Ambas estaban recostadas en el
sofá, frente a un crepitante y vivo fuego. Bebían, ahora en silencio, té
caliente. Cada una tenía sus propios pensamientos y preocupaciones, pero no
tardarían en compartirlos. Habían establecido una especie de norma no escrita
que prohibía interrumpir aquel silencio casi místico. Normalmente, Christine
siempre se demoraba más en apurar su taza y Dánae debía esperar. Aún no se
había acostumbrado a saborear aquel líquido: se lo bebía demasiado rápido para
entrar en calor. Aquella tarde no sería una excepción, pues cuando el viejo
reloj de la pared marcaba las cuatro y media, Dánae terminó su taza y esperó.
Fuera nevaba copiosamente, pero en la pequeña sala de estar de Christine la
temperatura era muy agradable. Pese a ello, no se fiaba y llevaba un jersey
azul que había sido de su padre y que le servía de vestido, unas gordos leggins
negros, dos pares de gruesos calcetines de colores, una bufanda y unas altas
botas. Cuando Christine le abrió la puerta, se puso a reír. Tardó en parar. Ella
iba en tirantes y de cintura para abajo solamente llevaba unos pantalones de
deporte cortos y chanclas. Dánae jamás entendería cómo muchos de los habitantes
de El Valle soportaban el frío de aquella forma. Debía de ser una cuestión
genética. Observó a Christine: no, no parecía tener frío. Era alta y tenía la
piel blanca. Lucía una larga cabellera negra, sus ojos eran color miel y pese a
no tener un rostro demasiado agraciado (nariz ganchuda, excesivo número de
pecas, orejas en pico y colmillos demasiado largos) ni un cuerpo con demasiadas
curvas, causaba furor entre los chicos. Era radiante y tierna. Se dejaba querer
y raramente se enfadaba. Dánae la quería como una hermana. De hecho, era la
única persona a la que podía considerar como parte de su familia. Christine
vivía sola desde que tenía dieciocho años, pues había decidido independizarse
de sus padres, a los que visitaba una vez a la semana, pues vivían al otro lado
del río. Por la mañana estudiaba en el mismo colegio que Ulrich y, durante las
tardes ayudaba a Wortz, el panadero del pueblo. De esta forma, ganaba lo
suficiente como para poder pagar el alquiler de aquella pequeña casa.
Christine ya se había acabado su
té, pero Dánae seguía mirándola. Su mente había divagado en exceso.
— ¿Te
gusto o algo parecido? — soltó con aquella bella sonrisa que tenía. Dánae salió
del trance y rió.
— No,
aún no. De momento solamente me van los chicos. Estaba pensando que esta noche
triunfarás. Y yo lo veré. — No lo decía por hacer un cumplido a su amiga, sino
que seguramente sucedería así. Cuando Christine salía, al día siguiente siempre
le contaba multitud de historias a Dánae. La mayoría, de chicos.
— Sí,
ya era hora que salieras de tu madriguera. No te arregles mucho.
— ¿Por
qué?
— Porque
va a ser al aire libre. Con unos tejanos, una chaqueta y algo debajo ya irás
bien.
— Y
unas botas, una bufanda, unos guantes, un gorro y unos esquís. Nieva mucho.—
estaba preocupado.
— Tranquila,
la fiesta se celebrará sí o sí. Es el Solsticio de Invierno, jamás se suspende.
Es algo espiritual casi — De pronto, un fuerte mareo asoló la cabeza de Dánae.
¿Qué ocurría? Cayó del sofá.
— ¡Dánae!
— Su amiga se interesó por ella. Se sentía mal, mareada. Christine la levantó y
le ofreció un vaso de agua que Dánae bebió rápidamente. Encontró la fuerza suficiente
para poder pronunciar unas palabras:
— ¿Qué
le has metido al té?— Estaba segura que aquello era obra de Christine. Quería
que se animase para la fiesta.
— ¿Yo?
Nada. — mentía. Siempre sabía cuando mentía.
— Christine…
— Vale,
va, sí. Le he echado un poco de hierba, para que te animes para esta noche.
— Pues
menos mal que estoy acostumbrada, aunque ciertamente has pillado a mi cuerpo
desprevenido. Hace demasiado que no tomo. Pero no necesito nada para animarme,
ya lo estoy.
— Sabes
que no es cierto. Aún te pesa en la cabeza todo el tema de Julen. Te estás
martirizando. Creías que lo tenías bien atado y desde el lunes, no ha vuelto a
preguntar por ti. — Christine tenía razón. Ulrich la contemplaba. Era el chico
que había estado buscando apara curar su dolor. El desengaño había sido fuerte
y más incluso el sentimiento de soledad que lo acompañó. No quería volver con
él, pero le hubiera gustado que Ulrich la hubiera buscado. Solamente lo hizo el
lunes. Estaban a viernes y no había vuelto a saber nada de él. Con su
investigación estancada y Christine fuera prácticamente todo el día, Dánae
había vivido una de sus peores semanas de su estancia en El Valle. Sin la mente
ocupada, se dedicaba a pensar demasiado en el pasado y fantasear con cosas
imposibles. Había vuelto a fumar y se había matado a cafés. Por suerte ya era
viernes y a ella y a su amiga les esperaba una gran noche.
— Sí,
pero hoy me voy a olvidar de todo. Ya lo verás. ¿Habrá alcohol?
— Litros
de hidromiel.
— ¡Bien!
Jamás volveré a tomar uno de esos asquerosos cóctqueles. — Ambas rieron.
— Pero
ándate con cuidado, no todos los hombres del pueblo son tan corteses como
Ulrich.
— Lo
sé. Soy lo bastante astuta como para quitármelos de encima.
— Desde
que te conozco no he dudado de tu inteligencia. Sin embargo me preocupa la
inteligencia de otros — que sutil era cuando quería. Christine tenía miedo de
sacar el tema porque le afectaba a ella también.
— ¿Hablas
de Julen?
— Sí.
Parecías entusiasmada cuando le conociste.
— ¿Tú
no lo estabas, Christine? — dijo aquello con malicia. Le divertía el asunto.
— Sí,
bueno… yo… — se había puesto roja, algo frecuente. Dánae sonrió. Disfrutaba con
ello. Al parecer, su amiga y Julen habían tenido una aventura y los pocos ratos
que se habían visto tras que Dánae conociera al famoso chico, Christine la
prevenía de su personalidad mujeriega. Decidió que debía calmar a su amiga.
— Tranquila,
tendré cuidado. De hecho, no le conozco y quizás ni aparezca por la fiesta.
— Oh,
por supuesto que aparecerá. Es al aire libre y habrá hidromiel. Eso le encanta
— se había rehecho.
— Entonces,
yo iré a molestarlo. Necesito su ayuda para la investigación, Christine. De
momento no siento nada por él, aparte de una pequeña atracción hacia lo
desconocido. No me preocupa. — Christine rió y la abrazó.
— Jamás
cambiarás. Hace unos días montaste un escándalo ante la alta sociedad del
pueblo del que dices no estar arrepentida y ahora aseguras que no te importa
caer en las redes de Julen. — Sí, así era ella. Su ímpetu se había calmado
mientras había salido con Ulrich, pero ahora había regresado, con más fuerza
aún.
— Voy
a rachas, ya lo sabes — ambas sonrieron.
— Oye,
¿quieres que avive el fuego un poco?
— No
estaría mal, la verdad — Christine se levantó y atizó los leños, que
crepitaron. Dánae aprovechó para recostarse
en el sofá. Se le cerraban los ojos a causa de la hierba y la acumulación de
sueño. Se dejó llevar; una siesta no estaría mal antes de una intensa noche.
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