas creamos, ¿no? Si no, ¿qué
sería de nosotros? — Gilda parecía divertirse con todo aquello. Sus profundos y
oscuros ojos la delataban.
—
Sí, pero antes debemos conocer las bases sobre las que
se fundamentan las artes.
—
¿Y por qué no derrumbamos las bases?— Dan tenía el
hábito de enzarzarse en discusiones continuas con RL.
—
Ya tuvo que intervenir el pintor abstracto, cuyos
cuadros no los entiende ni un loco.
—
¿Y tus canciones? Lo único que consigues es imitar lo
que ya se ha tocado e interpretado miles de veces — Aquel comentario encendió
la mecha. Ambos empezaron a soltarse críticas, insultos y acusaciones.
Alexander intentó calmarlos pero fue en vano y, muy probablemente, pasó a
reflexionar sobre el buen rato que había pasado con Samantha Cuthbert, pues su
rostro denotaba una felicidad absoluta. Julen también se aisló. Lo hacía a menudo.
No es que la discusión no fuera interesante, no. El problema residía en que
aquel tema ya lo habían tratado en multitud de noches y, el resultado era
siempre el mismo: Dan y RL se atacaban mutuamente mientras el resto observaba.
Así que Julen pasó a disfrutar de su pipa y la jarra de hidromiel que le
acababa de traer el servicial Ot. Detectó, sin embargo, la mirada de Chloë
clavada en sus ojos. Aquello, ciertamente, llegaba a desconcertarlo por
momentos. ¿Qué quería? No era la primera vez que lo hacía. Julen no sabía si la
chica sentía atracción, admiración u odio por él. Siempre eludía el tema.
Quizás solamente estuviera comparando sus tonos de cabello, para ver quien de
los dos lo tenía más rubio. Chloë era una buena amiga, si no fuera así,
aquellas miradas le habrían bastado a Julen para lanzarse sobre ella. Abandonó
aquellos pensamientos que no conducían a nada, ni real ni imaginario, y se
propuso disfrutar de aquel momento de paz y armonía interior. Su aspecto no
distaba mucho del de Alexander. ¿Acaso no se podía igualar el placer mental al
carnal?
Había transcurrido casi media
hora desde que Dan y RL iniciaron la pelea. Alexander seguía atontado. Chloë y Gilda habían decidido mantenerse al
margen de la discusión y dialogaban en murmullos de agua. Julen se había
quedado medio dormido contemplándolas. No entendía como Chloë conseguía que la
tumba de Gilda se abriera. Solamente ella parecía capaz de tal hazaña. Tampoco
sabía el motivo por el cual se quedaba dormido en todas partes. ¿Narcolepsia?
Probablemente. De pronto, un silencio cercano lo acabó de despertar. Sus dos
amigos habían dejado de discutir. Tenían las caras rojas, las venas del cuello
hinchadas y los ojos fuera de sus órbitas. Jadeaban, resoplaban, gemían. Eran
dos niños pequeños a los que sus padres les habían permitido pelearse para que
así liberaran tensiones y rabietas. RL se secó el sudor de su rapada cabeza con
una servilleta. Dan se estirazó varias veces. Estaban agotados. Julen comprobó
cómo Chloë y Gilda también observaban a la singular pareja. Alexander se unió a
ellos. RL fue quien rompió el pequeño silencio.
—
¿Sabéis? Ya he encontrado un local para instalar la
redacción de nuestro diario. — Julen ordenó a su cerebro concentración. Aquel
tema le interesaba. Él y sus amigos llevaban varios meses barajando la idea de
crear un diario alternativo. Un diario en papel que se opusiera a la falsa
democracia del país. Un diario libre, que no estuviera controlado por políticos
o empresarios. Un diario sin publicidad, financiado mediante microcréditos y
algún que otro mecenas (aquí entrarían en juego los multimillonarios padres de
RL). Para Julen, además, sería un lugar en el que poder publicar la verdad
sobre los Años Antiguos, aunque sería algo realmente arriesgado. El gobierno
central había prohibido desde hacía siglos cualquier investigación sobre aquel
pasado. ¿Por qué? ¿Qué se escondía detrás de la casi extinción de la especie
humana millones de años atrás? ¿Cómo era el mundo antes? ¿Se asemejaba al de
ahora? Lo poco que conocían era gracias a algunos documentos que los escasos supervivientes
de los Días Antiguos (y consecuentemente antepasados de todas las personas que
poblaban en aquel momento el planeta). El problema residía en que los textos
estaban en slëdish un idioma común
entonces que, según los expertos, había adquirido diferentes dialectos, como el
inglés, el español o el francés. Julen no estaban de acuerdo. En su opinión
todos aquellos dialectos eran idiomas diferentes, pues en varias ocasiones
presentaban una gramática y unos alfabetos muy distintos. Los estados, pero, se
empeñaban en mantener aquella teoría de unidad lingüística. ¿Por qué? Alguna
razón de peso debía haber. Cuando vivía en Trachtil, los padres de Julen, ambos
universitarios, le enseñaron varios “dialectos” de slëdish. Murieron por hacerlo. La persona que los denunció, pero,
también perdió la vida.
—
¿Dónde está el local, RL? — Julen estaba ansioso por
saberlo.
—
Pues justo detrás de tu amada biblioteca. En la calle
Thobias Flint.
—
Es un buen lugar. No está demasiado frecuentada,
podremos trabajar sin demasiados problemas. Además, al estar cerca de la
biblioteca, tendremos la oportunidad de transportar fácilmente libros y
documentos, en especial en slëdish…
—
¡Julen!—fue Chloë quien intervino— No deseamos que nos
cierren el chiringuito nada más empezar, así que cuidado con tu slëdish.
—
¿Qué teméis, Chloë? Aquí, en el norte, el control sobre
este tema es ínfimo. Solamente debes girar la cabeza. ¡Tienes el Valondä
escrito en slëdish en una columna de
un pub! Esto en Trachtil sería
completamente inimaginable.
—
Lo permiten porque Sab soborna a los inspectores con
jarras gratis.
—
¿Y por qué no podemos hacer nosotros lo mismo? ¿Acaso
RL no nos ha explicado en multitud de ocasiones que sus padres, sin duda
alguna, nos costearían el inicio del proyecto? ¿Por qué no emplear parte de ese
dinero para sobornar a las autoridades? Al fin y al cabo, ellos son los que
están cometiendo los delitos —lanzó una furtiva mirada a RL. Este se limitó a
asentir con la cabeza. Era demasiado complicado discutir con él. Julen sabía
que la familia de RL era muy rica, gracias a la explotación de las antiguas
minas de carbón. Aún así, su amigo jamás había aceptado ni una moneda de ellos.
Todo lo que había logrado se lo debía a su talento y esfuerzo. Julen lo
admiraba por ello. Francamente, no sabía que hubiera hecho él si sus padres
tuvieran tal fortuna. Probablemente, se habría convertido un ricachón sin
escrúpulos. La formación del diario, pero, era un caso diferente. Si
prescindían del mecenaje, deberían recurrir a la publicidad, pues aunque todos
ellos trabajaban, carecían de los fondos necesarios para iniciar el proyecto.
El recurso de la publicidad influiría, sin duda, en sus publicaciones, algo que
deseaban evitar a toda costa. De ahí la importancia de los padres de RL que,
sabedores de que su hijo jamás les había pedido dinero, habían aceptado
ayudarles gustosamente. Ambos eran, además, unos opositores en secreto del
gobierno del Estado, así como del terrateniente que ocupaba el cargo de alcalde
de El Valle.
—
Pienso que Julen tiene razón. No tiene por qué ocurrir
nada. Al crear un diario, no tenemos la obligación de notificarlo a las
autoridades, ni tampoco indicar el lugar de la imprenta o redacción. Podemos
publicar lo que deseemos desde la clandestinidad sin llamar la atención. Si
además sobornamos a los inspectores de contenidos, el proyecto podrá resultar
exitoso. — Sorprendentemente fue Gilda quien pronunció aquellas palabras.
Sonreía. Julen sabía que tras aquella silenciosa máscara se escondía una
personalidad inquebrantable. A diferencia de la mayoría de la población de la
Cuarta Provincia, no se mostraba nada temerosa ante la ley. Habría encajado
perfectamente en el sur. Le devolvió la sonrisa.
—
Entonces, ¿cuándo empezamos? — preguntó Dan.
—
Antes deberíamos amueblar el local. Seguro que en los
periódicos podemos encontrar alguna buena oferta. RL, tú siempre llevas encima El Corresponsal, ¿te importaría que le
diera una ojeada? — RL tragó saliva y miró nervioso a sus a sus compañeros.
Ellos también tenían una cara de circunstancias. Gilda, obviamente, era la
excepción. ¿Qué ocurría?
—
Lo siento, hoy no lo he traído, Julen.
—
RL, eres músico, no actor. Sé cuando mientes. Anda,
pásamelo. No le diré a nadie los números de chicas que has marcado.
—
Te repito que no lo he traído.
— ¡Robert Louis! Deja de engañarme. Solamente te estoy
pidiendo que me prestes un momento el diario, para beneficio de todos. Lo
llevas en esa vieja chaqueta tuya. Antes he visto cómo se asomaba por uno de
tus bolsillos interiores. — RL se dio por vencido.
—
¿Por qué eres tan observador? Si es tu deseo, te lo
dejaré, pero debes saber que todos nos oponemos a que lo hojees— Julen observó
al resto de sus amigos. Todos ellos asintieron con la cabeza. Gilda le tomó la
mano.
—
Julen, aunque
sea sorprendente, hoy, en este periódico reside la verdad. Esta verdad puede
ser realmente dolorosa para ti, pues ya sabes que en muchas ocasiones la
ignorancia es la felicidad — se levantó y husmeó en los bolsillos de la
chaqueta de RL, quien parecía estar en trance. De uno de ellos sacó El Corresponsal y se lo tendió. Alexander
iba a protestar, pero acabó callando. Nada detendría a Julen. Este fue pasando
páginas, buscando ¿qué? ¿qué buscaba? No lo sabía. Si sus amigos habían
intentado ocultárselo debía ser algo grave. Realmente grave. Al fin, descubrió qué
era. Estaba en la página de Sucesos:
Una joven es
hallada ahorcada en su habitación
REDACCIÓN — El
cuerpo ahorcado de una joven fue hallado ayer por los agentes policiales en una
casa de la calle Marcel Desmaitre. El cuerpo no presenta signos de violencia,
por lo que todo parece indicar un suicidio, pero los agentes insisten en que
deben realizar una autopsia antes de afirmar nada. Fue uno de los vecinos quién
alertó a la policía, pues la joven llevaba una semana sin salir de casa. Cuando
las autoridades penetraron en el domicilio, encontraron a la chica ahorcada con
una soga en su propia habitación. La policía halló también varias maletas con
ropa dentro, hecho que sugiere que estaba a punto de marchar. La joven, llamada
Helena S.T. tenía veintiún años y vivía sola. No se le conocen familiares en El
Valle.
Julen dejó el periódico sobre la
mesa. No se lo podía creer. Helena, muerta. Ahora comprendía perfectamente por
qué sus amigos habían tratar de evitar a toda costa que leyera aquella
información. Helena era una de las personas que Julen más amaba. Había sido la
primera que conoció al llegar a El Valle. Ella tampoco era nativa del
municipio, ni siquiera del Estado. Helena procedía de una nación vecina y había
llegado a El Valle para heredar las posesiones de su abuelo, quien se había
instalado allí años atrás para trabajar en las minas de carbón. En su país,
Helena vivía con sus tíos, pues sus padres habían muerto en una manifestación
cuando ella apenas tenía dos años. Aquella era la causa de su viaje a El Valle:
empezar de nuevo, crear su propia vida. Y lo hizo. Heredó la casa de su fallecido
abuelo, cultivó las tierras que poseía e instaló su propia parada de productos
en el mercado municipal. Allí fue dónde Julen la conoció, cuando el primer día
de su estancia en el pueblo decidió comprar algo para calmar su apetito.
Helena, al ver su desastrosa apariencia (pues durante el último trayecto de su
viaje Julen había tenido que caminar durante más de una semana por el bosque,
debido a que el desfiladero de Vlustka estaba cerrado por las aludes, hecho que
impedía la circulación de vehículos), no le cobró aquello que compró. Entonces,
iniciaron una gran amistad. Julen la visitaba a diario en el mercado.
Charlaban. El chico conocía el idioma nativo de Helena, el gallio, que pese a parecerse mucho al suyo (en aquella época los
gobiernos instauraban idiomas prácticamente iguales en todos los países) tenía
una entonación diferente, y, a menudo, hablaban en aquella lengua, para que
oídos extraños no captaran el significado de sus conversaciones. Además,
resultó que Helena era una estudiosa del slëdish
y de los Años Antiguos, como él. Hablaban a menudo del pasado. Divagaban
sobre cómo debía ser el mundo antes. Comían, bebían, reían y hacían el amor.
¿Pareja? No. Ninguno de los ambos entendía plenamente el concepto de compromiso
o de amor. Simplemente, disfrutaban de la compañía de otra persona que
compartía las mismas inquietudes y, de paso, satisfacían sus instintos más
básicos.
Una semana atrás. Aquel había
sido el punto de inflexión. Helena le había explicado que debía volver durante
un tiempo a su país para resolver algunos asuntos relacionados con sus
documentos de identidad. Había prometido que volvería, aunque desconocía
cuándo. Julen, al saberlo, se entristeció. Sus amigos le dijeron que el único
inconveniente que suponía para él la marcha de Helena era que se quedaría sin
una de sus amantes preferidas. En el fondo sabían bien lo que significaba
aquella chica para su amigo. Por su parte, Julen decidió despedirse de ella a
lo grande. El día antes de su salida del país, le preparó una buena cena
(decían que cocinaba bien) y abrió varias botellas de buen vino. Pero lo que
más recordaba no era la comida o la bebida, ni siquiera las risas y bailes. Aquello
parecía estar un poco borroso. Sin embargo, veía claramente a Helena quitándose
sensualmente sus gafas con un gesto altamente pícaro. Observaba cómo iba despojándose
progresivamente de la ropa y dejando desnudo su frágil pero esbelto cuerpo:
ahora el jersey de lana, luego los tejanos, posteriormente los culotes… Notaba
su suave piel en la yema de los dedos. Una piel bronceada por las duras horas
de trabajo al sol. Una piel con cicatrices que poco a poco iban sanando al son
de la música vital. Sus lenguas eran dos llamaradas que provenían de fuegos
distintos, sí, pero que durante unos instantes se unían en uno solo, haciendo
aumentar la temperatura de sus cuerpos; creando un gélido silencio a su
alrededor. El acto no era para nada brutal a diferencia de cuando se producía
con otras chicas, pues no era solamente algo carnal, sino que aspiraba a ser
mucho más profundo. A través de los cuerpos pretendían conocer las proyecciones
de las almas del otro, conocerlas, adentrarse en ellas y finalmente, comprender
enteramente el alma. ¿El objetivo? Aislarse en una burbuja mística que les
hiciera olvidar todo lo pasado y los abstrajera del futuro, obligando a sus
mentes a concentrarse en el tiempo presente. Era una sensación extraña, cómo
estar dormido, pero sin estarlo. Se despertaba, Helena aún permanecía tumbada
en el suelo, plácidamente flotando en el mundo de los sueños. Apenas sus nalgas
estaban tapadas por una fina sábana. Su boca esbozaba una dulce sonrisa. Debía
irse ya. Tenía partido y, por otra parte, no sería nada bueno perpetuar aquella
situación. Se vistió rápidamente, sin dejar de clavar sus ojos en aquel cuerpo,
en aquel rostro ahora plácido y antes en trance. Se acercó a ella y le besó la
mejilla derecha. Helena giró la cara instintivamente, abrió ínfimamente los
ojos y posó sus labios sobre los de Julen, para tras unos eternos instantes,
despegarlos suavemente, pronunciado un “Au
revoir” que, en lugar de una despedida, se asemejaba más a un cálido y
lascivo recibimiento. Julen salió trastabillando de la habitación, aún
embriagado por la sensación aquella última unión. Y ahora, esa alma que ambos
habían creado estaba sufriendo, pues una parte de ella había perdido su
corporeidad, que no su existencia. ¿Cómo había ocurrido? Las autoridades
pensaban que se había suicidado. Julen estaba seguro que no. Hacía tiempo que
Helena había sanado sus heridas y, si estuviese metida en algún problema, él
sería una de las primeras personas en saberlo. La habían asesinado. No existían
indicios de violencia, pero no importaba, aquella era la verdad y tarde o
temprano se descubriría. Se levantó repentinamente de la silla. Sus amigos lo
miraban, expectantes. Entonces se dirigió a la barra.
— Sab, necesito cantar la canción que ya
conoces. En la que trabajamos tanto tiempo. RL estará a la guitarra, el resto
pueden ser los miembros de la banda del pub— Sab quizás no conocía el motivo de
todo aquello, pero el tono neutro de la voz de Julen le hizo comprender al
instante que era algo importante para él. Así que se limitó a asentir con la
cabeza y a dar señas a los miembros del grupo de música que tocaba en el pub
para que subieran al escenario. Entonces sacó dos micrófonos de la barra, tomó
por el brazo a Julen y ambos se dirigieron al pequeño escenario que se situaba
al fondo del local. Allí estaban ya los músicos, entre los que se encontraba un
guitarrista, un bajista, y un vocalista que, probablemente, no tendría trabajo
aquella noche. RL se estaba incorporando incorporaba también, pues ya había
sacado su guitarra eléctrica del estuche y repartía entre el resto de músicos
unas partituras que Sab se había apresurado a darle. Esta última conectó su
micrófono y tomó la palabra:
—
Estimados clientes — el volumen de las conversaciones
menguó. Acabaron convirtiéndose en susurros—
Tengo el placer de comunicarles que en unos instantes, nuestro querido Julen
interpretará para todos nosotros la canción llamada Helena, del antiguo grupo MCR. No sabemos prácticamente nada sobre
sus integrantes, pero la canción fue encontrada en los archivos secretos de la
biblioteca municipal y Julen y una servidora nos encargamos de traducirla. Pese
a ello, la cantará en su idioma original, un dialecto del slëdish llamado inglés, para no perder expresividad—aquellas
últimas palabras provocaron los aplausos de todo el pub. Todas las personas que
frecuentaban a La Guarida eran altamente contrarias al régimen actual y una de
sus peticiones más frecuentes era la regulación del estudio de los Años
Antiguos. Sab aprovechó el griterío para desearle suerte a Julen, bajó del
escenario y volvió a situarse tras la barra. Allí estaba pues. Delante de de
una treintena de personas. Dispuesto a homenajear a Helena de la mejor forma
posible: con su canción. Él no la cantó, sino su alma, que lamentaba la pérdida
de la que había sido su compañera:
Long ago
Just like the hearse you die to get in again
We are so far from you
Burning on just like a match you strike to incinerate
The lives of everyone you know
And what's the worst you take (worst you take)
from every heart you break (heart you break)
And like the blade you stain (blade you stain)
Well I've been holding on tonight
What's the worst that I can say?
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
Came a time
When every star fall brought you to tears again
We are the very hurt you sold
And what's the worst you take (worst you take)
from every heart you break (heart you break)
And like the blade you stain (blade you stain)
Well I've been holding on tonight
What's the worst that I can say?
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
And if you carry on this way
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
Can you hear me?
Are you near me?
Can we pretend to leave and then
We'll meet again
When both our cars collide?
What's the worst that I can say?
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
And if you carry on this way
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
Just like the hearse you die to get in again
We are so far from you
Burning on just like a match you strike to incinerate
The lives of everyone you know
And what's the worst you take (worst you take)
from every heart you break (heart you break)
And like the blade you stain (blade you stain)
Well I've been holding on tonight
What's the worst that I can say?
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
Came a time
When every star fall brought you to tears again
We are the very hurt you sold
And what's the worst you take (worst you take)
from every heart you break (heart you break)
And like the blade you stain (blade you stain)
Well I've been holding on tonight
What's the worst that I can say?
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
And if you carry on this way
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
Can you hear me?
Are you near me?
Can we pretend to leave and then
We'll meet again
When both our cars collide?
What's the worst that I can say?
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
And if you carry on this way
Things are better if I stay
So long and goodnight
So long and goodnight
El público estalló en sonoros aplausos cuando acabó.
Al final resultaría que no cantaba tan mal como creía. Dejó el micrófono en el
suelo, saltó del escenario y recorrió las hileras de mesas en dirección a la
puerta. No mostró ni un sentimiento durante aquellos breves instantes. Sabían
hermetizarse bien cuando la ocasión lo requería. Se giró y miró a sus amigos.
Hizo un gesto negativo con la cabeza. No deseaba que se preocuparan por él. No
necesitaba consuelo. Solamente tiempo y reflexión. Ellos lo entenderían, estaba
seguro. Salió al exterior. Nevaba. Comenzó a caminar. Le encantaba cómo la
nieve crujía bajos sus pies. Aquel sonido siempre le había reconfortado. No
tenía rumbo fijo, simplemente, se puso a deambular por el pueblo. Las lágrimas
empezaron a brotar de sus ojos. Helena…
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