El viajero andaba con lastimoso
paso por el estrecho sendero. El sonido de sus botas sobre la nieve le hubiera
provocado una sonrisa de placer en cualquier otro instante, pero no en aquellos
momentos. Apenas si podía mover sus músculos, debido al cansancio y al frío.
Iba a morir muy pronto, lo sabía. Había sido una locura emprender aquel viaje
al Gran Norte, sin apenas provisiones. Ahora se encontraba perdido, en un
camino forestal, sin rastro alguno de civilización. Llevaba más de cuatro días
sin comer nada y más de dos sin ingerir ningún líquido. Tenía los labios
ensangrentados, la cara quemada y varias heridas en las extremidades. Sus
prendas de ropa se habían ido desgastando con el paso de los días y a duras
penas abrigaban.
Ya no podía más. Se dejó caer de
rodillas sobre la fría nieve. Lloró. Temía a la muerte. No era ningún héroe, ni
siquiera se consideraba una persona decente, no. Era un egoísta que había
marchado al Gran Norte a buscar riquezas, abandonando a multitud de personas.
Podría haberse suicidado allí mismo, pero estaba demasiado exhausto como para
hacerlo. La Naturaleza lo mataría. Miró la nieve, pura, como el alma de los
infantes, tan diferente de la suya, que debía de ser ya negra, de un tono
similar al del cielo que cubría el mundo durante las noches. Algo llamó su
atención. Unas diminutas gotas carmesíes moteaban la pureza del terreno. Era
sangre. ¿Estaba llorando sangre? No, aquello tan solo sucedía en los poemas. Se
palpó los ojos y observó sus dedos. No había indicios de sangre. Entonces
recordó algo; horas antes se había dado un cabezazo contra una roca mientras
escalaba una serie de pequeños riscos. Era pues la frente la que sangraba por
un profundo corte. No había distinguido antes el dolor, pues este se había
mezclado con los demás. Dejó caer el cuerpo sobre la nieve. Era el fin. Escuchó
unos aullidos cercanos. ¿Lobos? Alzó la vista. Efectivamente, cuatro lobos
grises se acercaban sigilosamente hacia él. ¿Esperarían a que muriera o lo
matarían ellos mismos? No conocía sus costumbres; él no era de allí, ni
siquiera tenía sentido alguno que muriera en aquel lugar. Pero era lo que iba a
suceder. Así pues, el hombre cerró los ojos, esperando el ataque de aquellas
bestias o bien que el último aliento de vida abandonara su cuerpo. Pero nada de
eso sucedió. Un gran destello de luz rojiza apareció delante de él y, pese a
tener los ojos cerrados, llegó a su mente. Sin embargo, no fue capaz de
distinguir quién o qué lo causaba. Los lobos gimieron, altamente asustados y
huyeron. Entonces notó como algo de tacto suave le acariciaba la cara. Era la
mano de una mujer. Parecían haber pasado siglos desde que su propia mujer había
hecho lo mismo al despedirse de él. Se dejó tocar. Aquello no estaba nada
acorde con la situación que vivía, así que se decidió disfrutarlo. Si era un
sueño no importaba, sería una gran forma de morir.
Cuando el viajero despertó, se
encontró tumbado en una mullida cama. Todo a su alrededor era de un blanco
refulgente, que dañaba sus ojos. Sin duda alguna, estaba en el cielo. Alguien
le había cambiado sus prendas por una especie de túnica pálida, hecha con un
material muy suave. Intentó levantarse, pues quería investigar el lugar, pero
algo se lo impidió. No sabía lo que era, pero una fuerza mayor lo retenía en el
lecho. Decidió que lo más sensato sería esperar allí recostado. Cerró
lentamente los ojos y volvió a caer en un apacible sueño. Soñó que la fina mano
del bosque volvía a acariciarlo y le mesaba la barba y los largos y enredados
cabellos castaños. Soñó con una sonrisa amplia, que irradiaba calor por ella
misma. Soñó con un fuego eterno que le abrasaba la piel. Sobresaltado, dio un
bote en el lecho y despertó. Entonces la vio. La mujer de las finas manos y de
la gran sonrisa estaba allí, frente a él, con aquella alegría eterna. Largos
eran los cabellos que le caían por la espalda. Su esbelto cuerpo desprendía
llamas anaranjadas, hecho que disimulaba su absoluta desnudez. El hombre
apreció que no tenía ojos, tan solo unas huecas cavidades negras, algo que no
se adecuaba a su belleza. “Ni siquiera ella es prefecta”, pensó. La Dama de
Fuego (pues así deseó llamarla) se le acercó aún más, sin jamás dejar de
sonreír y le besó la mejilla derecha. Fue una sensación seca, pero agradable,
debido al calor que desprendían sus labios. Entonces, lo tomó de la mano. El
viajero comprobó de nuevo la suavidad de su piel, así como el hecho que no el
contacto con ella no suponía ningún tipo de riesgo. Se dejó guiar, pero tenía
muchas preguntas en la mente: ¿Dónde estaba? ¿Quién era ella? ¿Por qué lo había
salvado? ¿Seguía vivo? “No tan aprisa, joven caminante. Habrá tiempo para
respuestas, pero antes deberás escuchar lo que debo explicarte”, la voz resonó
en su mente, como si de un trueno se tratara. La Dama no había movido los
labios pero estaba seguro que aquel sonido procedía de ella. Solamente un ser
de su naturaleza sería capaz de leer la mente. Así pues, no había necesidad de
hablar, tan solo de pensar. “Efectivamente, mi amado viajero. Pero no soy una
Dama de Fuego, tan solo un espíritu que mora en estos lugares y que cuida a
todos aquellos que se han perdido. Sígueme y te lo mostraré”. La Dama apretó el
paso y lo llevó a través de la inmensa blancura. Mientras avanzaban, iba
divisando diversas luces esparcidas por el lugar. Se dirigieron hacia una de
ellas. Cuando estuvieron a unos metros, el viajero afinó la vista. Lo que vio
lo dejó sin palabras; otro espíritu de fuego femenino alimentaba con nubes a un
hombre de avanzada edad. Este parecía feliz, pues reía a carcajadas junto con
la mujer llameante, pero apenas si tenía consistencia material; era casi
transparente, un fantasma. “Sí, este lugar no es cielo. Quizás ni siquiera
exista, nosotras no lo sabemos. Tan solo ofrecemos refugio a aquellas personas
que lo necesitan. A cambio, con el paso del tiempo se convierte en cuerpos
inmateriales y pasan a tener el mismo aspecto que nosotras. De hecho, se
convierten en nosotras. Verás, cuando un espíritu de fuego cumple con su
función durante 500 años acaba desapareciendo y, por tanto, debe haber alguien
que lo sustituya”, habló con voz clara y serena, sin romper su sonrisa.
“Entonces, ¿tú también fuiste una persona?”, no se lo creía. “Por supuesto.
Antaño debí ser alguien que perdió el
rumbo de su vida. Por motivos obvios, cuando adopté esta forma, olvidé todas
mis vivencias anteriores. Hay una energía superior que nos otorga el poder
sanador; no la conocemos, pero sabemos que está ahí”. Aquellas palabras no lo
tranquilizaron. “¿Deberé convertirme en un espíritu yo también?” “Es lo normal.
Pero no sin antes haber pasado por un proceso de curación altamente exhaustivo.
Aquí vivirás bien, será tu paraíso particular”. El hombre notó como una rabia
creciente crecía en su interior. “Yo no he pedido ayudada”. La Dama se giró
hacia él. Parecía que su sonrisa había disminuido en intensidad. “Lo sabemos,
pero la necesitabas. Conozco tu triste historia. No hay nada en el mundo mortal
que puedas hacer”. Tenía razón. Allí iba a vivir, pero en el mundo, ¿qué le
quedaba? Una esposa fiel que se había despedido de él pese a saber que la
abandonaba para ir a buscar oro, algo que no necesitaban. Una hija muerta por
una bala perdida durante una cacería. Una familia destrozada por la pobreza y
las disputas. Sí, el espíritu estaba en lo cierto: pocas cosas le quedaban ya, pero
el futuro que le había dibujado no le gustaba demasiado. Intentó no pensar en
ello, pues la Dama podía verlo todo. Siguieron andando y observaron más
espíritus que cuidaban de hombres: los alimentaban, los entretenían e incluso
satisfacían sus necesidades sexuales. El viajero se dedicó tan solo a observar,
sin pensar siquiera. El espíritu decidió que era el momento de volver a los
“aposentos”. Durante todo el trayecto no habían separado sus manos.
Volvía a yacer en la blanca cama.
No recordaba cómo había acabado de nuevo allí. Se sentía vigoroso, una nueva
fuerza parecía recorrerle el cuerpo. Realmente, notaba cómo algo se movía en su
interior. Asustado, comenzó a observarse y comprobó cómo un fluido anaranjado
recorría las venas y arterias de su cuerpo. Una sonora carcajada retumbó
entonces en su cabeza: era la Dama. “Tranquilo, viajero. He entrado en tu
interior para curar las numerosas heridas que tienes”. El hombre empezó
entonces a revolcarse por el suelo, con la intención de sacarse aquel espectro
de su cuerpo. Le horrorizaba la idea de que un elemento tan peligroso como el
fuego se hubiera adentrado en él. “¿Qué crees que estás haciendo?”, era una
pregunta, pero con tono grave y acusador, muy diferente del que había usado con
anterioridad. “Intento que no me poseas”. Al haber captado aquel pensamiento,
el fogoso espíritu abandonó el cuerpo del viajero y se plantó delante de él. Ya
no lucía aquella amplia sonrisa y las llamas que la envolvían parecían haber
crecido de tamaño. Sintió miedo. “¿Qué es lo que quieres entonces, estúpido
humano?”. Estaba realmente enojada. “Volver al lugar en el que me encontraba
antes de llegar aquí”. La Dama abrió la boca, sorprendida, pues no era capaz de
entender aquella decisión. “Ya veo, pretendes hacerte el valiente. Todo esto te
ha hecho recapacitar y ahora que ya estás curado deseas volver.” “Tienes razón,
pero en parte tan solo. Sí, aquí he visto lo fácil que puede ser la vida
durante un tiempo y el apacible trabajo que se debe desempeñar después. Y he
decidido que no es lo que más deseo, pese a todas las dificultades que siempre
he tenido. Deseo volver y enfrentarme con la vida, sea cuál sea el desenlace.
Si es necesario, devuélveme a mi lamentable estado”. El espíritu pasó largo
tiempo en silencio. Algunos otros seres de fuego se habían acercado hasta
ellos, pues al parecer la actitud que él estaba adoptando no era demasiado
habitual. “Muy bien, como desees”. El viajero vio entonces como la Dama
desaparecía para adentrarse en su cuerpo. Esta vez, cada movimiento le infligía
dolor y aparecieron las quemaduras y cortes de su otra vida. La cabeza empezó a
darle vueltas y todo se volvió de un tono grisáceo.
Cuando recuperó el conocimiento, estaba tumbado en la nieve y cuatro
lobos grises se le acercaban de forma amenazadora. Había aprendido la lección.
Le dolían todos los músculos, pero fue capaz de levantarse y coger una
quebradiza rama del suelo. ¿A quién iba a engañar? No serviría de nada. De
pronto, una bola del fuego se precipitó desde los aires y encendió la punta de
la rama. Los lobos dieron un paso atrás. Miró al cielo. Tampoco rechazaría un
poco de ayuda épica.
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