lunes, 5 de noviembre de 2012

Capítulo 6


Levaba sola más de veinte minutos, esperando fuera de la caseta de vestuarios. Era la segunda vez en dos días que se moría de frío aguardando a que apareciera Ulrich. Todos los espectadores se habían marchado hacía ya varios minutos. Incluso el legendario Julen había abandonado las instalaciones. Dánae lo vio mientras salía de los vestuarios, andando con un paso cansino, fumando cabizbajo una pipa, con sus rubios cabellos mojados por el agua de la ducha. Parecía un gran felino enjaulado. Algo le carcomía por dentro. Mientras lo observaba, oscuros recuerdos aparecieron en su cabeza. La casa que tenían en Ushu en llamas, los cuerpos inertes de sus padres en el dormitorio, una sombra alejándose de allí… No supo por qué le abordaron todas aquellas memorias al observarlo. Se obligó a apartar aquellos pensamientos y continuó divagando sobre Julen. La causa de su frustración no podía ser el partido, pues aquel chico había sido fundamental en la victoria, sin duda. Ella no entendía casi nada de rugby pero había visto la furia en sus ojos, la tensión, la concentración, la ambición máxima. No había, pues, logrado descifrar qué le ocurría. Su querido Ulrich quizás lo supiera. Él también había jugado un gran encuentro pero aquel resbalón final podría haberlos condenado. Pero no debía comentarle aquel lance del juego, sino felicitarlo por la clasificación. Sí, sería lo mejor. Jamás había salido con un chico deportista, pero algo le decía que obviar aquella jugada era lo más adecuado. Sus presentimientos rara vez fallaban.

Diez minutos más tarde, apareció Ulrich, acompañado por una figura encorvada. Era el hombre que se encargaba del mantenimiento del estadio. Ambos reían. Ulrich se despidió del hombre y se dirigió hacia donde ella se encontraba, con sus pasos firmes y decididos. Dánae iba a saludarle, pero Ulrich, sin mediar palabra le dio un largo beso. Así era él: directo, sin rodeos. Olía a desodorante deportivo. Despegaron sus labios:

   Felicidades, cariño. Lo habéis logrado.
  Sí, ahora formas parte de la historia de El Valle, Dánae. Has visto algo que jamás había ocurrido. — Hablaba con una voz clara y emotiva, como si estuviera pronunciando un discurso.
  Oh, me siento muy honrada. Ahora apareceré en los libros de texto como “Dánae, la novia de Ulrich, capitán del equipo que cambió el mundo”— lo dijo con sorna. Le sorprendía mucho toda la locura que existía en el pueblo por el rugby. Ulrich frunció el ceño, entre divertido y molesto. 
  No cambiarás eh, siempre metiéndote con mi amado deporte. Quizás por ese me gustes tanto.
  Quizás a mi me gustes por tu dedicación— era cierto, aquel compromiso que tenía le otorgaba a ella estabilidad que tanto anhelaba.
  Por cierto, tenga una noticia.
  ¿Sí? Cuenta.
  Verás, tras el partido, el alcalde ha entrado en el vestuario y nos ha invitado a una cena de gala esta noche en el antiguo Palacio Real. Había pensado que quizás quisieras acompañarme…— Dánae no se lo podía creer. Una cena de gala. Tan solo llevaban dos meses saliendo y ya debería presentarse en sociedad. No sabía si estaba preparada. Tenía miedo. Llevaba casi dos años encerrada en su pequeña casa y, además, hacía demasiado tiempo que no asistía a un evento tan elegante. Pero no podía dejar tirado a Ulrich. Debía superara aquella barrera psicológica si deseaba que la relación avanzara.
  Me haría mucha ilusión, Ulrich…— se sonrojó un poco. Si la invitaba era porque realmente era importante para él. Era feliz.
  Pues está hecho. ¿Te acompaño a casa?
  No deberías ni preguntarlo.

Diez minutos. Quedaban tan solo diez minutos para que Ulrich pasara a buscarla y ella seguía buscando aquel papel. Estaba arreglada desde hacía algunas horas. Como no tenía ninguna práctica en acicalarse para actos de gala, había tenido que pedir ayuda a su vecina, Christine. Esta le prestó un vestido largo, con mangas, de color verde esmeralda y unos pendientes a juego. También unos bonitos zapatos negros de tacón y una chaqueta blanca. Asimismo, había conseguido recogerle su revoltoso cabello en un elegante moño y la había maquillado de forma que sus oscuras lentillas negras resaltasen aún más.
Christine era la única confidente de Dánae. Tan solo ella conocía su verdadera profesión. Así lo había decidido Dánae cuando llegó al pueblo y la conoció. Cuando se estaba instalando en su nueva casa junto al río Rasen, en el extremo oriental del pueblo, Christine le dio la bienvenida invitándola a un café. Dánae había llegado emocionalmente deshecha y aceptó la oferta sin pensárselo. Se vació en todos los sentidos. Lloró (cosa que odiaba) como jamás lo había hecho. Habló durante horas. Durmió eternamente. Así pues, Christine conocía desde un buen principio la verdadera identidad de su vecina. Sabía que no era una diseñadora de ropa cara para los poderosos del sur. Sabía que sus padres habían sido investigadores de los Años Antiguos. Sabía que no estaban viviendo en el extranjero, sino que habían sido extrañamente asesinados. Sabía que Dánae era perseguida. Sabía que se había escondido en aquella aldea perdida para continuar el trabajo de sus padres. Sabía que en realidad estudiaba manuscritos en slëdish. Y, también sabía que la referencia bibliográfica que había estando buscando durante hora y media y que acaba de encontrar debajo del sofá correspondía a un libro que en principio debía de estar en la Biblioteca Municipal. Iría a buscarlos al inicio de la próxima semana. Sin falta.
Una vez hubo encontrado el dichoso papelito, se dirigió al lavabo y se miró en el espejo. Notó que el vestido estaba un poco arrugado, así que se lo alisó. Algunos mechones le caían por la frente e intentó recolocárselos, aunque era harto complicado. Estaba acostumbrada a llevar el pelo más corto e incluso una zona del cráneo rapada. Pero aquella apariencia era demasiado reconocible, así que desde que había llegado a El Valle, se lo había dejado crecer, por si aparecía algún fisgón del Estado. Aunque tras dos años viviendo allí, pensaba que ya era hora de cortárselo. Decididamente, iba a hacerlo. Se lo comentaría a Christine, que tenía muy buen ojo para todos aquellos asuntos. ¿Cómo reaccionaría Ulrich cuando la viera con aquel peinado? ¿Y todas aquellas autoridades que iba a conocer y, días después, sin duda, la reconocerían por la calle? El Valle era un pueblo muy tradicional, pese a no castigar el estudio de los Años Antiguos, hecho que según los conservadores, era culpa del alcalde Liepsteiemer. En primavera había elecciones. Dánae tenía miedo.
De pronto, alguien golpeó la puerta. Bajó rápidamente las escaleras, nerviosa, asustada ante la noche que debía pasar. Una noche actuando. Con las prisas, casi cayó por las escaleras. Aquello le hizo recordar cómo conoció a Ulrich. Llovía mucho. Dánae iba hacia la pequeña tienda de comestibles cuando Ulrich, mirando el suelo y con capucha para protegerse del agua, apareció doblando la esquina. Chocaron. Ella cayó y su paraguas de segunda mano se rompió por el impacto. Quedó empapada. Ulrich, abochornado, la ayudó a levantarse y le ofreció llevarla en coche hasta la tienda. Dánae, que en aquel momento solo pensaba en no mojarse aceptó, divertida. Al día siguiente de aquel fortuito encuentro, Ulrich fue a su casa cada tarde a las cinco, para compensar su torpeza, para charlar un rato, para conquistarla. Y lo consiguió. ¿Volvería a surgir aquella magia inicial? ¿Caería Ulrich cuando viera la faceta refinada de su amada? Se moría de ganas de saberlo. Con aquellos pensamientos, Dánae abrió la puerta pero al hacerlo se quedó pasmada; en lugar de su amado, en el umbral había un hombre de mediana edad, vestido con un impoluto traje azul y que presentaba una falsa sonrisa en su boca.
  ¿Señorita Dánae?— preguntó. “¿Señorita?” ¿Qué significaba todo aquello? Respondió balbuceando:
  Sí, soy yo.
  Entonces, acompáñeme, por favor, la familia Hoffman la está esperando en el vehículo— tras estas palabras la tomó de la mano y la condujo hacia una enorme limusina negra. Se dejó llevar. Todo aquello la superaba; el chófer, la limusina, el protocolo… Pero lo que más le preocupaba era aquello de “familia Hoffman”. ¿Acaso Ulrich iba a presentarla ya delante de sus familiares? Seguía pensando que era demasiado pronto. Aún no estaba lista, no podía controlar la situación como ella quería. El chófer le abrió una de las puertas del colosal automóvil y Dánae se adentró en lo desconocido. Lo primero que vio fue una especie de habitación con multitud de asientos de piel y una mesa redonda en medio. Luego en un mueble bar y en lo que parecía una lámpara carísima. Por último, como si no quisiera, se fijó en las tres figuras que habían en el interior. Una de ellas, obviamente, era Ulrich, quien la saludó con un escueto beso que no pudo responder a causa de la conmoción. Las otras dos debían ser…
  Estos son mis padres, cariño— dijo muy alegre y señalando a las dos figuras, que no acababa de distinguir demasiado bien, pues sus ojos aún se estaban adaptando a la luz del coche. Dánae no sabía cómo actuar. ¿Debía saludar ella primero? Concluyó que sí.
  Mu-mucho gusto. Es un pla-placer. Soy Dánae, la novia de su hijo—había empezado tartamudeando, lo sabía, pero había intentado recobrarse al final.
  Lo sabemos hija, lo sabemos— repuso una voz muy aguda. Una de las figuras se movió un poco y se le acercó. Era una mujer rubia, de mediana edad, aunque aún conservaba su belleza pasada. Levaba un vestido rojo demasiado escotado para el poco pecho que tenía y un anillo voluminoso en cada uno de los diez dedos de sus manos, así como tres collares de perlas. Parecía una mina de piedras preciosas. — Soy Catlin, la madre de Ulrich, pero puedes llamarme Cat — le tendió una mano, que Dánae se limitó a estrechar. Al parecer, aquella mujer estaba a otro nivel y no podía besarle la mejilla. — Y, Dánae, este es mi marido, Svein— Un hombre entrecano, con un abundante bigote negro y unos ojos verdes idénticos a los de su hijo le tendió una gran mano. Tenía fuerza, vigor. Se le notaba en su mirada, aunque no hablara.
  Por favor, Dánae, siéntate. — Era Ulrich. Estaba muy guapo. Se había recogido la rizada melena en una coleta y, sin duda, había pasado por el barbero, quien le había recortado la barba. Además, aquel smoking negro, con su pajarita era muy elegante. Ella le hizo caso y se sentó.
  Se nota que eres diseñadora, hija, vas guapísima— empezó Catlin. Dánae apenas pudo reprimir una sonrisa.
  Usted también va muy bien vestida, el rojo combina a la perfección con su melena rubia.
  ¿De verdad? Me lo ha recomendado mi hermana Eva, aunque creo que para la temporada que viene deberé renovar mi armario. Me han comentado que el terciopelo se llevará mucho. ¿Es cierto?
  Sí, estoy casi convencida que así será. Pero no se preocupe yo puedo mantenerla informada de todo— se estaba divirtiendo. Siempre se le había dado bien crear historias. Ciertamente, al principio tenía miedo porque no era uno de aquellos juegos de niños, sino una situación en la que estaba en peligro su futuro. No podía vacilar. Pero en aquel instante se sentía pletórica. Tenía la sartén por el mango. ¡Sí!
  Ay, Svein, ¿no es fantástica?
  Por supuesto, cariño.
  Tan soso como siempre, no le hagas caso, hija. Solo piensa en los negocios.
Y así, entre halagos y diálogos superficiales transcurrieron casi veinte minutos. Durante el trayecto, Dánae descubrió que la señora Catlin no trabajaba, pues para ella era algo “muy duro” y, además, el padre de Ulrich ganaba suficiente dinero en la explotación de la minería como para convertir a su familia en una de las más ricas de la zona. Ulrich casi no hablaba, estaba entusiasmado por tenerla a su lado, por poder presentarla en sociedad, por poder decir que era suya.
Finalmente, el vehículo se detuvo. Los cristales estaban tintados y Dánae no sabía dónde se encontraban. El chófer les abrió la puerta. Hacía frío. Se abrochó la chaqueta. Entonces, se ubicó. Estaban en una de las numerosas colinas del oeste de la aldea, pero era incapaz de identificar cuál de ellas. Giró un poco la cabeza y entonces lo vio. Una enorme y monumental construcción. El Palacio Real. Una joya del pasado. Mármol blanco, columnas, esculturas, ventanales, cúpulas…
  ¿Te gusta? — Ulrich la rodeó por la cintura y la besó. De repente, Dánae se emocionó. Pese al miedo que sentía, Ulrich había conseguido calmarla con un simple gesto de afecto. ¿Cómo?
  Me encanta.
  Por cierto, estás guapísima. — Dánae lo volvió abrazar y, juntos, acompañaron a los señores Hoffman al interior del edificio.

La sorpresa de Dánae continuaba. El Palacio era enorme. Había objetos de valor por todos lados. Pinturas. Fuentes. Lámparas. Todo de lujo. Unos mayordomos los condujeron a un gran salón, con centenares de mesas redondas ya preparadas. Había también un escenario al fondo de la sala, donde unos músicos estaban acabando de colocar todos sus instrumentos. Muchas personas ya estaban sentadas. Dánae no conocía a la mayoría pero estaba segura que la gran mayoría eran familiares de los jugadores, poderosos empresarios o políticos chupasangres. Estuvieron de pie, esperando a que llegaran todos los invitados. Dánae no quiso separarse de Ulrich, pues tenía pánico a aquel ambiente. Unas enguantadas camareras les dieron unas copas de un extraño cóctel de hierbas, que solamente bebió por cortesía. Prefería mil veces más una buena jarra de hidromiel. A medida que pasaban los minutos, Ulrich le presentó a varias personalidades del pueblo, así como a la mayoría del equipo. Ella se limitaba a decir “encantada”, “el placer es mío”, “cómo está” o “gracias, usted también está muy guapa”. Pero había un tema que le inquietaba.
    Ulrich, ¿dónde está Julen?
    Oh, Julen… no ha querido venir.
    ¿Por qué? Creí que le encantaban las fiestas.
  Sí, pero no este tipo de eventos. Además, al parecer, era muy amigo de la chica que murió hace unos días. ¿Te acuerdas, no? — Por supuesto que se acordaba. Como no olvidarlo. Había algo raro en todo aquello, lo sabía, lo olía. Los periódicos lo habían anunciado como una noticia menor, pero no era algo muy frecuente que una joven se suicidara en El Valle, según tenía entendido.
  Sí, pobre chico. Debe ser horrible perder a alguien. — De nuevo, el recuerdo de la muerte de sus padres le vino a la memoria. Hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas.
  Sí, supongo. Es normal que no esté de humor. Si no hubiera ocurrido esta tragedia quizás le hubiera obligado a ve… ¡Oh! Por ahí llega nuestro querido alcalde, ahora por fin podrá empezar el banquete. — En efecto, por la puerta del gran salón entraba un alto pero decrépito hombre, acompañado de su también decrépita esposa. Dánae no los había visto jamás, pero si Ulrich decía que era el alcalde Liepsteiemer es que lo era. Ahora entendía por qué todos decían que tenía las horas contadas; aquel personaje no transmitía nada. Para su sorpresa, fue a saludarlos a ellos primero e incluso le dedicó un tímido guiño. A continuación, su señora y él se sentaron en la misma mesa que la familia Hoffman, el entrenador Hooch (que no podía ser otra cosa que soltero) y ellos mismos. De inmediato varios camareros empezaron a traer los platos: ensaladas variadas, entremeses de todo tipo, carnes, pescados… Con todo aquello se podían alimentar muchas familias del sur, pensaba Dánae. Sin embargo, conocía bien el odio que existía entre ambas regiones.
Todo era muy cortés y tradicional. Los hombres hablaban de rugby (aunque el señor Svein solamente decía “por supuesto”), del hecho histórico que habían logrado, de las posibilidades que tenían de llegar a las semifinales estatales… Las mujeres, por el contrario, hablaban de vestidos y joyas. Eran demasiado ricas para quejarse de las tareas domésticas, pues todas tenían sirvientas. Dánae mentía como una cosaca. Pero se lo estaba pasando en grande. Aquellas mujeres eran demasiado bobas para descubrir su realidad. Demasiado falsas. Demasiado superficiales. La cena fue interrumpida tres veces. En la primera ocasión, Dánae estaba masticando un trozo de lechuga cuando el entrenador Hooch se levantó, fue hacia el escenario y pronunció un emotivo discurso sobre la dedicación de sus “luchadores”, que se habían dejado la piel en el campo por un pueblo. Papanatas patrióticas. La segunda vez fue su querido Ulrich quien habló. Dánae se estaba llevando a la boca una porción de solomillo con un claro exceso de pimienta. La decepcionó. Con su habitual tono épico contó cómo, por fin, su sueño de niño se había cumplido. Todo su equipo lo vitoreó al acabar y ella no tuvo más remedio que sacar la mejor de sus sonrisas y darle un beso, como diciéndole que había superado la prueba. Para ella, fue un discurso demasiado personal, quizás intentaba recuperar la notoriedad que durante el partido le había quitado Julen. No lo sabía. La mente de los deportistas era sumamente compleja, casi tanto como las de las mujeres. La tercera interrupción la protagonizó el alcalde. Dánae saboreaba un pastelillo de frambuesa. El viejo Liepsteiemer subió con esfuerzo al escenario. Una vez allí, cogió el micrófono y soltó su programa político. Dijo que el éxito del equipo de rugby era fruto de la gran gestión y apoyo de las entidades locales. Y varias sandeces más. El público le aplaudió poco, pero él, como buen político, no salió cabizbajo (si lo hubiera hecho, ya habría perdido las elecciones). Aún así, Dánae pensó que fue quien lo hizo mejor según los cánones tradicionales que parecían existir allí. No era el papel de un entrenador hablar de patriotismo ni el de un jugador de equipo personalizar el triunfo. Pero sí era el papel de un político hablar de política e intentar engatusar a la gente. Primera lección de Liepsteiemer.
Una vez se acabaron los discursos y todos acabaron de comer, los esclavos (porque Dánae se dio cuenta de que eran eso) retiraron las mesas y sillas para dejar libre la pista de baile. Los músicos empezaron a tocar. Eran sones alegres, populares. Para bailar. Sin darse cuenta, Dánae se había visto en medio de un corrillo formado por las acompañantes de algunos de los jugadores del equipo. Todas bebían cócteles sin parar y no dejaban de hablar de trivialidades. Estaba harta. Se había tomado ya cuatro cócteles para poder soportar la situación, pese a que su sabor no le agradara en absoluto. Deseaba bailar. Abandonó a las chicas y se dirigió hacia el lugar en el que estaba su novio. Hablaba con aquel corpulento chico, Andrey. Como tampoco quería interrumpir la conversación, se fue acercando poco a poco y se quedó un poco apartada. Entonces fue cuando captó el tema de la charla:
    Entonces, Ulrich, ¿tu padre se va a presentar como candidato?
    Así es. De aquí unas semanas lo hará público. Este pueblo necesita un cambio.
    Eso sin duda, capi. ¿Pero en qué sentido lo dices?
  En el más importante. En el estudio de los Años Antiguos y el slëdish. Liepsteiemer ha sido demasiado permisivo. Ha ido contra las leyes del Estado. Pero ahora ya no. Su tiempo ha llegado. Su propia política idealista de reducir la explotación minera le ha hecho perder los apoyos que lo mantenían en el poder. Hay que perseguir a los disidentes, hay que cerrar su nido, La Guarida…
Ya le bastaba. Tenía suficiente. Dánae se alejó rápidamente de allí. Estaba consternada. Para nada se esperaba aquello. Cogió el bolso de piel artificial que le había prestado Christine y entró en los lavabos. Se miró al espejo. Allí estaba ella. Ingenua, de nuevo. Creía que él era el hombre. Jamás habían hablado de aquel tema, era cierto, pero no se imaginaba que pudiera pensar de aquella forma. ¿Qué pasaría cuando el soso y entrecano padre de Ulrich fuera alcalde? ¿La quemarían en la hoguera como se hacía antaño con las brujas? El fanatismo era un arma muy peligrosa. Pero no iba a pensar demasiado. Ya sabía quien era Ulrich. No necesitaba darle más vueltas. La música seguía sonando. No era una mala bailarina. Abrió el bolso. No llevaba nada de perfumes ni maquillajes. Simplemente una botella de hidromiel y unas tijeras. Usó las tijeras para abrir la botella. Se la bebió en dos tragos. Llevaba ya mucho alcohol en las venas, notaba como fluía por todo su cuerpo. A continuación, empezó a cortarse el vestido. Había sido una gran idea llevar aquellas tijeras. Siempre le servían. No le fallaban; no eran hombres. Continuó cortando. A Christine no le haría demasiada gracia que destrozara su vestido, pero seguro que lo entendería. Era una buena chica. Acabó. La prenda acababa ahora cuatro dedos por encima de sus rodillas. Cuando saliera del lavabo y la vieran se escandalizarían. Pero no le importaba. Iban a conocer a la verdadera Dánae. Cerró el bolso y se dirigió hacia la salida. Una última mirada en el espejo hizo que se detuviera. Fallaba algo. Por supuesto, el moño. Sonrió. Se lo fue deshaciendo. Mientras lo hacía reía. A carcajadas. No sabía por qué. Volvió a mirarse en el espejo. Sus castaños cabellos habían vuelto a su revolución natural. Aquello escandalizaría aún más a las eminentes autoridades. Perfecto.      
   



  

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