jueves, 27 de diciembre de 2012

Capítulo 10


Había recibido multitud de golpes. Estaba en las últimas. Su oponente, por el contrario, estaba prácticamente en perfectas condiciones. Era mucho más ágil y rápido que él, además de un experto luchador. No podría aguantar mucho más. Se la jugaría. Dejó que su rival tomara la iniciativa; él se defendía a duras penas e iba retrocediendo con cada patada y puñetazo, hasta que notó que estaba a punto de caer por el acantilado. Entonces, sacó se sacó su enorme martillo de combate de la espalda y golpeó la cabeza del otro luchador, que, debido al impacto, cayó al agua. Había ganado. Por enésima vez.

    ¡Estoy harto! ¡Ni siquiera sabes jugar! — Bernard arrojó con una inusitada furia su mando contra el suelo, causando un gran estrépito. Estaba rojo y las gotas de sudor le caían por su afilada cara. Alexander, tumbado en la cama, apenas podía parar de reír. — Y tú, pelirrojo con gafas, vas a acabar tragándote mi puño. — Definitivamente, Bernard estaba colérico. Sin embargo, Alexander continuaba soltando sus risotadas.
    Vamos, cálmate Bernard, es solo un juego.
    ¿Qué me calme? Julen, llevas toda la noche burlándote de mí. Eres realmente malo jugando, pero me vences al arrojarme fuera del ring y eliminarme. ¡Eso es juego sucio!
    Bernard, es solamente otra forma de ganar. Es la táctica de los débiles — Alexander rió aún más fuerte, Bernard estaba a punto de atizarle. Era el momento de intervenir.
    Chicos, chicos, un poco de calma. Son las dos de la mañana. Deberíamos ir ya hacia la fiesta. ¿Qué os parece si traigo unas botellas de hidromiel?
    Ya estás tardando— respondió Bernard, que se sentó en la silla, no sin antes darle una colleja a Alexander. Eran más infantiles que él mismo, pensó Julen. Dejó a sus dos amigos en la habitación y bajó las viejas escaleras de madera en dirección a la cocina. Vivía en una antigua casa detrás de aquella cafetería de ricachones llamada La Emperatriz. La había comprado a su vecina, la señora Salers, que ya no la quería, pues sus hijos se habían marchado del pueblo y ella vivía en una pequeña casa contigua. Cuando Julen llegó a El Valle sin vivienda, aquella amable anciana le había casi regalado la casa. Para conseguirla, Julen solamente tuvo que vaciarse sus pobres bolsillos y hacerle algún recado a su vecina. Aquel fue el acuerdo. Jamás lo olvidaría.

Aquella noche era la gran fiesta del Solsticio de Invierno. Julen miró por la ventana. Había cesado la nieve. Perfecto. Le encantaba esa fiesta, pues no había aglomeraciones en lugares cerrados, había mucho alcohol, se podía fumar tranquilamente, charlar y la música era aceptable. Pero siempre le gustaba llegar tarde. Las chicas siempre se fijaban en los que llegaban tarde. Lo tenía comprobado.

    ¡Julen! ¿Qué cojones pasa con esas botellas! — de nuevo, el pesado de Bernard, que tenía prisa.
    Ya van, tranquilo.
    Más te vale, pues como no subas ya, voy a apalizar a un pelirrojo. Julen rió. Bernard. Era una de las pocas personas que valían la pena de su Colegio. Se dedicaba a estudiar, reparar, diseñar y crear todo tipo de aparatos electrónicos. También era un maestro de los videojuegos y odiaba que le ganaran en su terreno. Pese a ser delgado y atractivo de cara, Bernard era muy poco sociable. Julen le había presentado su grupo de amigos, con los que su compañero de clase se llevaba bien, pero raramente Julen lo veía con alguien más que no fuera el profesor de matemáticas o robótica. Aquel día, pero, era una ocasión especial. Julen le había prometido a Bernard que le pagaría todo lo que consumiese durante la noche, pues le había hecho un enorme favor.
En el momento en el que la atractiva y alocada Dánae le había pedido en la biblioteca que encontrara la forma de acceder al sótano restringido, Julen había pensado inmediatamente en recurrir a su amigo Bernard si su estrategia con Argus fallaba. Y así fue. Le preguntó a su jefe de dónde había sacado el libro en slëdish que se había encontrado debajo del mostrador y este, nervioso, le había contestado que no era suyo ni sabía lo que hacía allí. Qué mentira más pobre. Aún así, aquel mismo día, Julen no tuvo demasiadas dificultades en quitarle a llave del sótano del manojo que siempre llevaba colgado en el cinturón, mientras ambos colocaban unos libros en las estanterías a última hora de la tarde. Al día siguiente, Julen abordó en clase a Bernard, rogándole que le ayudara con la huella dactilar y el código de veinte dígitos. Bernard aceptó y aquella misma tarde se plantó en la biblioteca dispuesto a abrir la puerta. Argus se había vuelto a pedir el día libre. Pese a eso, Bernard no pudo acceder al sistema, ya que según dijo, le faltaban herramientas. Así pues, el jueves volvió a intentarlo. Julen se había asegurado de que Argus tuviera que ir a La Hondonada a buscar unos libros. Bernard, pudo trabajar con calma y, finalmente, pudo abrir la puerta. Además, le aseguró a Julen que con los cinco dígitos que le daría, bastaría para abrir la puerta en cualquier ocasión, sin necesidad de llave o de huella dactilar. Julen lo había abrazado. Aquel hombre era impresionante. Aunque estaba muy emocionado, había decidido no entrar aún en el sótano ya que creía que debía hacerlo con Dánae. ¿Creía en el destino? Quizás.

Julen sacó tres botellas de las neveras y subió las escaleras. Nada más entrar en la habitación, Alexander y Bernard lo aplaudieron. Julen rió. Bufones, eso eran, bufones. Repartió las botellas. Se aclaró la garganta:

    Propongo un brindis. ¡Por la mejor noche del año!
    ¡Hurra!
      ¡Por supuesto!— Todos bebieron. Mientras Julen apuraba de un trago su botella, unos tímidos golpes resonaron en la casa. La puerta. Alguien tocaba. ¿Quién sería?
    Julen, si son chicas, diles que suban. — Alexander tan desesperado como siempre— Julen le sonrió, dejó la botella en el suelo y bajó corriendo las escaleras. Bajarlas lentamente era de cobardes. Se dirigi´´o hacia la entrada y abrió la descolorida puerta. Era la sonriente Christine, con el destino en las manos. Julen se quedó boquiabierto.
    Hola, Julen.
    Christine, ¿es esa… — Julen no se lo creía.
    Sí, es Dánae — seguía sonriendo. Llevaba a una inconsciente o dormida (aún no lo sabía) Dánae en brazos. ¿Qué significaba todo aquello?
    ¿Y se puede saber qué hacéis aquí? — Lo dijo con el mejor tono de seriedad que supo poner.
    Pues verás… —había empezado a ponerse colorada, siempre le pasaba cuando hablaba con él— Estábamos en la fiesta y Dánae ha bebido mucho, ya sabes, quería disfrutar ahora que ha decidido no guardar más las formas. Entonces ha caído inconsciente al suelo. Pero solamente está dormida. He pensado que como tu vives cerca y quizás no vinieras a la fiesta te podrías encargar de ella — mentía. ¿Por qué todos se empeñaban en mentir si no sabían hacerlo?
    Christine, tú eres como su hermana. No tiene sentido lo que me cuentas. Dime la verdad, no es tan difícil. — Se puso más colorada aún. Cuando estaba así, era realmente atractiva en su opinión.
    Eres demasiado inteligente, Julen. Verás, esta noche me gustaría disfrutar un poco.
    ¿Cuántos han caído ya?— sabía que los hombres se mataban por ella.
     Dos— contestó tímidamente — Creo que también tenéis bastante en común y sé que cuando quieres eres la persona más responsable del pueblo. Me gustaría que os conocierais más. Ella lo está pasando mal.
    ¿Te parece sensato intentar juntar a dos almas en pena? — bufó. Una rabieta con el novio. A él se le había muerto su alma gemela. — No lo entiendo, quieres que surja algo entre Dánae y yo, pero a la vez seguro que temes mi carácter, ¿cómo lo llamáis las mujeres? ¿Mujeriego? — Christine rió.
    Algo así. Creo que puedes conseguir que ella se olvide de Ulrich y Dánae, por su parte, puede entretenerte.
    Así que detrás de esa bella sonrisa se esconde un cínico cerebro— Christine volvió a reír tímidamente— De momento acogeré a Dánae esta noche, pero no promete nada más. — Sería lo más sensato. La situación no tenía sentido, pero ya estaba acostumbrado al surrealismo. Recogió suavemente a Dánae de los brazos de Christine. No pesaba en exceso. No se había fijado en ella. Estaba profundamente dormida e iba muy abrigada. Entonces, sin saber muy bien el motivo, dio un largo beso a Christine. Creía que era otro de los factores que habían conducido a la chica hasta su casa. Habían tenido un buen romance meses atrás y seguían teniendo una relación muy cordial. Christine se lo agradeció con una sonrisa.
    ¡Alexander! ¡Bernard! — gritó Julen. Ambos bajaron rápidamente. Figones. Habían estado escuchándolo todo, seguro — Yo debo quedarme aquí, vosotros salid si queréis— ambos se quedaron mirando fijamente a Dánae, pero no dijeron nada, ya le preguntarían a Christine. Julen se sacó dos billetes del bolsillo y se los dio a Bernard — Tómate lo que quieras en mi honor. — Bernard se quedó atónito mirando los billetes.
    Pero Julen, esto es mucho dinero.
    Bernard, me has hecho un gran favor, te lo mereces — no había ni acabado de pronunciar la frase cuando su amigo ya lo estaba abrazando y dando las gracias. Alexander y él cogieron las chaquetas del perchero y se fueron con Christine, quien se despidió lanzándole un beso con la mano. No era guapa, pero tenía una gran personalidad. Eso contaba mucho. Julen se dio medio vuelta y con Dánae en brazos subió las escaleras. No era la primera vez que llevaba de aquella forma a una mujer. Entró en su habitación y la posó suavemente en la cama. Le quitó con delicadeza el gorro, los guantes y la bufanda, así como la chaqueta, tarea que le llevó más tiempo. Tenía una piel suave, como muchas otras. Abrió el armario de al lado de la cama y sacó un par de mantas que echó por encima de su cuerpo. La contempló. Respiraba de forma normal, no había de que preocuparse. Cogió del escritorio el libro sobre las Guerras Religiosas que había robado a su jefe, se encendió la pipa y se sentó en una silla, cerca de la cama y a la altura de la cara de Dánae. Cuando ella despertara, lo encontraría en la misma postura en la que lo había conocido. Cosas del destino.



   

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