— Joder,
Ulrich! Haz el favor de dejar de tirarme por encima las jarras de hidromiel.
Esta es tu tercera de la noche — Era cierto. Aquella había sido la tercera vez
que debido a un puñetazo en la mesa volcaba la jarra de Orr, el ala derecho del
equipo.
— Lo
siento, de veras. Te pagaré otra.
— El
dinero es lo de menos, capi. Lo que
me preocupa es llegar al piso y que mi novia piense que me he ido de fiesta sin
ella por apestar a alcohol — algunos de los presentes en la mesa rieron —
Además, debes prestar atención a la final y dejar de comerte la cabeza por esa
chica. No vale la pena. — Ulrich estuvo a punto de darle un puñetazo en la
cara, pero se detuvo a medio gesto. Estaba rabioso. Levaba en ese estado varias
horas. Desde el espectáculo de Dánae en la cena de dos días atrás. Creía
tenerlo todo controlado. Pensaba que el hecho de presentarla en sociedad sería
un paso más en su relación. Tenía la certeza que se complementaban a la
perfección. Pero, no estaba muy equivocado. Todo había salido mal; a Dánae le
había dado un ataque, se había desmelenado y cortado el vestido y se había
puesto a bailar como una loca encima de las mesas, rompiendo copas, platos y
jarrones a su paso. Recordaba perfectamente las miradas de los invitados, los
murmullos, los gestos negativos de decenas de cabezas. Pero el peor momento
tuvo lugar cuando él intentó bajarla de la mesa y como respuesta obtuvo una
patada en la nariz, que aún le dolía. Tras aquella acción Dáne escapó riendo de
la sala y cayó desplomada en un pasillo. ¿Dormía? ¿Fingía? Qué más daba. Ulrich
decidió que lo mejor sería llevársela de allí, para que no causara más
problemas. Así pues, ordenó al chófer que la llevara en limusina a la casa de
la vecina de Dánae, Christine. Ella la cuidaría, pues Ulrich no podía acogerla;
sus padres no lo tolerarían. Horas después, tuvo que aguantar un sermón de su
madre sobre la importancia de escoger bien a las mujeres, así como a su padre
quejándose del descenso de popularidad que le provocaría aquel incidente en
vistas a las elecciones. No es que a Ulrich no le importaran las apariencias o
el futuro político del pueblo, sino que pensaba que la gravedad del asunto
residía en el alejamiento de él y Dánae. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Qué
error había cometido él? No lo sabía. Además, la tarde siguiente fue a verla a
su casa y, como nadie contestaba, preguntó a Christine. Esta le dijo que Dánae
estaba fuera. Mentira. Ella rara vez salía. Pero Ulrich decidió no decir nada
más y dejó pasar las horas. Quizás Dánae volvería a hablar con él cuando se
encontrara mejor. Sin embargo, era lunes por la noche y no tenía noticias de
ella. Estaba desesperado. Notaba como la sangre le subía a la cabeza. No podía
más, iba a explotar. Quería gritar, golpear, romper. En aquel instante, alguien le apretó el brazo
muy fuertemente. Ulrich ya estaba preparado para golpear, pero al girarse vio
el sereno rostro de Andrey. Siempre Andrey. Este le indicaba con la cabeza que
mirara hacia delante. ¿Qué había delante? Ah, sí. Lo había olvidado. Una
pantalla gigante en la que podían ver la final del Torneo de Otoño Estatal de
Rugby. Aquel año, además, por primera vez en treinta años se jugaban el título
un equipo de la Provincia del Norte contra otro de la Provincia del Sur; los
Vencejos de Jdòv se enfrentaban a los Trapecistas de Trachtil. Obviamente,
Ulrich apoyaba a los Vencejos, como todo el pueblo. Poco a poco, fue recordando
que habían quedado en La Tasca varios de los jugadores del equipo como Orr, el
pequeño medio melé Yarvik, el imponente segunda línea Braäs o el fornido medio
apertura Kaghen. Miró la pantalla. ¿Ganaban? El marcador señalaba un 9-6 a
falta de diez minutos para que acabase el encuentro. ¿Llevaba 70 minutos sin
mirar el partido? Imposible.
— Este
comentarista no se entera. Dice que la defensa de los Vencejos está siendo
blandita. ¿Cómo va a ser blanda si tenemos un expulsado? — el cometario había
sido de Braäs. Así que tenían un expulsado. Mal asunto.
— No
te mosquees, Braäs. Este tío no entiende de rugby. Es de la capital, así que va
con los payasos esos de circo. ¿Por qué no retransmite el partido nuestra
querida televisión provincial? Es algo que llevo toda la noche preguntándome —
Orr, tan puntilloso como siempre. Como consecuencia de aquel carácter había
entablado una buena relación con Julen. Se parecían. Un poco. Orr estaba muy
nervioso, pues era un gran fan de los Vencejos: llevaba puesta la camiseta azul
del equipo, así como la cara pintada y una bandera con los colores del club. No
era el único. La Tasca estaba llena de entusiastas del equipo equipados con
todo tipo de artículos: bufandas, gorras, tambores… De momento, estaban
bastante animados, pues ganaban.
— Orr,
la televisión de la provincia no tiene los recursos suficientes como para
comprar el partido — intervino Andrey, con su calma habitual.
— ¡Malditos,
sureños! ¡Deberíamos separarnos de ellos! — exclamó Orr. Se hizo el silencio en
el pub. Orr coqueteaba en ocasiones con el slëdish
e incluso alguna vez lo habían visto en La Guarida. Tenía ideas propias de
Ulrich, pero La Tasca no era el mejor lugar para expresarlas: era un local
iluminado, amplio y limpio, muy diferente de La Guarida y allí la gente era una
firme defensora de la unidad del Estado. Orr agachó la cabeza, avergonzado. Si
hubiese sido Julen, se habría encarado con el resto del pub, pero Orr era más
sensato. Ulrich jamás había entendido aquel deseo de estudiar los Años
Antiguos. Estaba comprobado que la casi extinción de la especie humana había
sido provocado por guerras entre estados. Punto y final. La decisión de los
supervivientes había sido unir las naciones y las lenguas y prohibir el estudio
del pasado para evitar que aquel fanatismo ideológico volviera a hacer peligrar
la humanidad. Por ese motivo era un firme defensor la unidad del Estado, como
muchos de los habitantes de El Valle, pese a que en el norte el severo brazo de
Trachtil no llegara apenas. La voluntad del pueblo se vería en las urnas, en la
próxima primavera. Ulrich estaba seguro. Obviamente que había rivalidad en el
rugby: pero tan solo era un juego y los clientes de La Tasca lo sabían y, como
consecuencia, habían callado ante el comentario de Orr. Ulrich aprobaba aquella
conducta. Era la adecuada.
Veinte minutos más tarde, el bar estaba prácticamente
vacío. Los Vencejos habían perdido en el último suspiro, como consecuencia de
un ensayo anotado por su capitán, el tercera línea Travis. Todos los seguidores
que instantes antes celebraban la momentánea e histórica derrota, se habían
marchado cabizbajos. En La Tasca tan solo quedaban Ulrich y Andrey. Apuraban
sus últimas jarras de hidromiel mientras Rees, el tabernero, fregaba platos y
vasos. La derrota no había afectado para nada a Ulrich, ya tenía bastante con
sus problemas. Seguía enrabietado.
— Cálmate,
Ulrich. No puedes seguir así.
— Andrey,
ella era la chica y la he perdido — se tapó la cara con las manos. Tenía ganas
de llorar, pero no iba a hacerlo.
— Ulrich,
deja de decir estupideces. La conociste dos meses atrás.
—
¿Y qué tiene eso qué ver? Ella no es como las otras
chicas: es dura, inteligente, simpática y…
— …
no sabes nada de ella. ¿Realmente trabaja en el mundo de la moda? ¿Conoces su
pasado? No. ¿Por qué tuvo aquella reacción? Ni idea, tú no lo hicistes nada,
eres un buen tipo. Está loca Ulrich y te has obsesionado con ella. Siempre te
pasa lo mismo. — Ulrich no aguantó más: se levantó de la silla rápidamente y
golpeó con el puño a Andrey. Odiaba que todos le comentasen que era muy buena
persona pero que jamás conseguía establecer ninguna relación con las chicas.
Andrey se merecía el golpe. Debía apoyarlo, no machacarlo más. Sin embrago, su
amigo recibió el impacto como si se tratara de un placaje, pues ni se inmutó.
Se tocó la nariz, comprobó que no estaba rota y le devolvió el puñetazo, en el
ojo izquierdo. Lo tumbó de la silla, provocando un gran estrépito. Andrey era
mucho más fuerte que él. Intentó levantarse
pero no pudo. Le pitaban los oídos. A duras penas oyó las risas del tabernero y los pasos de este y Andrey que
se acercaban hacia él. Entre los dos lo levantaron. Se le estaba hinchando el
ojo. Andrey se disculpó, pero Ulrich sabía que lo había hecho por su bien.
Debía reaccionar. Se estaba atormentando por pequeñeces. Andrey lo cargó por
los hombros.
— Será
mejor que me lo lleve para casa, Rees. Gracias por todo.
— Sí,
a ver si se espabila, que de aquí poco empezamos la fase nacional. Buenas
noches. — Ulrich intentó despedirse pero no encontraba las palabras. Desistió y
se dejó llevar por Andrey. Fuera volvía a nevar y un gélido viento le azotó la
cara. Así, quizás se despejaría la cabeza, aunque parecía tener un motor
demasiado revolucionado dentro. Pensamientos y dolor se confundían. Al día
siguiente tenía examen. Mierda.
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