Había regresado. Un dolor
insoportable le martilleaba la cabeza. ¿Qué le había ocurrido? Intentó hacer
memoria. Imposible. Abrió los ojos, pero un potente rayo de luz la cegó durante
unos instantes, así que deicidio volver a cerrarlos. ¿Estaría sola?
— ¿Dónde
estoy, y qué hora es?
—
En la casa de Elrond, y son las diez de la mañana— dijo
una voz—. Es la mañana del veinticuatro de octubre, si quieres saberlo.— ¿Qué? Debía delirar. Aquella respuesta no
podía ser válida. Se obligó a volver a abrir los ojos y girar la cabeza en
dirección hacia el lugar del que provenía la voz. Entonces vio a un chico alto,
rubio, sentado en una silla y fumando de una pipa, que le sonreía. Entonces lo
recordó. Era el chico de la biblioteca, Julen. ¿Pero cómo conocía aquel pasaje?
¿Y por qué estaba a su lado?
—
¿Conoces a Tolkien? — preguntó con un hilo de voz.
Estaba más ronca de lo habitual.
—
Dánae, no eres la única que sabe slëdish—se percató entonces que Julen tenía un libro en el antiguo
idioma encima del escritorio. Casi había olvidado cómo se habían conocido y el
trato que ambos habían establecido.
—
Hoy no es veinticuatro de octubre, ¿no? —Julen rió.
—
Por supuesto que no. Es la mañana del domingo 23 de
diciembre. — ¿Domingo?
—
¿Y qué hago exactamente aquí, tumbada en una cama, contigo
al lado fumando?
—
Verás, la historia es larga. El viernes fue la Fiesta
del Solsticio de Invierno — Dánae asintió con la cabeza. Tenía vagos recuerdos
de aquello— Al parecer, bebiste en exceso. Estabas con Christine y ella te
trajo aquí, alegando que deseaba disfrutar de la fiesta y que creía que tú y yo
podíamos establecer una buena relación.— A Dánae le dolía demasiado la cabeza
para juzgar si aquella situación que le había descrito Julen había sido posible
o no. Si era cierto, el comportamiento de su amiga había sido extraño. Por otra
parte, dudaba que Julen la hubiera forzado a ir a su casa. No lo sabía. Se fue
incorporando poco a poco hasta quedar sentada en el borde de la cama. Se miró:
estaba vestida, buena señal. Clavo sus ojos en los de Julen. No parecía mentir.
¿Funcionaría realmente una relación con aquel chico? Apenas lo conocía y el
dolor por Ulrich aún era reciente así que se obligó a borrar esos pensamientos
de su mente.
—
Me duele demasiado la cabeza como para ponerme a pensar. Desearía tomar
una ducha. — Julen sonrió.
—
Pues hazlo — Se levantó de la silla y con la pipa en la
boca abrió un armario del que sacó una toalla roja— Puedo dejarte algo de ropa
también— Dánae asintió. No le iría mal cambiarse si lleva un día entero
durmiendo. Julen rebuscó en aquel armario y le ofreció un largo pantalón de
deporte y un jersey azul— Son de un amigo, espero que más o menos te vaya bien,
pues mi ropa te iría enorme.— Estaba en lo cierto, Julen era alto y ancho de
espaldas.
—
No te preocupes. Muchas gracias. ¿Dónde está el lavabo?
—
Al fondo de este pasillo, todo recto.
Dánae se fue hacia allí con toda
la ropa que le había dado Julen. Al andar por el pasillo se dio cuenta de que
la casa era bastante vieja. ¿Cómo la habría obtenido Julen? Ya se lo preguntaría.
Entró en el lavabo. Era pequeño y sencillo. Se dirigió a la ducha mientras se
desvestía poco a poco, dejando las prendas en el suelo. Se metió en la ducha y
abrió la toma de agua caliente. Millones de gotas caían sobre ella. Aquello le
despejaría la mente.
Una vez se hubo duchado y
vestido, salió del lavabo. Ya se encontraba mucho más despierta mentalmente.
Entró en la habitación de Julen, pero él ya no estaba allí. Decidió dejar la
ropa que se había quitado encima de la cama, así como la toalla.
—¿Julen?— lo
llamó tímidamente.
— Estoy
en la cocina, Dánae. Sigue la música— ¿Música? Ella no escuchaba nada. Bajó las
escaleras y entonces sí, escuchó una canción. Comprendía la letra pero no era
el idioma que utilizaban habitualmente. De hecho, hacía mucho tiempo que no
había sentido pronunciar nada a nadie en aquel idioma. Era slëdish. ¿Habría encontrado Julen algún archivo sonoro de los Días
Antiguos. Entró en la cocina. Era amplia, con una gran mesa central en la que
Julen estaba sentado, devorando un enorme bocadillo de jamón.
— Julen,
¿esa canción…?
— ¿Te
gusta? — la interrumpió aún con la boca llena.
— Bueno,
no acabo de captar todo lo que dice. ¿Pero…?
— No
te preocupes, Dánae — le extendió una hoja de papel— Ahí puedes leer la letra.
— Dánae observó el folio con extrañeza. Efectivamente, ahí estaba la letra de
la canción, titulada “Jeremy”:
At home
Drawing pictures
Of mountain tops
With him on top
Lemon yellow sun
Arms raised in a V
Dead lay in pools of maroon below
Daddy didn't give attention
To the fact that mommy didn't care
King Jeremy the wicked
Ruled his world
Jeremy spoke in class today
Jeremy spoke in class today
Clearly I remember
Pickin' on the boy
Seemed a harmless little fuck
But we unleashed a lion
Gnashed his teeth
And bit the recess lady's breast
How could I forget
He hit me with a surprise left
My jaw left hurting
Dropped wide open
Just like the day
Like the day I heard
Daddy didn't give affection
And the boy was something that mommy wouldn't wear
King Jeremy the wicked
Ruled his world
Jeremy spoke in class today
Jeremy spoke in class today
Try to forget this...
Try to erase this...
From the blackboard.
Drawing pictures
Of mountain tops
With him on top
Lemon yellow sun
Arms raised in a V
Dead lay in pools of maroon below
Daddy didn't give attention
To the fact that mommy didn't care
King Jeremy the wicked
Ruled his world
Jeremy spoke in class today
Jeremy spoke in class today
Clearly I remember
Pickin' on the boy
Seemed a harmless little fuck
But we unleashed a lion
Gnashed his teeth
And bit the recess lady's breast
How could I forget
He hit me with a surprise left
My jaw left hurting
Dropped wide open
Just like the day
Like the day I heard
Daddy didn't give affection
And the boy was something that mommy wouldn't wear
King Jeremy the wicked
Ruled his world
Jeremy spoke in class today
Jeremy spoke in class today
Try to forget this...
Try to erase this...
From the blackboard.
Al leerla, se quedó perpleja.
— Es
un poco dura la letra, ¿no?— Julen sonrió mientras comía.
— ¿Es
que la vida no es dura? Tú debes saberlo— Tenía razón.
— ¿De
dónde has sacado el disco?
— Oh,
la canción la canto yo— Dánae estaba aún más sorprendida que antes.
—
Sí, con ayuda de algunos amigos. Me traje varias letras
de canciones que fui recopilando en Trachtil.
—
Es impresionante, Julen. No tenía ni idea de que
alguien en el pueblo estuviera grabando canciones en inglés — Julen rió. Era
una risa infantil.
—
Hay muchas cosas que aún no sabes de El Valle. Estas
canciones las interpretamos a veces en La Guarida.
—
¿Qué? — era imposible.
—
Sí, ya sabes la permisividad que hay de momento. — se
levantó de la silla. Era imponente. La luz que llegaba a través de la ventana
de la cocina acentuaba aún más sus rubios cabellos. Para que engañarse, era
atractivo. Recogió el plato en el que había comido— Qué maleducado soy,
¿quieres tomar algo?
—
Oh, no. No deseo meter nada a mi estómago.
—
Lo comprendo. Por cierto, he solucionado el problemilla
de la puerta. Mañana por la tarde puedes pasarte por la biblioteca y así
continuarás con tu investigación. — Dánae se emocionó. Sonrió a Julen; tenía
ganas de abrazarlo, pero apenas se conocían, así que mantuvo las formas.
—
Muchas gracias, de verdad. Creo que debo irme. — Ya era
casi mediodía. No podía quedarse más tiempo allí, si no, podría acabar
sucumbiendo.
—
¿Ya? Bueno, como desees. Déjame que te regale algo,
como mínimo— Dánae iba a negarse pero Julen le plantó en las manos aquel libro
que estaba leyendo: Guerras Religiosas en
el Siglo XVI, de Steven Jacobs. Al ver su cara de asombro, dijo: — Yo ya lo
he terminado, tranquila. — Dánae no sabía qué decir. La había engatusado. Como
no le salían las palabras, lo mejor que se le ocurrió fue besarle la fría
frente, darse la vuelta y marcharse. No miró hacia atrás, deseaba quedarse con
la sensación de haber ganado aquella batalla. Cruzó el umbral de la puerta, no
hacía demasiado frío en el exterior. Abrió el libro. En la primera página,
había algo anotado a mano en inglés. Era una caligrafía difícil de leer. Dánae
se fijó bien. Las letras decían: “¿No te has dado cuenta que el destino está
tomando parte entre nosotros, Dánae?”. Sonrió y miró la casa de la que acababa
de salir. Se había dejado la chaqueta. Maldito Julen.
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