martes, 18 de diciembre de 2012

Capítulo 7


Julen disfrutaba. Mucho. Fumaba de su vieja pipa y leía un libro prohibido. Aquello sí que era vida. No entendía por qué la gente se quejaba del trabajo, si él no se había movido de la silla en las tres horas que llevaba allí. Había decidido ocupar una vacante en el personal administrativo de la Biblioteca Municipal. Había escogido el turno de tardes. Era lunes y estaba solo. Su jefe debería estar allí, pero aquel día era el partido final del Torneo de Otoño Estatal de Rugby y la mayoría de los habitantes del pueblo estaban en sus casas o en los bares, enganchados al televisor y gritando como energúmenos. A él le gustaba practicarlo pero odiaba mirarlo. Odiaba el profesionalismo. Odiaba la personalidad de los alas, que se creían dioses por correr mucho y hacer cabriolas cuando conseguían un ensayo. Odiaba todo el dinero que se movía. En aquellos niveles, el antiguo y tradicional juego perdía su esencia. Julen no se atrevía a verlo. Jugar a rugby era de las pocas cosas que lo mantenían vivo y le hacían olvidar su pesar, así que no iba a permitir que le robaran la impresión que él tenía.
Hacía ya tres días que se había enterado de la muerte de Helena. No estaba bien, lo sabía. Se había pasado todo el fin de semana encerrado en su cuarto, tumbado en la cama, mirando el techo, sin hacer nada. Tampoco había ido a clase aquella mañana, aunque ese hecho era algo frecuente. Debía seguir adelante, no hacía falta que nadie se lo comentase, pero no era tarea fácil. Helena había significado mucho para él. Por suerte, el nuevo trabajo le ocupaba ciertas horas, aunque solamente se dedicara a leer, y le mantenía la mente ocupada. En aquel momento leía un libro que hablaba de las Guerras Religiosas en los Años Antiguos. Estaba en slëdish. Estaba prohibido. Julen lo había encontrado en un cajón del mostrador. Era extraño. El mandamás de la Biblioteca, el señor Argus, no parecía la clase de hombre dispuesto a jugarse su trabajo por cosas como aquella, aunque ciertamente el gobierno de Liepsteiemer era muy permisivo con el tema. Pues bien, Julen estaba leyendo algo sobre un revolucionario llamado Lutero, cuando algo le asustó. Era un carraspeo. Creía estar solo, pero no. Levantó la vista del texto, arqueando las cejas y, entonces, se acordó. Haría una hora, una joven que debía tener su edad había entrado en la Biblioteca. Julen la había observado lo suficiente como para darse cuenta de que era bastante atractiva. Creía recordar que la chica le había sonreído al pasar, pero no lo recodaba muy bien. Maldita hierba. Julen había pensado que quizás buscaría algún libro romántico, lo facturaría en aquella máquina llamada “auto préstamo” y se iría. Pero no, parecía que deseaba algo más. Muy a su pesar, marcó la página que estaba leyendo, dejó el libro a un lado, bajó los pies del mostrador y se colocó bien la ficha identificativa que llevaba en el pecho.
    Buenas tardes, señorita. ¿Pueda ayudarla en algo?
    ¿También voy a encontrarme con formalismos en una biblioteca solitaria en la que estoy siendo atendida por un chico rubio desmelenado que fuma hierba en pipa, lee libros en slëdish y lleva una ficha identificativa falsa que pone: “Sr. Conan Doyle”? Decididamente este pueblo es un asco. — Soltó todo aquello con una sonrisa y una voz medio ronca. Julen acabó de despertarse. Le había sorprendido mucho. ¿Cómo sabía que su ficha era falsa? Pocas personas conocían a Conan Doyle. El hecho que hubiera identificado rápidamente el libro que Julen leía quizás fuera la respuesta. Así pues, decidió que valía la pena observarla bien. Fijó sus ojos grises en ella. Era de estatura media y tenía un cuerpo atlético, estaba en forma. Lo primero que le sorprendió fue su cabello, castaño, largo y ondulado, pero sorprendentemente rapado  en una zona de la mitad izquierda del cráneo. No era frecuente llevar aquella apariencia por El Valle. Continuó con el análisis. Su piel era más morena que la de los nativos de la zona y sus ojos azules eran demasiado artificiales. Lentillas probablemente. Levaba tres pendientes plateados en cada oreja, que colgaban muy poco. Una nariz chata y unos rosados labios completamente un bello rostro, sin impurezas, excepto una sensual  peca debajo del ojo derecho. Se fijó entonces en unos pechos perfectos, ni muy grandes ni muy pequeños, aunque, eso sí, apenas visibles debido a un grueso jersey de lana granate. Buenas caderas y largas piernas tapadas por una corta falda negra y una especie de mallas (así creía Julen que se llamaban) grises. Sí, era un 8. ¿Cómo no había visto jamás a aquella chica? Creía tenerlas a todas controladas…
    Bueno, ¿ya me has analizado a fondo? — no parecía enfadada ni molesta, simplemente divertida. Volvió a sonreír y se le marcaron los hoyuelos. ¡Hoyuelos! ¡Hoyuelos! ¡Hoyuelos! A Julen le encantaban. Eran muy sensuales. Casi gritó de emoción, pero se contuvo y consiguió encontrar las palabras adecuadas.
    Perdona, es que la hierba me está pasando factura.
    Lo noto, lo noto. Te pediría que me dieras un poco pero debo mantener las formas en este pueblo tan tradicional — Rió. No era demasiado bonita su risa, pero estaba bien.
    ¿Lo dices por las lentillas azules, las gafas de sol que llevas en la mano y por el bolso aparentemente caro que cuelga de tu hombro? Aunque ciertamente, tu corte de pelo es contradictorio.
    Vaya, parece que a parte de quedarte embobado mirando mis encantos femeninos, has hecho algo más. Llevo con estas lentillas más de dos años y nadie me ha hecho ningún comentario al respecto. Quizás seas la reencarnación de Doyle. — Julen soltó una sonora carcajada.
    Ya me gustaría. ¿De qué color son realmente tus ojos?
    Negros, profundamente negros. — Soltó un suspiro.
    Así que no eres de aquí.
    Tú tampoco.
    ¿Qué escondes?
    ¿Y tú, Julen? — No podía ser cierto. ¿Se conocían?
    ¿Cómo sabes mi nombre?
    Eres famoso en el pueblo, por si no te habías dado cuenta — su sonrisa, de nuevo, lo cautivó— “Julen es un gran jugador, pero se lo toma todo a guasa” — utilizó un cómico tono serio y enojado. — Te vi jugar el otro día. No tengo ni idea de rugby, pero creo que fuiste determinante en la victoria— Una chica foránea, que estudiara slëdish y que fuera tan guapa no se encontraba en el cerebro de Ulrich. Pero sí una joven del sur, que mantenía las apariencias e imitaba a su novio a la perfección. Julen sonrió.
    Dánae. Ulrich no para de hablar de ti.
    Sí, maldito hipócrita. Al fin nos conocemos — Le tendió una mano fina con largos dedos y marcas de tinta.
    Me sorprendes.
    ¿Por qué? — Arqueó una de sus poco perfiladas cejas.
    ¿Has estado saliendo con Ulrich con ese corte de pelo y estudiando slëdish?
    Oh, no— agachó un poco la cabeza. Parecía decepcionada. O triste. — Verás, así llevaba el pelo en Ushu, pero esta mañana he decidido que me lo volvería a rapar. Por eso llevo las gafas de sol, no quiero que sepan quién soy y…
    … por qué vas a la Biblioteca Municipal a buscar libros en slëdish, algo prohibido.
    Exacto. Además…
    … te enteraste el otro día que tu novio es un radical que quiere acabar con el estudio de los Años Antiguos en el pueblo y que probablemente sea así debido a que esta primavera su padre tiene todos los números de ganar las elecciones. ¿Ese fue el motivo de que liaras todo aquel percal en la fiesta del sábado, no? Es lo único que no tenía claro. El resto de tu show me lo han contado. — Era cierto. Al parecer, cortó su vestido y se puso a bailar como una loca. Ulrich se la tuvo que llevar de allí ante las quejas de toda la alta sociedad del pueblo. Cuando aquella mañana se encontró con Andrey y este le explicó lo ocurrido, apenas pudo parar de reír. La reacción de la chica al oír aquellas palabras evidenciaba que no había errado en su deducción. Dánae se había quedado de piedra. Julen lo notaba en su interior. Se auto felicitó interiormente. Primer punto para él.
    Vaya… Eres un auténtico Sherlock y cómo él, te gusta fumar y eso aumenta tus capacidades deductivas. Aún así, nadie excepto tú sabe por qué hice aquello. Mi secreto aún sigue siendo secreto.
    Eso entonces hará que puedas sobrevivir un tiempo. Pero Ulrich querrá explicaciones.
    Me da igual.
    Es tozudo, ya te habrás dado cuenta. ¿Cuánto tiempo crees que podrás seguir evitándolo?
    El que aguante Christine diciéndole que no estoy en casa.
    Oh, Christine. ¿Es tu confidente?
  Confidente y vecina — por primera vez usó un tono severo y estricto — ¿La conoces?
      Por supuesto. Dale recuerdos de mi parte. — Julen sonrió y le guiñó un ojo. Le encantaba hacer aquel gesto. Era tan dramático. Christine le traía buenos recuerdos. Dánae rió. Lo entendió a la primera.
      No sé cómo estoy hablando de todo esto contigo. Te acabo de conocer, eres un mujeriego, sabes leer slëdish y fumas hierba.
      Precisamente por eso lo haces — Se miraron. Volvieron a reír.
      Bueno, yo venía a coger un artículo en slëdish. Llevo una hora buscándolo, pero no lo encuentro y eso que tengo la referencia — Julen rió, Dánae parecía no entender nada. ¿Buscaba algo en slëdish en la Biblioteca? De chiste.
      ¿Qué es lo que ocurre, Sherlock?
      Que no vas a encontrar nada aquí.
      ¿Cómo? Estoy en medio de una investigación. Necesito ese artículo. — Enojada, estaba enojada. Julen también lo estuvo cuando se enteró de la situación.
      Verás, pese a que este pueblo es muy permisivo, como el norte en general, sigue existiendo un gran radicalismo entre ciertos sectores pudientes de la población. Liepsteiemer no ha tenido más remedio que quitar todos aquellos documentos relacionados con los Años Antiguos de las estanterías visibles de la biblioteca para poder sobrevivir.
      ¿Visibles? — volvió a arquear una ceja.
      Sí, tengo la sospecha que lo buscas está en el sótano.
      ¿Pero?
      Para acceder debes introducir una llave, marcar 20 dígitos y que el sistema identifique tu huella dactilar. La llave no es problema, mañana podría conseguirla si quisiera. Los dígitos y la huella son más complicados.
      Pues vaya decepción. Un bibliotecario que no puede entrar en los archivos secretos del propio lugar en el que trabaja— intentaba picarlo.
      Es mi primer día aquí y no van a dejar que un joven tenga acceso a tales documentos.
      Pero Julen, ¿no tienes tú también curiosidad? Creí que eras un agitador político, un rebelde y que te interesaba realmente todo esto. Mírate: ¡estabas leyendo en slëdish! — Definitivamente quería picarlo y lo estaba consiguiendo. Julen rió. Si se había metido a trabajar allí era precisamente para tener acceso a materiales relacionados con los Años Antiguos y usarlos para la publicación que iba a iniciar con sus colegas. Pero había empezado dormido. Ya debería haber investigado a fondo las posibilidades de colarse en el sótano. Por fortuna, Dánae le había hecho reaccionar.
      El libro me lo he encontrado en el mostrador. Es algo raro. Quizás mi jefe no ponga reparos en darme acceso, no lo conozco tanto aún. Mañana le preguntaré y si no me da permiso… Tengo un amigo que podría ayudarme.
      Este es el legendario Julen. Pero 1-1, tenlo en cuenta — sonrisa burlona. Así pues, ella también había atribuido la victoria del diálogo anterior a Julen, pero se había apuntado el tanto del “despertar de la bestia”.
      Sí. Empate. En una semana pienso que podré tener acceso al sótano.
      Bueno, esperaba algo más de rapidez, pero ya está bien. Gracias.
      Lo hago por los dos, no es un favor que te concedo porque seas una bella mujer y para fastidiar a Ulrich, que conste —  Dánae volvió a reír. Buena señal.
      Lo tendré en cuenta, tranquilo. Por cierto, quizás nos veamos este fin de semana en la fiesta del Solsticio de Invierno, ¿no?
      ¿Tienes pensado ir después de todo? — Estaba mal de la cabeza aquella chica.
      Pienso que sí. No tengo nada que perder.
      Yo iría con cuidado.
      ¿Cuidado? ¿Acaso tú lo tienes? — enojo y mosqueo. Pero no era visible, sino palpable. No le había subido la sangre a la cabeza pero su tono y sus gestos faciales la delataban.
      Dánae, yo no lo tengo, porque aquí la gente me conoce. Me ven estudiar, en el bar, en los partidos de rugby, ahora en la biblioteca. No me he pasado dos años encerrado, como adivino que tú has hecho. — Sus palabras habían calmado a Dánae o, al menos, la habían hecho reflexionar.
      Lo sé, Julen, lo sé. Pero ya no aguanto más. En fin, ¿te veré?
      Quizás, quizás. La fiesta es al aire libre, sin aglomeraciones, así que puede que vaya.
      Bien, me alegra oír eso. Debo irme ya. Encantada de conocerte — le tendió de nuevo la mano, que Julen estrechó suavemente. Se quedaron unos instantes parados, mirándose. ¿Conexión? Era pronto para afirmar nada.
      Lo mismo digo, Dáne.
      Hasta otra. Por cierto, siento lo de tu amiga. — Así que ella también lo sabía. Ulrich. Bocazas.
       No te preocupes, estaré bien. Hasta pronto — Sonrió por última vez, se puso las gafas de sol y se dirigió hacia la salida. Julen acabó entonces su análisis. Tenía un hipnótico trasero y llevaba una especie de deportivas planas. Su caminar le resultaba familiar. Ya lo había visto antes, aunque no sabía dónde. Encendió de nuevo la pipa y continuó la lectura. Se recostó en la silla y volvió al estado de trance. Aquella chica estaba loca. Muy loca.


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