lunes, 24 de diciembre de 2012

Capítulo 9


Ambas estaban recostadas en el sofá, frente a un crepitante y vivo fuego. Bebían, ahora en silencio, té caliente. Cada una tenía sus propios pensamientos y preocupaciones, pero no tardarían en compartirlos. Habían establecido una especie de norma no escrita que prohibía interrumpir aquel silencio casi místico. Normalmente, Christine siempre se demoraba más en apurar su taza y Dánae debía esperar. Aún no se había acostumbrado a saborear aquel líquido: se lo bebía demasiado rápido para entrar en calor. Aquella tarde no sería una excepción, pues cuando el viejo reloj de la pared marcaba las cuatro y media, Dánae terminó su taza y esperó. Fuera nevaba copiosamente, pero en la pequeña sala de estar de Christine la temperatura era muy agradable. Pese a ello, no se fiaba y llevaba un jersey azul que había sido de su padre y que le servía de vestido, unas gordos leggins negros, dos pares de gruesos calcetines de colores, una bufanda y unas altas botas. Cuando Christine le abrió la puerta, se puso a reír. Tardó en parar. Ella iba en tirantes y de cintura para abajo solamente llevaba unos pantalones de deporte cortos y chanclas. Dánae jamás entendería cómo muchos de los habitantes de El Valle soportaban el frío de aquella forma. Debía de ser una cuestión genética. Observó a Christine: no, no parecía tener frío. Era alta y tenía la piel blanca. Lucía una larga cabellera negra, sus ojos eran color miel y pese a no tener un rostro demasiado agraciado (nariz ganchuda, excesivo número de pecas, orejas en pico y colmillos demasiado largos) ni un cuerpo con demasiadas curvas, causaba furor entre los chicos. Era radiante y tierna. Se dejaba querer y raramente se enfadaba. Dánae la quería como una hermana. De hecho, era la única persona a la que podía considerar como parte de su familia. Christine vivía sola desde que tenía dieciocho años, pues había decidido independizarse de sus padres, a los que visitaba una vez a la semana, pues vivían al otro lado del río. Por la mañana estudiaba en el mismo colegio que Ulrich y, durante las tardes ayudaba a Wortz, el panadero del pueblo. De esta forma, ganaba lo suficiente como para poder pagar el alquiler de aquella pequeña casa.

Christine ya se había acabado su té, pero Dánae seguía mirándola. Su mente había divagado en exceso.

  ¿Te gusto o algo parecido? — soltó con aquella bella sonrisa que tenía. Dánae salió del trance y rió.
  No, aún no. De momento solamente me van los chicos. Estaba pensando que esta noche triunfarás. Y yo lo veré. — No lo decía por hacer un cumplido a su amiga, sino que seguramente sucedería así. Cuando Christine salía, al día siguiente siempre le contaba multitud de historias a Dánae. La mayoría, de chicos.
  Sí, ya era hora que salieras de tu madriguera. No te arregles mucho.
  ¿Por qué?
  Porque va a ser al aire libre. Con unos tejanos, una chaqueta y algo debajo ya irás bien.
  Y unas botas, una bufanda, unos guantes, un gorro y unos esquís. Nieva mucho.— estaba preocupado.
  Tranquila, la fiesta se celebrará sí o sí. Es el Solsticio de Invierno, jamás se suspende. Es algo espiritual casi — De pronto, un fuerte mareo asoló la cabeza de Dánae. ¿Qué ocurría? Cayó del sofá.
  ¡Dánae! — Su amiga se interesó por ella. Se sentía mal, mareada. Christine la levantó y le ofreció un vaso de agua que Dánae bebió rápidamente. Encontró la fuerza suficiente para poder pronunciar unas palabras:
  ¿Qué le has metido al té?— Estaba segura que aquello era obra de Christine. Quería que se animase para la fiesta.
  ¿Yo? Nada. — mentía. Siempre sabía cuando mentía.
  Christine…
  Vale, va, sí. Le he echado un poco de hierba, para que te animes para esta noche.
  Pues menos mal que estoy acostumbrada, aunque ciertamente has pillado a mi cuerpo desprevenido. Hace demasiado que no tomo. Pero no necesito nada para animarme, ya lo estoy.
  Sabes que no es cierto. Aún te pesa en la cabeza todo el tema de Julen. Te estás martirizando. Creías que lo tenías bien atado y desde el lunes, no ha vuelto a preguntar por ti. — Christine tenía razón. Ulrich la contemplaba. Era el chico que había estado buscando apara curar su dolor. El desengaño había sido fuerte y más incluso el sentimiento de soledad que lo acompañó. No quería volver con él, pero le hubiera gustado que Ulrich la hubiera buscado. Solamente lo hizo el lunes. Estaban a viernes y no había vuelto a saber nada de él. Con su investigación estancada y Christine fuera prácticamente todo el día, Dánae había vivido una de sus peores semanas de su estancia en El Valle. Sin la mente ocupada, se dedicaba a pensar demasiado en el pasado y fantasear con cosas imposibles. Había vuelto a fumar y se había matado a cafés. Por suerte ya era viernes y a ella y a su amiga les esperaba una gran noche.
  Sí, pero hoy me voy a olvidar de todo. Ya lo verás. ¿Habrá alcohol?
  Litros de hidromiel.
  ¡Bien! Jamás volveré a tomar uno de esos asquerosos cóctqueles. — Ambas rieron.
  Pero ándate con cuidado, no todos los hombres del pueblo son tan corteses como Ulrich.
  Lo sé. Soy lo bastante astuta como para quitármelos de encima.
  Desde que te conozco no he dudado de tu inteligencia. Sin embargo me preocupa la inteligencia de otros — que sutil era cuando quería. Christine tenía miedo de sacar el tema porque le afectaba a ella también.
  ¿Hablas de Julen?
  Sí. Parecías entusiasmada cuando le conociste.
  ¿Tú no lo estabas, Christine? — dijo aquello con malicia. Le divertía el asunto.
  Sí, bueno… yo… — se había puesto roja, algo frecuente. Dánae sonrió. Disfrutaba con ello. Al parecer, su amiga y Julen habían tenido una aventura y los pocos ratos que se habían visto tras que Dánae conociera al famoso chico, Christine la prevenía de su personalidad mujeriega. Decidió que debía calmar a su amiga.
  Tranquila, tendré cuidado. De hecho, no le conozco y quizás ni aparezca por la fiesta.
  Oh, por supuesto que aparecerá. Es al aire libre y habrá hidromiel. Eso le encanta — se había rehecho.
  Entonces, yo iré a molestarlo. Necesito su ayuda para la investigación, Christine. De momento no siento nada por él, aparte de una pequeña atracción hacia lo desconocido. No me preocupa. — Christine rió y la abrazó.
  Jamás cambiarás. Hace unos días montaste un escándalo ante la alta sociedad del pueblo del que dices no estar arrepentida y ahora aseguras que no te importa caer en las redes de Julen. — Sí, así era ella. Su ímpetu se había calmado mientras había salido con Ulrich, pero ahora había regresado, con más fuerza aún.
  Voy a rachas, ya lo sabes — ambas sonrieron.
  Oye, ¿quieres que avive el fuego un poco?
  No estaría mal, la verdad — Christine se levantó y atizó los leños, que crepitaron. Dánae aprovechó para  recostarse en el sofá. Se le cerraban los ojos a causa de la hierba y la acumulación de sueño. Se dejó llevar; una siesta no estaría mal antes de una intensa noche. 

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