viernes, 19 de abril de 2013

La biblioteca mental



¿Sabéis cuál es la tarea que me resulta más complicada de realizar? Ordenar mi biblioteca. No es que sea enorme (aunque está creciendo considerablemente), ni tampoco se encuentra al final del laberinto de Creta. El problema es que no sé nunca cómo ordenar los libros. Para mí, son mucho más que simples textos, cada uno de ellos es un pequeño universo o bien una inmensa idea, según se mire. Su agrupación, por tanto, se asemeja a la mente humana, en la que conviven pequeños mundos interiores y pensamientos diversos. De ahí surge probablemente su dificultad. La mente humana es un caos. Las bibliotecas, consecuentemente, están destinadas a serlo.

Por mucho énfasis que pongamos en ordenar y organizar nuestros mundos, siempre nos costará encontrar aquello que buscamos, pues somos capaces de conservar  una cantidad vastísima de pensamientos. Tenemos la opción, eso sí, de clasificarlos para que su consulta sea más factible. Podemos ordenarlos por autores. Suele ser un método muy común y útil; todos tenemos una serie de recuerdos e ideas asociados a diferentes personajes de nuestras vidas. Dependiendo de si tenemos más o menos guardiofeeling[1]con esa persona, nuestra biblioteca contará con más o menos volúmenes suyos. Lógicamente, si son varios los pensamientos que atesoramos de ese individuo, los colocaremos seguidos, creando una saga de ideas[2]. Si tenemos más de una idea suelta, cada una de ellas atribuida a un autor distinto, lo mejor es organizarlas por editoriales, es decir, por aquellas personas que nos sirven de lazo de unión con un autor antes desconocido. El papel de las editoriales humanas[3] es más complejo de lo que parece; poseen la capacidad de interpretar y darnos una visión (en ocasiones la única que llegaremos a conocer) de ese autor. De ellas depende en gran medida la composición de nuestra colección. También podemos jerarquizar nuestras imágenes mentales por temas, pero es algo que rechazo. Como ya he comentado anteriormente, cada idea contiene en su interior lazos de unión con otras, por lo que intentar ordenarlas por su materia predominante sería una utopía y, solamente conseguiría caotizar[4] más nuestra biblioteca. Un último apunte en este sentido: para aquellos seres más superficiales y aferrados al materialismo de la sociedad consumista que únicamente buscan el reconocimiento social o la fama, estas dificultades son inimaginables. Ordenan los libros por colores, quedándose únicamente con la parte visible que sus autores muestran y emitiendo juicios de valor a partir de este enorme conocimiento. Afortunados ellos.

Toda esta metódica ordenación se trunca cuando aparece un nuevo libro, con sus ideas en el interior, esperando ser conocidas. ¿Dónde lo colocamos? Junto con los libros que tengamos de este mismo autor, claro está. El problema reside en que para colocar este nuevo texto, hay que quitar otro de la estantería mental[5], pues esta se nos está quedando pequeña. Podríamos ampliarla, pero eso supondría hacer una reordenación total de nuestros pensamientos, hecho que no debe realizarse muy a menudo, pues supone largos períodos de ermitañemismo[6]. Otra solución es quitar alguno de los libros que se encuentran en la estantería. Esta acción, no obstante, también acarrea problemáticas consecuencias ya que si movemos el texto, estamos modificando también la unión que tenía con las demás ideas que lo flanqueaban. Para solucionar esto, deberíamos trasladar también los razonamientos con los que la idea se encuentre emparentada. Y aquí llega punto más conflictivo de todos (sí, sí, lo tenía guardado, una técnica de la retórica clásica). Conservadurismo o vanguardismo. Mantener la estructura anterior de la biblioteca y colocar la nueva idea en cualquier lugar, o bien modificar la arcaica composición. Depende de nosotros. Recordemos, eso sí, que los pensamientos son eternos y que, se coloquen donde se coloquen, estén en el estado que estén, siempre existirán y podrán ser consultados hasta el fin de los tiempos.




[1] Término sinónimo de ‘feeling’, es decir ‘entendimiento entre dos personas’. La expresión se remonta al momento en el que Josep Guardiola, entrenador del F.C Barcelona, abrió las puertas de salida del Camp Nou a Samuel Eto’o, alegando razones de  falta de ‘feeling’.
[2] Expresión utilizada para hacer referencia a una serie de ideas que puedan a llegar a ser muy diversas pero que mantienen un denominador común: el autor.
[3] Expresión que alude a aquellas personas que nos presentan a otras que no conocíamos. Nos dan normalmente la visión que ellos tienen del desconocido, condicionando nuestra futura relación con él.
[4] Verbo procedente del sustantivo ‘caos’. Hace referencia a la acción de destruir, desordenar, explosionar, masacrar… En este contexto, claro está, alude a la acción de ‘desorganizar’
[5] Lugar de la mente en el que se conservan, de forma más o menos jerarquizada, nuestras idea, pensamientos y recuerdos.
[6] Doctrina propia del ermitaño.  Tiene como objetivo el cultivo del alma mediante el aislamiento natural, la meditación y la eliminación de los placeres y deseos terrenales. 

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