Había recibido multitud de
golpes. Estaba en las últimas. Su oponente, por el contrario, estaba
prácticamente en perfectas condiciones. Era mucho más ágil y rápido que él,
además de un experto luchador. No podría aguantar mucho más. Se la jugaría.
Dejó que su rival tomara la iniciativa; él se defendía a duras penas e iba
retrocediendo con cada patada y puñetazo, hasta que notó que estaba a punto de
caer por el acantilado. Entonces, sacó se sacó su enorme martillo de combate de
la espalda y golpeó la cabeza del otro luchador, que, debido al impacto, cayó
al agua. Había ganado. Por enésima vez.
—
¡Estoy harto! ¡Ni siquiera sabes jugar! — Bernard
arrojó con una inusitada furia su mando contra el suelo, causando un gran
estrépito. Estaba rojo y las gotas de sudor le caían por su afilada cara.
Alexander, tumbado en la cama, apenas podía parar de reír. — Y tú, pelirrojo
con gafas, vas a acabar tragándote mi puño. — Definitivamente, Bernard estaba
colérico. Sin embargo, Alexander continuaba soltando sus risotadas.
—
Vamos, cálmate Bernard, es solo un juego.
—
¿Qué me calme? Julen, llevas toda la noche burlándote
de mí. Eres realmente malo jugando, pero me vences al arrojarme fuera del ring
y eliminarme. ¡Eso es juego sucio!
—
Bernard, es solamente otra forma de ganar. Es la
táctica de los débiles — Alexander rió aún más fuerte, Bernard estaba a punto
de atizarle. Era el momento de intervenir.
—
Chicos, chicos, un poco de calma. Son las dos de la
mañana. Deberíamos ir ya hacia la fiesta. ¿Qué os parece si traigo unas
botellas de hidromiel?
—
Ya estás tardando— respondió Bernard, que se sentó en
la silla, no sin antes darle una colleja a Alexander. Eran más infantiles que
él mismo, pensó Julen. Dejó a sus dos amigos en la habitación y bajó las viejas
escaleras de madera en dirección a la cocina. Vivía en una antigua casa detrás
de aquella cafetería de ricachones llamada La Emperatriz. La había comprado a
su vecina, la señora Salers, que ya no la quería, pues sus hijos se habían
marchado del pueblo y ella vivía en una pequeña casa contigua. Cuando Julen
llegó a El Valle sin vivienda, aquella amable anciana le había casi regalado la
casa. Para conseguirla, Julen solamente tuvo que vaciarse sus pobres bolsillos
y hacerle algún recado a su vecina. Aquel fue el acuerdo. Jamás lo olvidaría.
Aquella noche era la gran fiesta
del Solsticio de Invierno. Julen miró por la ventana. Había cesado la nieve.
Perfecto. Le encantaba esa fiesta, pues no había aglomeraciones en lugares
cerrados, había mucho alcohol, se podía fumar tranquilamente, charlar y la
música era aceptable. Pero siempre le gustaba llegar tarde. Las chicas siempre
se fijaban en los que llegaban tarde. Lo tenía comprobado.
— ¡Julen!
¿Qué cojones pasa con esas botellas! — de nuevo, el pesado de Bernard, que
tenía prisa.
— Ya
van, tranquilo.
—
Más te vale, pues como no subas ya, voy a apalizar a un
pelirrojo. Julen rió. Bernard. Era una de las pocas personas que valían la pena
de su Colegio. Se dedicaba a estudiar, reparar, diseñar y crear todo tipo de
aparatos electrónicos. También era un maestro de los videojuegos y odiaba que
le ganaran en su terreno. Pese a ser delgado y atractivo de cara, Bernard era
muy poco sociable. Julen le había presentado su grupo de amigos, con los que su
compañero de clase se llevaba bien, pero raramente Julen lo veía con alguien
más que no fuera el profesor de matemáticas o robótica. Aquel día, pero, era
una ocasión especial. Julen le había prometido a Bernard que le pagaría todo lo
que consumiese durante la noche, pues le había hecho un enorme favor.
En el momento en el que la
atractiva y alocada Dánae le había pedido en la biblioteca que encontrara la
forma de acceder al sótano restringido, Julen había pensado inmediatamente en
recurrir a su amigo Bernard si su estrategia con Argus fallaba. Y así fue. Le
preguntó a su jefe de dónde había sacado el libro en slëdish que se había encontrado debajo del mostrador y este,
nervioso, le había contestado que no era suyo ni sabía lo que hacía allí. Qué
mentira más pobre. Aún así, aquel mismo día, Julen no tuvo demasiadas
dificultades en quitarle a llave del sótano del manojo que siempre llevaba
colgado en el cinturón, mientras ambos colocaban unos libros en las estanterías
a última hora de la tarde. Al día siguiente, Julen abordó en clase a Bernard,
rogándole que le ayudara con la huella dactilar y el código de veinte dígitos.
Bernard aceptó y aquella misma tarde se plantó en la biblioteca dispuesto a
abrir la puerta. Argus se había vuelto a pedir el día libre. Pese a eso,
Bernard no pudo acceder al sistema, ya que según dijo, le faltaban herramientas.
Así pues, el jueves volvió a intentarlo. Julen se había asegurado de que Argus
tuviera que ir a La Hondonada a buscar unos libros. Bernard, pudo trabajar con
calma y, finalmente, pudo abrir la puerta. Además, le aseguró a Julen que con
los cinco dígitos que le daría, bastaría para abrir la puerta en cualquier
ocasión, sin necesidad de llave o de huella dactilar. Julen lo había abrazado. Aquel
hombre era impresionante. Aunque estaba muy emocionado, había decidido no
entrar aún en el sótano ya que creía que debía hacerlo con Dánae. ¿Creía en el
destino? Quizás.
Julen sacó tres botellas de las
neveras y subió las escaleras. Nada más entrar en la habitación, Alexander y
Bernard lo aplaudieron. Julen rió. Bufones, eso eran, bufones. Repartió las
botellas. Se aclaró la garganta:
— Propongo
un brindis. ¡Por la mejor noche del año!
— ¡Hurra!
—
¡Por supuesto!— Todos bebieron. Mientras Julen apuraba
de un trago su botella, unos tímidos golpes resonaron en la casa. La puerta.
Alguien tocaba. ¿Quién sería?
—
Julen, si son chicas, diles que suban. — Alexander tan
desesperado como siempre— Julen le sonrió, dejó la botella en el suelo y bajó corriendo
las escaleras. Bajarlas lentamente era de cobardes. Se dirigi´´o hacia la
entrada y abrió la descolorida puerta. Era la sonriente Christine, con el
destino en las manos. Julen se quedó boquiabierto.
—
Hola, Julen.
—
Christine, ¿es esa… — Julen no se lo creía.
—
Sí, es Dánae — seguía sonriendo. Llevaba a una
inconsciente o dormida (aún no lo sabía) Dánae en brazos. ¿Qué significaba todo
aquello?
—
¿Y se puede saber qué hacéis aquí? — Lo dijo con el
mejor tono de seriedad que supo poner.
—
Pues verás… —había empezado a ponerse colorada, siempre
le pasaba cuando hablaba con él— Estábamos en la fiesta y Dánae ha bebido
mucho, ya sabes, quería disfrutar ahora que ha decidido no guardar más las
formas. Entonces ha caído inconsciente al suelo. Pero solamente está dormida.
He pensado que como tu vives cerca y quizás no vinieras a la fiesta te podrías
encargar de ella — mentía. ¿Por qué todos se empeñaban en mentir si no sabían
hacerlo?
—
Christine, tú eres como su hermana. No tiene sentido lo
que me cuentas. Dime la verdad, no es tan difícil. — Se puso más colorada aún.
Cuando estaba así, era realmente atractiva en su opinión.
—
Eres demasiado inteligente, Julen. Verás, esta noche me
gustaría disfrutar un poco.
—
¿Cuántos han caído ya?— sabía que los hombres se
mataban por ella.
—
Dos— contestó
tímidamente — Creo que también tenéis bastante en común y sé que cuando quieres
eres la persona más responsable del pueblo. Me gustaría que os conocierais más.
Ella lo está pasando mal.
—
¿Te parece sensato intentar juntar a dos almas en pena?
— bufó. Una rabieta con el novio. A él se le había muerto su alma gemela. — No
lo entiendo, quieres que surja algo entre Dánae y yo, pero a la vez seguro que
temes mi carácter, ¿cómo lo llamáis las mujeres? ¿Mujeriego? — Christine rió.
—
Algo así. Creo que puedes conseguir que ella se olvide
de Ulrich y Dánae, por su parte, puede entretenerte.
—
Así que detrás de esa bella sonrisa se esconde un cínico
cerebro— Christine volvió a reír tímidamente— De momento acogeré a Dánae esta
noche, pero no promete nada más. — Sería lo más sensato. La situación no tenía
sentido, pero ya estaba acostumbrado al surrealismo. Recogió suavemente a Dánae
de los brazos de Christine. No pesaba en exceso. No se había fijado en ella.
Estaba profundamente dormida e iba muy abrigada. Entonces, sin saber muy bien
el motivo, dio un largo beso a Christine. Creía que era otro de los factores
que habían conducido a la chica hasta su casa. Habían tenido un buen romance
meses atrás y seguían teniendo una relación muy cordial. Christine se lo
agradeció con una sonrisa.
—
¡Alexander! ¡Bernard! — gritó Julen. Ambos bajaron rápidamente.
Figones. Habían estado escuchándolo todo, seguro — Yo debo quedarme aquí,
vosotros salid si queréis— ambos se quedaron mirando fijamente a Dánae, pero no
dijeron nada, ya le preguntarían a Christine. Julen se sacó dos billetes del
bolsillo y se los dio a Bernard — Tómate lo que quieras en mi honor. — Bernard
se quedó atónito mirando los billetes.
—
Pero Julen, esto es mucho dinero.
—
Bernard, me has hecho un gran favor, te lo mereces — no
había ni acabado de pronunciar la frase cuando su amigo ya lo estaba abrazando
y dando las gracias. Alexander y él cogieron las chaquetas del perchero y se
fueron con Christine, quien se despidió lanzándole un beso con la mano. No era
guapa, pero tenía una gran personalidad. Eso contaba mucho. Julen se dio medio
vuelta y con Dánae en brazos subió las escaleras. No era la primera vez que
llevaba de aquella forma a una mujer. Entró en su habitación y la posó
suavemente en la cama. Le quitó con delicadeza el gorro, los guantes y la
bufanda, así como la chaqueta, tarea que le llevó más tiempo. Tenía una piel
suave, como muchas otras. Abrió el armario de al lado de la cama y sacó un par
de mantas que echó por encima de su cuerpo. La contempló. Respiraba de forma
normal, no había de que preocuparse. Cogió del escritorio el libro sobre las
Guerras Religiosas que había robado a su jefe, se encendió la pipa y se sentó
en una silla, cerca de la cama y a la altura de la cara de Dánae. Cuando ella
despertara, lo encontraría en la misma postura en la que lo había conocido.
Cosas del destino.
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